Suhri - Cuatro: El momento que ella elige

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<< Capítulo tres
Madhu abrió los ojos y lo primero que vio fue la pintura de una danza de los dioses, en el techo. Se le dio por preguntarse si los artistas de aquella época no tenían otra cosa en qué pensar, como la belleza de los campos al amanecer o la inocencia en la mirada de un niño. Pero aquel estilo tan plano y de fondos tan saturados no podría mostrar con claridad algo así. Entonces, se sintió mal por tener semejantes ideas paganas. Luego miró a su alrededor y se dio cuenta de que la calidad de su pensamiento como sacerdotisa era el menor de sus problemas.

En aquel salón, que alguna vez habría servido para las reuniones del Concejo de Suhri, dormían hacinadas la mayoría de las muchachas jóvenes del pueblo. Algunas todavía lloraban por su suerte. Otras observaban la puerta cerrada, expectantes. Sabían que era de día, pero algunas discutían que estaban en la mañana y otras afirmaban que por la tarde. En eso, ingresaron los ancianos que alguna vez habían tenido poder sobre aquel lugar. Seis de ellos, cuerpos andantes que hablaban con voces monocordes y las miraban con ojos apagados. Cargaban bandejas con potes del mismo menjunje de todos los días. Nada que requiriese cuchillos y tenedores. Las jóvenes se veían obligadas a beber del borde de los cuencos.

Mientras las más escandalosas se negaban a alimentarse, uno de los hombres fue hacia ella.

—Usted comerá con el Amo.

El silencio se esparció por la sala y las demás la miraron, horrorizadas. Madhu decidió no extender más el asunto y se levantó para seguirlo afuera.

Cuando ya llevaban un rato caminando por los pasillos, el anciano se detuvo. Algo había llegado a sus sentidos y lo había puesto más alerta. La muchacha no notaba ningún cambio en el ambiente.

—Intrusos —murmuró, como si no hablase con ella—. Regrese a la habitación, otro de nosotros vendrá por usted.

Y se marchó por una puerta lateral, que desapareció una vez utilizada. El edificio entero estaba poseído, pero igual a la sacerdotisa de Daia le pareció insultante que la dejaran sola con tanta confianza. Otra de sus hermanas ya hubiera hecho estragos en su lugar. Era una pena que ella fuera la más calmada de las Sidhu. La que tenía menos iniciativa también.

Por una vez, eso iba a ser distinto.

Se escurrió por otra de las puertas laterales, sabiendo que nada podía ser peor que el destino que la aguardaba si se quedaba inmóvil allí. El vacío y la oscuridad desembocaron en otro salón del palacio. Apenas pudo esconderse detrás de una columna, para ver al séptimo de los ancianos del Concejo, Nayan. Era quien había comenzado aquel infierno. También había hecho huir a su hermana, tiempo atrás, con sus intentos de convertirla en su esposa.

Esta vez, había ido demasiado lejos. Su cuerpo había sido tomado por Uday, el ser que había acudido a su invocación, para hacerse llamar el Amo por el resto. Pero en ese momento no estaba solo. Era cierto, allí había dos figuras entre las sombras. Una de ellas, imposible de confundir.

«¡Nirali!».

El terror la mantuvo quieta, aferrada con una mano al mármol y tapando con la otra cualquier exclamación que pudiera salir de su boca.

Uday-Nayan salió al encuentro de los visitantes, sin mostrar la misma inquietud que los sirvientes que controlaba.

—¿Qué es esto? Parece que se les han terminado las muchachas interesantes y me envían las sobras. Una virgen insulsa como el agua y otra grandota y desgarbada que cree que con ese sari grueso va a engañarme.

El insulto con el que contestó Nirali ofendió los oídos sensibles de Madhu, pero le arrancó una sonrisa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había escuchado. En efecto, quien acompañaba a su hermana era una mujer de brazos gruesos y tan alta como Nayan. El sari le quedaba apretado y se movía con dificultad.

—Será que la han confundido, porque aquella ni siquiera es virgen —continuó el poseído—. Aunque podría servir. Su energía no está muy contaminada. Hey, tú, muchacha deforme. ¿Hace mucho que ya no…?

El sari cayó al suelo, rasgado por la impaciencia de quien lo llevaba. La sacerdotisa no se sorprendió tanto por la revelación de que era un hombre, sino por sus cabellos del color del trigo y su piel, muy pálida para ser de aquella región. La otra visitante también se descubrió, mostrando ropas de hombre, en lugar de las tradicionales que dejaban al descubierto el estómago y los brazos.

—Eso no es de tu incumbencia —anunció el guerrero rubio—. Y para lo que vengo a hacerte no hace la diferencia.

Arremetió contra el anciano, pero éste evitó el ataque y terminó estrellándose contra un muro invisible que no lo dejó llegar a la línea de columnas del fondo. Nirali extendió sus manos, gritando algo inentendible. No surgió más que un hilo de humo. El demonio comenzó a reírse. Madhu no supo qué hacer y prefirió continuar oculta.

—No es como si fueran los primeros en intentarlo —concedió Uday, en tono de mofa—. ¿Saben por qué ya no hay guardias en las murallas?

—Porque no habíamos llegado nosotros.

—¡Me gustan las chicas confiadas! Creo que te conservaré y solo me comeré a este imbécil.

—¿Conservar? —preguntó ella—. ¿Conservas a otras chicas también?

—Nirali, no lo escuches —rogó el que la acompañaba—. Quiere engañarnos.

—¿Para qué? Ya he ganado. Miren esto, soy un admirador de la belleza. ¡Y estas muchachas son tan bellas! ¡Mías, son mías ahora!

Madhu vio que su hermana lucía confundida. Temía salir de aquella columna. Temía causar que los intrusos fuesen heridos. Temía, temía, temía.

—Voy a sacarte esa cabeza y a metértela por…

—Es una buena idea, extranjero. La aplicaré en ti, cuando mi preferida deje de mirar —afirmó Uday, y congeló hasta la última gota de sangre de Madhu en su escondite—. Tenemos todo el tiempo de este mundo y su estrella. Al menos yo. ¡Porque todo es mío ahora! ¡Todo!

—Y, sin embargo, estás tan solo —completó Nirali, como ausente.

—¿Qué? ¿Te sientes bien? —preguntó el joven que venía con ella.

—Sí. Es que recordé algo que escuché hace poco.

Cuando la joven sacó el anillo con la piedra transparente del saco que colgaba de su cintura, el poseído dio un instintivo paso atrás.

—¿Era un asqueroso genio? —se maravilló el guerrero—. ¡Haberlo sabido! Esto se termina ahora.

—¡Basta! Les daré lo que quieran. Alejen ese anillo de mí. No lo quiero. ¡Nunca más estaré solo!

—Pensé que ya habías dicho que se sentía solo, Ni.

En medio de la broma, Madhu vio que Uday estaba por ir hacia el guerrero. La forma en que su hermana y él sonrieron explicó el motivo de la distracción. Y el temor por Nirali superó a su temor racional. Fue intenso y duró un instante. Suficiente para aparecer detrás de la barrera y gritarles.

—¡Uday! No estarás solo. Si aceptas entrar al anillo, en el templo de Daia te cuidaremos bien.

—¡Madhu!

—¡Ese hijo de puta estaba por atacarme!

La confusión invadió la escena y la mano del genio quedó extendida, en dirección al joven. Pero sus ojos brillantes apuntaban a la sacerdotisa.

—Prométemelo.

—Por mi palabra —aseguró ella—, yo nunca miento.

Distante quedó el llanto de Nirali y las palabras del conjuro del guerrero rubio. Madhu sostuvo la mirada al genio, hasta que el brillo sobrenatural abandonó los ojos de Nayan. El anciano se desplomó, mientras las hermanas se abrazaban y el hechicero tomaba el anillo con una sonrisa apenada.

Las otras prisioneras fueron liberadas de inmediato. Los confundidos ancianos fueron atrapados en pleno intento de fuga, para ser juzgados como posibles cómplices de Nayan en aquel desastre. Más tarde, la reacción del hombre al reconocer a su antigua prometida fue de absoluto terror.


+++


Esa noche cenaron en el hogar de los Sidhu, con un guiso en el que utilizaron todo lo que les quedaba en la despensa. Celebraron, como en cada casa del pueblo, que la muerte de las jóvenes hubiese sido una mentira. La promesa de custodiar el anillo no caería bien en el templo, pero tampoco iría en contra de la causa de la diosa Daia. Estarían protegiendo aquella tierra y eso era lo que importaba.

—¿Así que te presentaste al templo como aprendiz solo por algo que me dijiste cuando tenías cuatro años? —dijo Madhu, entre risas, cuando se sentaron en el patio las dos hermanas.

El resto de la familia conversaba en el interior de la casa. Alguien tocaba un instrumento y Kirpal le ofrecía del narguil al inexperto Deval.

—Es muy serio, no seas tonta —reaccionó Nirali, ofendida—. La palabra de los Sidhu es imborrable.

—Sí, excepto si las decimos cuando no somos conscientes de lo que significan. Lo que más me extraña es que la Superiora no te haya sacado a patadas de allí.

—No tuvo tiempo de hacerlo. Hablamos de ti y luego apareció Deval.

—Entiendo. Me alegra que vinieras, no creas que no. Ahora, ¿qué hacías con esa sortija de compromiso?

La incomodidad de la hechicera fue visible. A la mayor no se le escapó su mirada rápida hacia el joven general.

—Primero quiero saber si me perdonas —murmuró Nirali.

—No tengo nada que perdonar. Aquí no hubo una promesa real. Siempre y cuando me dejes el anillo para cumplir otra que sí fue hecha en serio.

Por toda respuesta, la más joven se levantó y fue por su compañero en aquella aventura. Una vez afuera, éste pareció resistirse a entregar la joya hechizada.

—En esta familia toda palabra se graba en piedra, general —explicó Madhu—. Podemos encargar a mi padre otro anillo igual, si lo desea.

Él cambió el gesto de terquedad por uno compungido.

—No es por eso. Mi palabra también tiene valor, así que las entiendo. Pero el anillo es de Nirali ahora. Ella es quien decide.

La hechicera no tardó dos segundos en tomar el objeto de la mano de Deval para ponerlo en la de su hermana.

—Bien. Ahora es tuyo, Madhu —anunció, con alegría—. Cuídalo bien, porque no creo que volvamos por aquí en un tiempo.

—Si me disculpan —murmuró el general, cuando emprendió la retirada.

Nirali lo detuvo del brazo, invadida por un torrente de energía que la hizo hablar sin parar.

—Espera. Ahora tú, tendrás que hacer valer tus palabras también. O lo que no dijiste pero sí dijiste al entregarme esa sortija.

—¿Cómo?

Él la miró, sin entender. La sacerdotisa captó lo que ocurría al instante.

—¡No vas a hacer esto aquí, sin la familia presente! ¡Papá, mamá, vengan!

Entonces, la comprensión suavizó los rasgos del extranjero. Él y la muchacha seguían de pie, junto a la puerta que daba al salón y sobre el jardín descuidado de la enorme casa.

—Oh, dioses.

—Mi respuesta es sí —confirmó Nirali—. Lamento haberte hecho esperar en la capital. Estaba confundida.

Los Sidhu llegaron junto a ellos, en medio de un alboroto de planes y sugerencias. Deval no parecía poder decir otra cosa.

—Dioses. Ahora sí tendré que encargar otro anillo.

El aire se llenó de exclamaciones de alegría y felicitaciones. Los dos sonrieron, por fin, algo cohibidos.

—Me basta con el otro regalo, el más brillante —admitió ella, en un tono que presagiaba travesuras—. Vas a tener que enseñarme a invocar el rayo.


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Cantidad de palabras según Word: 1906 (perdón, perdón, perdón).

¡Y así termina la historia para Blogs colaboradores! En Argentina son las seis de la tarde, espero que en los pagos de Mikel no sea lunes porque quiero estar orgullosa de haber llegado a tiempo.

Tengo algunos capítulos extra para traerles, pero el arco argumental del demonio en el palacio termina aquí. Espero que lo hayan disfrutado. Y para los que quieran más romance, los espero en el siguiente.

Comentarios

  1. Yo lo he disfrutado mucho. Una pena que quede así, hubiese querido más. jejejeje

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    1. En los capítulos extra que siguen hay más ;) Gracias por leer ♥

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  2. ¡Hola! ¡Qué interesante! Ya me temía que iba a acabar en un baño de sangre DDD: estaré esperando los extras *^*

    ¡Un abrazo!

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    1. Podría haber sido un baño de sangre, es verdad. Pero cuando se trata de Nirali me asalta el humor y los finales medianamente felices (o abiertos). ¡Gracias por pasar y comentar!

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  3. Oh... que bonito final. Me ha fascinado. Espero leer más cositas tuyas.
    Un besote

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  4. Muy bonito capitulo, me gusto ese final tan sublime. Al fin el anillo queda en manos que ya estaban destinadas.
    Bso

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