¡Para un poco, Elisa! - Uno: Y fuimos felices por siempre (es decir, unos minutos)

Elisa portada blog
La puerta de mi oficina no suele estar cerrada. Guardo ese privilegio para pequeñas ocasiones, como regaños a miembros del personal o discusiones con mi gemelo Sergio, el director de arte de la revista. Sé que soy el editor en jefe, pero considero energizante el sonido del staff corriendo de un lado a otro, rogando una entrevista al teléfono o gritando que necesitan ayuda con una hoja atascada en la impresora. Tengo un amor secreto por el caos, en medio de mi vida ordenada y tranquila. Ver y oír a la manada de locos que tengo por empleados me hace sentir como un niño que se asoma a una juguetería. Una muy ruidosa. Pero hay una razón extra para cerrar mi puerta, en ciertas ocasiones. Como la de ese día.

—¿Qué significa esto? —exigió la voz que esperaba, destacándose sobre el estruendo de la madera al chocar con la pared—. ¡No me ignores, sé que has sido tú!

Ahí estaba. El sonido de la puerta cuando Elisa iba por mí era único.

—Te tardaste demasiado —respondí, sin levantarme del sillón en mi escritorio—. Con la primera línea deberías haberte dado cuenta de que era yo, Mores.

La hermosa pelirroja agitó la hoja de papel en su mano.

—¿Cómo voy a adivinarlo, Ledesma, si me has escrito una nota en tu computadora?

—Exacto. Así soy yo, Elisa.

—Podrías haber enviado un email, o algo. Ya mueren muchos árboles para que gastes en… lo que sea que…

Me removí en mi asiento, incómodo. De pronto, encontré interesante el diseño de mi bolígrafo y comencé a pasarlo entre mis dedos. Era la primera vez que la veía así de nerviosa. No podía ser buena señal.

—Como sea. Supongo que la leíste. Por eso has venido.

Noté que ella me miraba por un momento, con desconfianza. Pareció convencerse de algo, porque relajó los hombros y soltó un suspiro. Entonces cerró la puerta, con suavidad. Yo seguí pensando que aquello podía terminar mal.

—La leí, hombre. Y no sé si estoy despedida o estás burlándote de mí.

—¡Nada de eso, Elisa! ¡Estoy declarándome!

Lo había dicho. Antes lo había escrito, era cierto. Pero me estaba escuchando decirlo y ya no había vuelta atrás. Me puse de pie, angustiado. Fui hasta la ventana, necesitaba poner los ojos en otra parte. Y el reflejo del cristal me trajo los ojos confundidos de la muchacha que me había seguido hasta ahí.

—¿Cómo? ¿En qué párrafo, exactamente? —preguntó, indignada—. Porque lo único que veo son quejas de mi desempeño en la revista.

—No voy a mentirte. Esto no lo hace más fácil, créeme.

—¿No podías enviarme una advertencia con los de Recursos humanos, como a los demás? Crees que porque nos conozcamos desde niños tienes derecho a…

Me volví y la enfrenté.

—¡Eres la peor consejera sentimental del planeta, Elisa! ¡Y te pago por meternos a todos en problemas! Esa princesa que asesoraste por una venganza hacia su amante salió en televisión. Y todavía no me devuelven del taller el auto que ese rarito del futuro me robó para perseguir a no sé quién. Pero siento… cosas por ti. Desde la escuela. Cuando golpeabas a esos matones con sus propios bates de béisbol y me llevabas a la enfermería.

Otra vez. Había querido ser sincero y, en lugar de eso, no había hecho más que esconder las palabras bonitas en un montón de reclamos. Al menos, las cosas importantes las había dicho al final. Y, por el gesto pensativo de Elisa, eran las que habían causado más impacto.

—¿De verdad? Pensé que no me veías a la altura —murmuró ella.

Y esa fue toda su reacción.

Al escuchar eso, deseé que el suelo se hundiera y me llevara a las profundidades de la tierra. Atravesar el magma del centro y salir después por China. O Corea. O alguno de esos países del otro lado del globo, donde nadie me conociera. Por la ubicación de este país, era probable que solo hubiese océano a esas alturas. No importaba.

Se suponía que me había tenido enfrente desde los doce años. No había caso. Era invisible para ella. Ahí tenía mi respuesta, solo con ver la cara de desconcierto que había puesto. Y eso que ni mencioné la palabrita que empezaba con «a». Por suerte no lo hice.

—Olvídalo. Fue un impulso estúpido —dije, conciliador—. No tienes que contestarme nada. Devuélveme la carta y te prometo que esto no se repetirá.

Ella miró mi mano extendida.

Yo quedé esperando. Entonces, la vi sonreír como nunca lo había hecho. Era como si tuviésemos quince años otra vez y yo sí me hubiese animado a decirle todo. O aún mejor.

Cuando me di cuenta, habíamos barrido con medio escritorio y nos besábamos a lo bruto. Elisa luchaba con los botones de mi camisa, yo con el cierre de su vestido azul. Me había rendido, levantándole la falda hasta la cintura. Ella había sido más hábil con mis pantalones, lo único que debía hacer ahora era desenredarlos de mis tobillos para liberarme. Y la primera en decir todas las palabras tiernas que yo había callado fue la propia Elisa.

—Yo siempre te quise, tonto.

Era rarísimo. Sentirme así de feliz. No estaba acostumbrado. No sabía hacer el amor, aunque de sexo podía escribir una revista aparte yo solo. No esperaba que ella se sonrojara como lo estaba haciendo, que riera por las cosquillas o que se detuviera a besarme la punta de la nariz al terminar.

—Perdóname —dijo, cuando la abracé sobre la alfombra—. No pienso devolverte nada. La carta es mía. Y voy a usarla en extorsionarte para que cenemos esta noche, si es necesario.

Hundí mi nariz en sus rizos anaranjados, encantado de ser su víctima, cuando alguien carraspeó al otro lado del escritorio. Así fue como la vimos, de pie a la luz del sol de mediodía. Era una muchacha joven, rubia y con un par de alas del mismo blanco tornasolado de su vestido. Nos llevamos tremendo susto.

—Ejem… Por favor, no teman —pidió, tal vez más asustada que nosotros—. Si ya han finalizado, voy a pedirles un favor.

Nosotros nos vestimos a velocidad supersónica. O nos cubrimos como pudimos, luego nos acordaríamos de prender botones y subir cierres.

—¡Oh, por Dios, Santiago! ¿Cuándo entró?

—¡No lo sé! ¡Nunca se abrió la puerta! ¡Lo hubiera escuchado!

—Perdonen la intrusión —volvió a empezar la extraña—. Mi nombre es Fae y estoy buscando a la consejera. Vi su aviso en la calle, busqué su ubicación y llegué en mal momento —explicó—. Los felicito por su final feliz.

Sentí algo de inquietud al verlo definido de esa forma. Miré a Elisa. Ella pareció igual de molesta.

—¿Esto tiene pinta de ser un final para usted? —dije—. Acabamos de comenzar.

—Así se habla —murmuró mi consejera favorita, antes de dirigirse a la recién llegada—. Señora, veo que necesita algo de mi columna. Deje su carta en mi escritorio y la respuesta aparecerá en el próximo número de la revista. Ahora, si nos permite…

Me guiñó un ojo, mientras le indicaba la salida a la mujer, e imaginé que no necesitaría volver a ponerme los zapatos. Pero la invasora de intimidades se aferró a ella como una desesperada.

—Me temo que necesito una respuesta urgente. Pagaré bien por sus servicios. Se lo suplico, haga una excepción.

—Deberías poner un consultorio aparte —protesté, al ver que Elisa dudaba—. No uses la redacción para estas cosas.

—Mira quién habla —contestó, y al volverse a la otra le vi toda la espalda descubierta por el cierre abierto del vestido—. Está bien. Si puede esperarme afuera unos veinte, cuarenta minutos, la atenderé.

—No tengo esa cantidad de tiempo, señorita Mores.

—Oiga, ¿se siente bien?

Yo seguía perdido en la línea de la espalda de Elisa. Me apoyé en mi escritorio y me crucé de brazos a esperar. Hacía tiempo que había aprendido a no entrometerme en sus intercambios con personajes extraños. Mi tarea sería después de la publicación del número siguiente, con los de Legales o mi propia madre, la dueña de la revista.

—Soy un hada en problemas —resolló la mujer, tambaleándose un poco—. Mis poderes han sufrido cierta modificación, por culpa de una maldición.

Mi pelirroja ya estaba preocupada. Aquello iba a ser largo.

—Ahora que la veo bien, ¿eso que tiene en la cara es el dibujo de un…?

—Son dos círculos mal hechos. Nada más. El hechicero ha trazado en el aire al lanzar el conjuro, puede significar cualquier cosa.

—Claro, por supuesto —gruñí, impaciente.

Era obvio que eso que el hada tenía marcado en la mejilla izquierda era un...

—¡Espere, se está poniendo transparente! ¡No me diga que no lo siente!

—Me lo temía —se lamentó la otra y volvió a tomar la mano de mi chica, esta vez con más fuerza—. Señorita consejera, tendré que explicarle cuando lleguemos.

—¿Cómo? ¿Adónde?

Habían empezado a forcejear. El cuerpo del hada intrusa era casi de humo a esas alturas, cosa que no me hubiera movido un pelo de no ser porque el de Elisa se estaba desvaneciendo también. Corrí hacia ellas. Ya había visto más rarezas de las que podía soportar.

—¿Qué hace? ¡Elisa, suéltala! —grité, justo cuando alcancé a tomarla de la cintura para llevármela conmigo.

Entonces fue como si el mundo se licuara a nuestro alrededor y nos devolviera los mismos colores, el mismo cielo sobre nuestras cabezas y el suelo bajo nuestros pies. Pero todo dispuesto de otra manera. No sobraba ni faltaba un átomo ahí. Simplemente se habían reorganizado para transformar mi oficina en un callejón sucio y empedrado.

Por la inercia de la lucha que habíamos empezado antes, todos caímos al piso. Aproveché para subir el cierre del vestido de mi pelirroja. Estábamos tan asustados, que no atinábamos a decir nada. Yo hubiera jurado que acababa de ver un carro de caballos pasar por la esquina.

—¡No puede ser! —exclamó el hada, mirando en todas direcciones con una expresión que no me gustó nada—. ¿Dónde hemos venido a caer?

Hubiera tomado a Elisa para correr lejos de ahí. Si hubiera sabido en qué dirección.



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Bienvenidos a esta mini historia para la segunda ronda de Blogs colaboradores, de Letras en el aire y Beyond a Writer´s Mind. Espero que a mi lectora asignada, MaryEre, le guste lo que va a leer. Los dos van a ser narradores. Y la identidad del hada se revelará muy pronto.

Comentarios

  1. Ay Santa Madre del cielo... Elisa le aceptó la declaración a Santiago *0* y por Dios que me muero por gritar pero es de noche y todos duermen... Ya se me hacia que le volaban a la Elisa y me andaba apuntando para seguirle donde la pelimaranja se había quedado jeje pero bueno, sólo me resta desearles a los tortolos: Feliz y extraña Luna de miel... con una envidiosa sonrisa, claro está.
    Me moría por leer esto, lamento ser tan poco objetiva, pero igual no soy buena haciendo críticas, pero prometo esforzarme para hacer una reseña excelente de tu magnífica historia, porque sé que será increíble. Saludos (^u^)/

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    1. Yo y mis hábitos de escribir a horas insalubres. Perdón por tenerte despierta y gracias por leer y comentar ♥ Dudé mucho y probé con distintos narradores hasta que me convencí de poner a los dos por capítulos. Espero que salga bien.

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  2. Me ha gustado mucho. Me ha resultado diferente a lo que sueles escribir. Sobretodo por el tipo de narración. Un diez!

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    1. Qué bueno que lo disfrutes, quería probar con algo distinto a lo que vengo haciendo :D

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  3. Me gusta eso de la consejera sentimental, que causa desastres con sus consejos, recibiendo una declaración del jefe. Me gusta su reacción temperamental como paso a una aceptación, su pedido de una cena. Y resultó temperamental, con su violencia a lo Harley Quinn.
    Y me gustó lo del hada, que recibió una maldición. Creo que esta historia es comienzo de algo más extenso. ¿Que les pasará a los tres, que fueron transportados a vaya saber donde?

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    1. Ay, no, Harley Quinn no, qué horror jajajaja. Lo del bate de béisbol lo tenía desde la carta de Santiago, que escribí en el 2014 para terminar con la sección de malos consejos de Elisa en una mini revista que tenía. Tuve que mencionarlo para darle continuidad. ¡Me alegra que te esté gustando la historia!

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  4. ¡Hola guapa!
    ¡Que divertido! Me ha gustado mucho la protagonista, y creo que me he enamorado del jefe y todo. ¿Me lo regalas? xD
    Un besito

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  5. Parece una comedia de enredos jajaja! Pobre Santiago, justo cuando se le daba por fin, vienen a interrumpirlo XD ¡Y de qué manera! Estoy muy intrigada, quiero saber YA a dónde fueron a parar jejejeje

    ¡Besos!

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  6. ¡Hola! ¡Qué historia más interesante! Una consejera que no sabe dar consejos es una maravilla xD me encantó cómo se desenvolvió todo y ella acabó aceptando su declaración de esa manera XD muy interesante lo del hada y lo de la teletransportación que pasaron ambos. Lo adoré.

    ¡Un abrazo!

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