El problema del falso Clyde

reto siete«¿Vas a acordarte de mí? No contestes. Está bien. Yo solo…».

Despertó esa mañana en el dolor contracturado de los asientos traseros de su auto. No sabía qué hacía allí. Era obvio que había parado junto a la ruta, cuando el cansancio lo había vencido de tanto conducir. Tampoco recordaba hacia dónde iba. Una necesidad intensa en su interior lo urgía a continuar hacia adelante. Eso era lo único seguro.

Llevó el auto por el camino bajo el tibio sol del amanecer, hasta encontrar una taberna donde desayunar e higienizarse a medias. Se dijo que era extraño haberse quedado dormido ahí, a tan pocos metros de ese lugar. Entró, hizo con rapidez su pedido a una camarera somnolienta y pasó directo al baño. Fue difícil encontrar algo limpio para ponerse en el pequeño bolso que llevaba. El tener la mente en blanco ya no parecía tan refrescante como al despertar.

—¿Desde cuándo llevaré dando vueltas fuera de casa? —murmuró, avergonzado de su temperamento impulsivo.

Entre algunos calcetines usados apareció una polaroid de Ana y él, en una salida al parque de diversiones que habían tenido el año anterior. Aquella vez que un degenerado le había mirado las piernas y él había tenido que obligarla a atarse la chaqueta alrededor de la cintura. Habían discutido después por eso pero, más tarde, la reconciliación había sido muy dulce. Ellos eran así, extraños para el resto del mundo, únicos en su locura.

«Nuestra propia versión de Bonnie y Clyde. ¿Verdad, mi amor?».

Recordar eso le había producido una punzada intensa en la sien, que luego se había expandido al resto de su cráneo hasta hacerlo caer de rodillas sobre el cerámico inmundo del sanitario. Algo le había pasado. Algo que lo había dejado en blanco sobre su camino hasta allí. Debía arreglárselas para volver a casa. Aunque, de solo pensar en la posibilidad, un malestar se apoderó de su estómago.

Con una camiseta limpia, demacrado y confundido, salió al comedor del local. Por alguna razón estaba lejos de su ciudad también. ¿Dónde se encontraría Ana? ¿Por qué lo miraban así el resto de los clientes?

Comió con ansiedad, asaltado por un hambre que casi lo hizo atragantarse con los huevos y el tocino. Buscó en sus bolsillos alguna moneda, sin mucho éxito. Debió pedir cambio a la camarera al pagarle. Ésta le entregó las monedas y le señaló el teléfono público al lado de la vieja rockola. ¿Era lástima lo que había visto en los ojos agrietados de esa desconocida? ¿A quién le importaba, al fin y al cabo?

Los gritos de la madre de Ana, al atender su llamada, le hicieron preguntarse cómo es que sabía que era él antes de dejarlo hablar siquiera. Ante la mención de la policía tras él, el muchacho estrelló el tubo en la horquilla del teléfono. Las monedas sobrantes de la comunicación tintinearon y la sensación de que había vivido esto antes fue acallada por el dolor palpitante en su cabeza.

«Te juro que no lo hice, amor. ¡Eres el único, de verdad!».

Los recuerdos habían adquirido una voz. Por fin. Los gritos de Ana, las súplicas y el dolor se entremezclaron en una danza extraña en sus sentidos. El rojo sabía a furia. Su voz sonaba como el hierro de una pala del jardín de su casa. El amor tenía la textura húmeda y pegajosa de lo irreversible. Los celos le pedían más.

«Ahora moriré contigo, mi amor. Juntos hasta el final» había prometido él a los ojos apagados de la muchacha. Pero la falta de puntería en un golpe dado a su propia cabeza lo había dejado en blanco. Un día tras otro. Hasta comprender que Clyde jamás habría hecho daño a Bonnie. Que ellos habían avanzado juntos contra el mundo, por razones mucho más simples que los caprichos de dos adolescentes hormonados. Que ambos habían muerto juntos a manos de otros, sin planearlo.

Salió del local donde estaba seguro que había desayunado más veces de las que podía contar. Fue hasta su auto, que ya casi no tenía combustible, y abrió el baúl. La sangre reseca y la pala le dieron la bienvenida a otro día de encontrarse con su verdadero ser. Lo peor del llanto fue saber que aquella revelación se había dado ya una vez. Y otra. Y vaya a saber cuántas más.

Quiso golpearse la frente, tirarse delante de algún camión que pasara, pero el descubrirse como asesino ya se había llevado toda su iniciativa. Empujó el auto un poco más allá de la taberna, lloró y descargó a gritos su frustración hasta quedarse dormido. El dolor detrás de sus ojos le dijo que la posición horizontal tal vez no fuese buena idea en su estado. Sonrió, agotado, y se abrazó al olvido cuando llegó hasta él con su manto negro.

Las palabras de Ana en la despedida de su primera cita lo acompañaron en los últimos instantes.

«¿Vas a acordarte de mí? No contestes. Está bien. Yo solo…»


Despertó esa tarde en el dolor contracturado de los asientos traseros de su auto. No sabía qué hacía allí. Era obvio que había parado junto a la ruta, cuando el cansancio lo había vencido de tanto conducir. Tampoco recordaba hacia dónde iba. Una necesidad intensa en su interior lo urgía a continuar hacia adelante…

+++

Relato para el séptimo reto de El libro del escritor: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día. Le di la solución pero también se la quité. Qué le vamo´ a hacer.

La imagen corresponde al video de Bonnie & Clyde, de Dean, que también contribuyó a la idea. Es más, no lean esto, vayan y véanlo.

Comentarios

  1. ¡Hola! ¡Qué intenso! Recordar todo eso para olvidarlo y volver al ciclo. Me ha dado penita y a la vez, me encantó.

    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. Falló al matarse a si mismo, es al mismo tiempo su culpa y su condena.
    Bien escrito.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. Me ha gustado mucho. Darle la solución y quitársela, ha sido muy acertado. Ces't la vie. ;)

    Un besote!

    ResponderEliminar
  4. Oh que triste y bonito a la vez. Me ha gustado mucho <3
    un besote

    ResponderEliminar

Publicar un comentario