¡Para un poco, Elisa! Epílogo: vez-una-Había...

epilogo
<< Capítulo cuatro

Al mes siguiente, desperté en casa de Santiago y encontré un regalo bajo mi almohada.

Estaba sola en la cama. Me desperecé y mi estómago rugió por el desayuno. Fui a la ventana, abrí las cortinas y saludé a la ancianita del edificio de enfrente, que colgaba unos calzones gigantes en su balcón. El sonido de la ducha me dio una pista del paradero de mi chico y el dolor en mi cuello me hizo lamentar no haberle dicho a Fae que podía dejarme unos billetes o un cheque, en lugar de semejante montaña de monedas.

Abrí el saquito de tela brillante y las vi. Brillaban para mí, doraditas y redondas. Por un instante me asombré de que fuesen tantas. Luego recordé cuánto había temido no volver a esta hermosa normalidad y lo entendí.

—¿Qué es eso? —preguntó Santiago, saliendo del baño.

—El hada de los dientes ha venido anoche a cumplir su promesa, por fin.

Él se acercó y puso los ojos verdes como platos, apenas vio el interior de la bolsa en mi mano.

—¡Ha sido muy generosa! Si casi no hicimos nada por ella. ¿Son monedas de oro?

—No seas malo conmigo. Ella vino por soluciones y eso fue lo que obtuvo —contesté, antes de que se me helara la sangre con cierta posibilidad y corriera al espejo.

Abrí la boca y revisé bien mi reflejo, en busca de alguna pieza faltante. Mi boca estaba intacta, por suerte. Él vino y me abrazó desde atrás, con un gesto travieso. Sí que nos veíamos bien juntos. Al menos para mi gusto. Él se vería bien abrazado a un árbol, si quisiera.

—Es bueno estar de regreso —murmuró, con un beso sobre mi sien que me derritió.

Sin dejar esa posición, alcé la mano con la bolsita y le di un golpecito en el hombro.

—Toma.

—¿Qué haces? —preguntó, sin soltarme.

—Vamos, llévate esto antes de que me arrepienta —dije, con toda la seriedad que pude reunir—. La recompensa es tuya. Tú fuiste el que logró que Yejun quitara la maldición sobre Fae.

Lo vi observarme por el espejo con esa cara que pone cuando está procesando algo muy complicado. Sí, lo miro mucho. He tenido tiempo de sobra para eso desde que éramos adolescentes.

Luego de unos segundos, pareció decidirse.

—¿Sabes qué? Dame una moneda de recuerdo y tú quédate la bolsa. Con una condición: tendrás que ponerte un consultorio aparte para estas cosas, Elisa.

Me di vuelta y lo besé, feliz de conocer al tipo generoso y dulce bajo esa fachada de gruñón que utilizaba frente al resto del mundo.

Recordé que acababa de despertar y no había usado mi turno en el baño, así que lo dejé por un momento. Sobre el mueble junto a la puerta, el número más reciente de La pluma naranja tenía uno de los diseños del nuevo dibujante en la portada. Yejun se estaba luciendo. Es verdad que sus primeros chistes eran todos sobre cuentos de hadas y que los mezclaba, ridiculizando a los personajes que tanto conocíamos. Pero a la gente le había gustado y a él le serviría para sanar sus heridas.

Pensé que sería interesante el material que sería capaz de traernos, una vez que superase su pasado. Esperaba ver pronto ese día.

Dejé el cepillo de dientes y me enjuagué los restos de dentífrico de la boca. Abrí la ducha, para que fuese calentándose el ambiente con el vapor, justo cuando Santiago abrió la puerta y me di cuenta de que no sería un regaderazo rápido.

Un rato después, la cosa se estaba poniendo interesante bajo el agua, cuando la puerta del baño volvió a abrirse. Del susto, resbalé y caí sentada, dejando solo a mi novio —y a su entusiasmo— en pie.

Santiago ignoró al intruso y se arrodilló junto a mí, con preocupación.

—¡Cariño! ¿Estás bien?

Balbuceé algo sobre mi culo dolorido en respuesta. Y me escondí detrás de la cortina, esperando a que el visitante no me hubiese visto. Había tenido un cortocircuito en mi cerebro, ya que las únicas dos personas que podían tener la llave de aquel lugar eran mi cuñado y mi suegra.

—Esperen afuera, por favor —ordenó, en su voz habitual, y supe que no había nadie conocido allí—. Ahora los atendemos.

Con cuidado, sin destapar mis atributos, miré por el costado de la cortina. No era un intruso, ni dos, sino siete. Siete enanos, cada uno con una expresión que delataba una emoción bien distinta en su cara. Había toda una variedad ahí.

—¿Se encuentra la consejera Elis Amores aquí? —preguntó el único que llevaba lentes.

—Es Elisa Mores. Pero sí, aquí estoy —contesté, abrazada al diseño de fantasmas y Pac-man de la cobertura plástica de la ducha.

Interesante elección de diseño, debo añadir. Pero Santiago tiene al nerd escondido en su interior todavía.

—Necesitamos de su ayuda —continuó otro enano, con ansiedad—. El hada de los dientes nos contó sobre usted.

Me estremecí. Ya sabía que el premio de Fae venía demasiado abultado. Seguro debió sentirse culpable por meternos en otro de estos líos.

—No voy a volver a meterme a ningún cuento —dije, terminante—. Envíen su carta y vean mi consejo en el próximo número de la Pluma naranja.

—¡Oiga, esto es un asunto urgente! —agregó el más enojado.

Yo no pensaba ceder. Mi tranquilidad, mi felicidad, ya tenía mi final feliz ahí mismo. Aunque la palabra final sonara algo extrema.

Santiago se cubrió de la cintura para abajo con una toalla de robots animados de Japón de los 80´ y me alcanzó otra igual. Parecía dispuesto a echarlos a patadas en cualquier momento.

Con tranquilidad, el enano de los lentes dio un paso al frente.

—Somos dueños de lo que sacamos de la mina, señorita Mores. Tenemos cómo pagarle una atención personalizada.

«¿No sacaban diamantes de esa mina?» me dije, al borde de la euforia.

Mi editor me echó una mirada y entendí que estábamos pensando lo mismo.

—Bien, ya les haré un resumen de mis honorarios a domicilio —contesté, tratando de que no se me notaran las ganas de saltar en un pie—. Su amiga despertará pronto, se los garantizo.

Apenas hice esa referencia a Blancanieves, mis nuevos clientes quedaron desconcertados.

—¿Amiga? —reaccionó uno, que parecía recién despierto de una siesta—. No, teníamos a un chico con nosotros, llegó diciendo que necesitaba perfeccionar sus habilidades en el patinaje sobre hielo para una competición contra su maestro.

—Pero ha mordido una manzana envenenada —completó otro, en medio de un llanto repentino—. Ahora el tal maestro ha llegado, junto a un chico que no para de sacarse fotos con un aparato extraño.

—Como si no tuviéramos suficiente, no dejan de llegar esos patinadores —se quejó el enojado—. Ya no tenemos lugar para meter a tantos.

Sentí que las descripciones me sonaban de alguna parte. Debía ponerme al día con el Grand Prix, lo último que supe era que se había interrumpido por la súbita desaparición de todos los competidores. Y eso fue justo después de volver de nuestra aventura con Fae y Yejun.

—¿Patinaje sobre hielo? —dudó mi novio, como si estuviera abriendo uno a uno los archivos de su memoria—. No conozco el cuento.

Decidí tomar las riendas. Ya tenía alguna experiencia y por fin había caído en mis manos algo de lo que sí sabía un poco.

—Creo que sé a quiénes se refiere —anuncié, y comencé a hacer cálculos—. Necesitaremos una grúa, un caballo blanco y un ataúd de cristal. Ah, y unas entradas para el próximo Grand Prix. Vayan al comedor, que en un minuto me visto y estoy con ustedes.

Los siete enanitos se fueron por el pasillo, en medio de un griterío, y Santiago se volvió hacia mí.

—Supongo que iré a poner la cafetera —comentó, con una sonrisa.

—¡Gracias, mi vida!

Terminé de bañarme en tiempo récord y salí con lo único que había llevado hasta ahí: una bata de toalla, en color fucsia. Hubiera quedado mejor con una de seda, para darme aires de mujer sexy. Debía recordar comprarme una y tenerla a mano, de ahí en más. Por el momento, estaba bien así. Lista para prestar mi ayuda a los que vinieran por mí.

Excepto a cobradores.

A los demás, ya saben. El consultorio queda abierto, de manera oficial. Pueden escribirme, que por una modesta suma les daré la solución a sus problemas.

***

Así termina la historia de esta segunda ronda de Blogs colaboradores. Esto es un agregado, ya que no entra en la historia con Fae, que era el personaje a utilizar para la consigna. Espero haberlo hecho bien y que la hayan pasado tan bien leyéndola como yo al escribirla.
Gracias por acompañarme este mes y los veo en la próxima historia corta para la tercera ronda.

Comentarios

  1. Elisa Amores, que buen nombre.
    Me parecía que iba a haber algo en el final feliz. Me gusta eso de que sea una consultora, es un anuncio de serie de desastres, que habrá que solucionar.
    Da para que continúes con esos personajes.

    Incluso podría enviarte un caso. Letanía, un hada cambiada que es una banshee. Como eso de anunciar presagios de muerte, de malas noticias si preferis, es algo temido....Se siente sola en su mansión antigua.

    Bien contado.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. ¡Buenísimo! Hoy traigo el relato del Maraverso, me atrasé con lo demás por eso no lo hice ayer. Me gusta eso del caso, voy a ver si lo incluyo ahora en el relato o en uno futuro. Saludos!

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  2. (。◕ ‿ ◕。)/ Holaaa!!!
    Me ha gustado este epilogo aunque debo leer los demás capitulos porque estoy un poco perdida y se ve que es una historia interesante!


    espero puedas pasar a visitarme un abrazo!

    穛 S4Ku SEK4i®

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  3. Que lindo epilogo.
    Merecida la recompensa. Me gusto la acción del gruñón, quedarse solo con una moneda.
    Al menos quedó feliz con su consultorio, haciendo lo que más le gusta, ayudar al prójimo.
    Beso!

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  4. ¡Oh! ¿Se acabó? ¡Qué pena! Pero debo decir que me ha gustado muchísimo. He quedado encantada. ^_^

    Un besazo guapa!

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  5. ¡Hola! Que te salió redondo *^* parece que no van a tener suerte en recibir una consulta cuando estén vestidos (?)

    Me ha gustado muchísimo, muy ingenioso lo del patinador <3

    ¡Un abrazo!

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