Las increíbles no-aventuras de la Señorita J

señorita jTercer día a solas, en la oficina, y ya he envejecido diez años. Sé que mi postura corporal ha cambiado en los últimos meses. Me noto encorvada en la silla endeble con rueditas que, a cada rato, libra una nueva batalla contra el peso de mi trasero. Y pierde. Estiro la mano y levanto el asiento fallado, con la palanca endeble que vuelve a ponerme a la altura del escritorio y la pantalla del ordenador. Ni me doy cuenta, ya me he programado para subirme el culo, apenas desciendo los escasos quince centímetros que me quitan la dignidad y me hacen parecer sentada en un asiento de jardín de infantes. Baja, sube. Baja, sube.

Me he convertido en autómata, mientras atiendo el teléfono con mi «voz para las llamadas telefónicas importantes» o le sonrío a la gente con mi «sonrisa para tranquilizar a los pacientes e indicarles con amabilidad la forma de seguir camino, derecho, derechito, por el pasillo hasta la ventana». Y tirarse por ahí. No. Eso no, me digo. Ni siquiera tengo la llave para abrir ese ventanal, no deben habérmela dejado para aumentar mi tortura y la de esas pobres personas que aguardan apretujadas su turno. O para evitar que alguien se sienta tentado. Ya saben: la libertad, la preciosa libertad.

En el piso de abajo, también han coincidido las vacaciones de algunos —licencias sorpresa, en un par de casos—. Maldito diciembre. Así, los que quedamos haciendo con dos manos el trabajo de cuatro, o seis, nos miramos y no necesitamos decir nada. A alguien le tiemblan las manos por los nervios, se siente la desesperación en la voz de otro, al murmurar que se quedó corto de material de laboratorio. Incluso yo voy y vengo de la oficina a la mesa de entrada, dejando cuatro asuntos a medias, extraviando papeles o mi lapicera.

Me siento un momento, abro la casilla del correo para ver las novedades y… ahí está. El correo que ayer me envió el Señor O. Hacía semanas que no aparecía, que no enviaba pacientes ni hacía consultas por casos específicos. Hoy ha enviado a un hombre para un examen completo, sí, pero de rutina. Lo hemos hecho antes. Y alguien de abajo lo ha desviado y ha dicho que no sabía nada, lo cual me valió un disgusto. Pude solucionarlo, espero que a tiempo de que O. no se entere.

Miro el reloj, la gente sigue llegando y los minutos no avanzan. Un médico llega con un retraso espantoso y pasa a mi lado con cara de que necesita que sea viernes. Ya. Una mujer protesta, no hay lapiceras para llenar los papeles de ingreso y las mías han desaparecido. Como cada día. Corro a buscar, para prestarles. Luego voy detrás de ellos, con paciencia, para pedirles que me las devuelvan. Los que vengan al día siguiente las necesitarán.

Suena el teléfono. Es el Señor O. Su voz me provoca la misma sonrisa tonta de siempre y estoy a punto de perder el aliento, cuando me pregunta por el incidente de su paciente, con preocupación. Está bien, sé que está molesto al comenzar a hablar. Lo imagino en su consultorio, sentado con un café en un sillón bien alto y mullido, de esos gigantes que te hacen olvidar que estás trabajando. Y yo pongo mi mejor «voz de profesional que lo resuelve todo» para explicarle lo que ocurrió. Su tono no ha dejado de ser cordial, a pesar de que la situación es ridícula, y me pide que no vuelva a suceder. Cuelgo, desolada. Ya me he resignado a que ése es un tren que no va a parar en mi estación y salgo de mi sillita endeble para verificar que todo salga bien con los demás pacientes.

Pasa la hora pico de la mesa de entrada. Empieza la hora de las llamadas telefónicas. Tengo tanto que hacer, que no sé por dónde empezar. Mi escritorio rebosa de papeles, en mi mente cada uno tiene su función, está relacionado a algún tema por resolver y por eso está ahí. Sin embargo, desde afuera, aquello parece un nido de ratas. Miro el piso, algún papel abollado no llegó nunca al cesto. Miro la pizarra, ya no tengo espacio para poner más pendientes. Borro todo. Al papel lo dejo así, será la pequeña rebeldía de la jornada.

Llegan más papeles, de los pacientes de hoy. Más emails, con pendientes por resolver. Quiero salir. Voy a escaparme, no quiero volver. Me quedan al menos quince días del mismo nivel de actividad. Y si salgo airosa estoy segura de que se va a volver costumbre —mi fé en la humanidad ha muerto, señores, voy a convertirme en pulpo—. Me doy cuenta de que, al no tener a nadie alrededor, ya no tengo la obligación de sonreír ni de sonar profesional. Lanzo alguna puteada al aire, pongo la web de la radio y me río con los locutores. Imprimo algunas cosas, persigo al médico de la mañana para que firme otras. El reloj se niega a avanzar demasiado. Mi cara se va alargando, imagino a los ausentes echados de panza al sol o roncando hasta el mediodía y se abre un agujero negro en mi estómago.

Aparece la bioquímica y bromea sobre la falta de decoración navideña de mi escritorio. «No has puesto ni una bolita de plástico por acá». Me sorprendo, de verdad, al notarlo. Más me sorprende sentir que da igual. Creo que mi paciencia tiene los días contados en ese lugar. O no. Al sentirla reírse diciendo que, por mi cara, yo también debería estar en una playa, bronceándome, me doy cuenta de que ya no me queda ni sombra de simpatía en el cuerpo. Hago un esfuerzo por no responder algo inapropiado, necesito a esa mujer de mi lado en las horas pico, y largo una risita forzada mientras mi sillita vuelve a perder contra mi trasero y mi dignidad desciende unos quince centímetros.

Alguien ha subido al primer piso y ha llegado a mi puerta sin que lo note, y en ese momento se asoma con una sonrisa que es todo hoyuelos.

Entonces, la vida es hermosa.

Mi mano va a la palanca de la silla, pero queda congelada y mi mini asiento se queda así. Es el Señor O, frente a la montaña de mugre de mi escritorio y el papel abollado al lado del cesto. Vuelve mi voz profesional y lo saludo, mientras la bioquímica se queda mirándolo embobada.

Observa a su alrededor, buscando dónde sentarse, pero la bioquímica está ocupando la única silla libre. Da igual, porque ya no la registro y mis ojos hacen barrido selectivo con él, la sonrisa boba se dibuja en mi cara y mi postura en la silla baja hace más notoria su altura.

«Está siendo amable, como siempre. No está enojado» pienso, maravillada, a la vez que le explico que el paciente ha sido tratado entre almohadones (porque lo guié por todo el edificio, le sonreí como idiota, le di una nota firmada para que le presente al Señor O. y no lo acompañé al baño porque no tuve la oportunidad).

—Muy bien. Muchas gracias. Ahora, necesito pedirte un favor —dice, con algo de timidez.

«¡Sí, está siendo tímido conmigo! ¡Va a pedirme algo incómodo!». Y mi mente siniestra se frota las manos, espero que no de forma visible.

Yo asiento, feliz, tratando de que no se me note que le daría hasta a mi gato Ciro si me lo pidiera. Lo escucho hablar y lo disfruto. Sus ojos, su cabello y el que sea tan larguirucho me hacen pensar en una espiga de trigo. Pensamientos random, en un cerebro al borde del burn-out.

—¿Te acordás de aquel paciente, del Banco M? —me dice, luego de mirar hacia todos lados sin poder concentrarse.
—Claro —le respondo—. El informe te lo pasé el otro día.
—Eh, sí. Necesitaría que me lo imprimieras de nuevo.
—¿No llegó el correo? —me espanto—. ¡Puedo reenviártelo!
—No. Sí. Me llegó. Sí me llegó —vuelve a aclarar, haciendo que me derrita por ver cómo le cuesta darme una orden—, es que necesitaría que... me dieras el original.
—El médico no tiene original. Redactó el informe en Word y le puso la firma digital.
—Lo sé. Pero, por las dudas…
—Te lo imprimo.

Me pongo de pie, como un resorte, y saco a la bioquímica del asiento. Me pongo a revisar en la otra pc hasta encontrar el documento y lo reimprimo, mientras la mujer empieza a dar vueltas junto al Señor O. y a hacerme preguntas sobre los pacientes del día. Me doy el gusto de recitarle cada uno de los que han pasado por allí, con lo que llevan y lo que ha quedado pendiente. Espero a que la hoja llegue a mi mano desde la bandeja y lo miro a él. Me sonríe, como diciendo «muy bien». Llueve pintura rosa por las paredes, sale el sol desde la lámpara del techo y un cajón se abre para que un teletubbie asome la cabeza cantando.

Me deslizo sobre el vómito arcoíris de un unicornio hasta el escritorio donde él me espera y, al ver la fea impresión de la firma que envió el médico, la magia se apaga.

«Esto es horrible. ¿No podía ponerle onda? ¡Es su firma!».

—Ehhh… Creo que vamos a necesitar el original, tenés razón —admito.
—Está bien. Si no me lo aceptan, puedo volver.

«¡Sí!».

—No, vamos a ver de qué forma…
—No te preocupes. A lo mejor, si me ponés tu firma y un sello, quedará bien.

«Mierda. No tengo sello propio. Voy a usar uno que vi por ahí, seguro que sirve».

—Está bien.

Entonces sé que él sigue hablando, diciendo que en realidad no habría problema porque siempre la firma de ese médico sale así y se la suelen aceptar, y yo le pongo todo el arte de los firuletes a mi firma mientras ruego que no salga como un garabato de nena de cinco años —cosa que suele ocurrirme con los del correo o los que hacen el recambio de agua en el dispenser—. Ha salido redonda y bonita. En algún momento —vaya a saber cuándo—, la bioquímica se ha ido y nos hemos quedado solos. Él sigue hablando, para mi felicidad. Y estampo el sello que no es mi sello debajo, apoyándolo sobre la montaña de papeles. Y se estampa el borde, dejando las palabras del medio en blanco y a mí con unas ganas de romper todo. Si lo pongo de nuevo, se arruinará, quedará doble y ahora sí que no tendrá mucho sentido.

—No te preocupes. Con eso está bien —se apresura a decir, al ver mi cara.

«¿Si le pongo mi email personal, mi teléfono o mi usuario de twitter, al menos? Un arroba chiquito, no le hace nada al informe del médico. No. Basta. Teletubbies, vuelvan al cajón».

Al final, se va y yo me quedo deseando que se lo reboten como pelota de básquet, para poder inventarme una firma en la que el link de mi perfil de instagram pueda caber.

«Nota mental: empezar a sacarme selfies pelotudas, como la de esas que ponen boca de pato y usan escote y minifalda frente al espejo del baño. Nah… ya me da pereza de pensarlo, nomás».

Vuelvo a mi silla. Sube. Baja. Sube. Baja. El papel abollado del suelo se convierte en flor y me invade el inicio de una historia entre el Señor O. y la Señorita J. Cuando quiero darme cuenta, ha llegado la hora de volver a casa y salgo a la calle, flotando en una nube de algodón. Ya tengo la idea principal. Sería una comedia romántica, en la que ambos escaparían juntos de la cruel realidad, que los perseguiría para asesinarlos y tirar sus cadáveres al río.

«Mierda. Sigo siendo yo y mis finales».

Lo peor es que creo que la idea de la sangre y el río no son tan malas. De verdad, necesito unas vacaciones.



+++

Así, otro día oscuro para la Señorita J ha sido salvado por la aparición del Señor O. Ya sé que no tiene sentido, las anécdotas nunca lo tienen, sirven para mostrar lo impresionados que nos sentimos en cierto momento de cierto día de nuestras vidas. Y yo le debo mucha inspiración al Sr. O. Algún día voy a hacerle un homenaje como él se merece.

Mejor no, que voy a salir en las noticias y seguro termino con una orden de restricción.

Comentarios

  1. Leía aquí, pero mi necesidad de comentar cada linea me envía a wattpad xD

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  2. ¡Hola! Me ha encantado xD es frustrante ese tipo de trabajo, trabajar con bioquímicos, veterinarios —que el laboratorio donde trabajaba también hace la parte de análisis a animales— y pacientes es realmente agotador —que tengo experiencia de secretaria y me he sentido bastante identificada con ello XD—.

    Me encantó.

    ¡Un abrazo!

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  3. Ufff vaya trabajo. Me ha recordado cuando trabajaba en dentista, es tan aburrido... tan rutinario sin nada movidito, pero bueno... a cada uno le gusta lo que le gusta.
    Muy buen relato.
    Un beso

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