Elemento sorpresa (52 retos - reto 47)

macgyver
Luego del jeep supersónico, la raqueta antinuclear o la bomba de piña, el ídolo de mi infancia no pudo darme mejor idea que ésta. Cuando era chiquita, ver a MacGyver, en capítulos repetidos por enésima vez en la tv pública, era mi mejor proyecto para una tarde.

No era solamente una serie. Eran las aventuras de alguien que se metía en problemas y lograba salir de ellos con ingenio, viendo soluciones donde nadie más podía. Y, ahora, que estoy metida en el peor lío, verlo en el canal del recuerdo me ha devuelto la esperanza.

Creo que voy a poder salir de ésta.

—Todos están listos, Nina —anuncia mi padre, desde el otro lado de la puerta que cerré con desesperación hace media hora.
—¡Ya voy! Solo un rato más —ruego, mientras busco con la mirada cualquier cosa con la que pueda hacer un plan.

La voz del otro lado ha pasado de la amabilidad a la preocupación.

—¿Estás bien? ¿De verdad no necesitas ayuda? Escuché que les pediste a la modista y a tu madre que salieran. Y esa pobre chica que vino de la empresa de catering, salió llorando después de que le tiraras la copa de champaña que te había llevado.
—No es para tanto. Dile a la mesera que lo siento, págale un poco más. Y ya me he maquillado sola, así que estoy bien.

El silencio me indica que está tratando de ser cuidadoso. Me conoce. Ya debe haber sobornado a la empleada sin que yo se lo dijera. No por nada somos familia. Sé que está cambiando de estrategia, pero yo he tomado mi decisión. He enviado un mensaje por el móvil a Claudio, esperando que me perdone. Y, si no, que al menos comprenda que esta Nina que miro al espejo no es la que va a casarse con él. Estoy nerviosa, no puedo esperar su respuesta. Me pongo en acción.

Casi puedo sentir la banda sonora de mi serie favorita, mientras ubico una silla junto a la ventana y, con una cuchara que se dejó la mesera en su huida, aflojo el tornillo que mantiene en su lugar el barral de la cortina.

—Hija, ¿podemos hablar? —pide mi padre, confirmando que yo también lo conozco lo suficiente—. Sé lo que estás pasando. Igual que tú, tuve dudas en su momento —dice, un poco más bajo.

Deslizo la cortina por el extremo libre del barral que sostengo con mis manos, mientras hago equilibrio sobre mis tacones y me pregunto cómo es que no me los he quitado. Mi padre sigue haciendo confesiones extrañas con voz apagada, a través de la puerta, y el paño resbala de mis manos hacia el suelo cuando creo oír algo sobre una aventura con una inmigrante china. A MacGyver no le pasaban estas cosas.

—Papá, de verdad, ¿no puedes ir a decirles a todos que me esperen un poco más?
—…el valor de la familia, nunca los hubiera tenido a ustedes de no ser porque me decidí a continuar el casamiento con tu madre.
—¿Podría haber sido descendiente de orientales, entonces? ¿Como esas chicas flaquitas y de ojos rasgados que bailan en esos grupos de moda? ¡Papá, elegiste mal!
—¡Déjame pasar, no estamos para bromas, Nina!

Aterrizo mal sobre mis tacones y caigo sobre la cortina, aunque el grito indignado de mi progenitor sirve de distracción. Ni me he quitado el vestido blanco corte sirena, que es la cosa más incómoda que me he puesto en mi vida, por cierto. Y me he esforzado tanto en estos meses en el gimnasio para que me quede decente, que me lo voy a llevar puesto. La chaqueta de símil cuero negro me servirá de abrigo y disfraz. Pero mejor cambio los zapatos por unas zapatillas de lona o no voy a llegar muy lejos.

El móvil lanza el pitido de las notificaciones y hago un esfuerzo por no correr a verlo. Es Claudio, estoy segura. No quiero saber su respuesta. Mi cabeza ya está lejos de aquí, solo debo poner el cuerpo en movimiento.

Mi viejo ha dejado el discurso y se ha ido, amenazando con volver con un cerrajero o un hacha, lo que encuentre primero. Ha llegado el momento de la tensión. MacGyver estaría al borde de ser atrapado, o de morir por alguna razón estúpida mientras arma su bomba casera. Yo me limito a atar la cortina a un cubrecamas bordado que me regaló mi suegra hace poco. Servirá para llegar hasta la planta baja sin romperme la cabeza. Creo.

Intento darme un poco de tiempo atando las perillas de ambas hojas de la puerta con un corpiño, abro la ventana y me alegro de que estén todos en la parte de adelante, esperando a que yo baje por las escaleras. Podré salir por el terreno de atrás y estar lejos antes de que la viejita que vive allí se dé cuenta de que no soy el fantasma de ninguna leyenda urbana.

Las piernas me arden al bajar por mi soga improvisada, sé que me va a quedar marca de esto. Y creo que me he doblado un tobillo al llegar al piso empedrado del jardín. El dolor es espantoso, la humillación de volver será peor. Corro como puedo, evito las preguntas de la vecina y llego hasta la calle de atrás. Rezando. Por favor, por favor. He dejado el teléfono arriba, con los nervios y el miedo. Entonces me doy cuenta de que MacGyver era mucho mejor. No tengo madera para esto. Él podía sacar recursos de cualquier lado, salirse con la suya hasta el final. Yo estoy aquí, esperando a que aparezca mi recurso clave en el plan de escape.

Las lágrimas ya arruinan mi maquillaje a medias cuando escucho el ronroneo de la motocicleta que dobla por la esquina. Se acerca. No quiero mirar.

—Si al final íbamos a hacer esto, podríamos haberle avisado a la familia para que no gastara tanto en la fiesta —me dice Claudio, mientras me extiende el casco, todavía con la camisa y la corbata puestas.
—Perdón —respondo, emocionada—. No podía hacerlo así. Temí que no lo entendieras.

De verdad. Tuve miedo de que esta versión estresada y molesta de mí lo hubiese cansado. Sin embargo, él me mira igual que siempre.

—Ya está. Somos nosotros, ¿no? —dice, con un guiño cómplice debajo de la visera—. Los viejos se van a comer y a tomar todo. Dentro de un rato, ni se van a acordar de que era un casamiento.
—Gracias.
—De nada, amor.

Arrancamos y me abrazo a su cintura, feliz. Él es mi elemento sorpresa, mi caja de herramientas portátil con la que armar y desarmar cualquier explosivo.

—¿Trajiste los pasaportes? —pregunto, espantada. Soy pésima para esto. ¿Cómo se me olvidaron tantos detalles?
—Sí —me tranquiliza, sin dejar de mirar al frente.
—¿Los pasajes?
—También. Al final, yo tenía razón. Las Vegas nos va mejor.
—Es cierto.


+++

Una meta que quedó sin cumplir de este año: los 52 retos. Pero pude cumplir con dos que quería escribir, combinados en este relato: el del escape al estilo MacGyver con cinco elementos de mi habitación que empiecen con la misma letra (la letra es la C y los elementos: cuchara, chaqueta, cortina, cubrecamas y corpiño), y el de la novia que duda sobre casarse. Aunque me faltó describir la tarta, así que no lo cuento como reto cumplido.

Dedicado a Maryere que me pidió que lo intentara, ya que yo he sido fan de MacGyver en mi infancia. Ha sido difícil, no se me ocurría nada.

¡Feliz año nuevo a todos! Y que el 2017 venga con nuevos retos.

Comentarios

  1. ¡Hola! ¡Qué nervios! Casi creía que no iba a llegar ¡muy buena huida! Me encantó que tuviera un buen final también <3

    ¡Un abrazo y feliz y próspero año nuevo!

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    1. Me alegro. Quería escribir esto en otro cuento, pero me gustó para el escape estilo MacGyver.
      ¡Gracias por pasar!

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  2. ¡Jajajajaj! ¡Yo odié este reto! McGiver no me termina de convencer, pero has conseguido engancharme con tu historia. Ha sido emocionante.

    Un besito!

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    1. Fue tremendo, a mí tampoco se me ocurría nada. Este cuento era para el otro reto, el de la novia que no quería casarse. Le sumé el escape nomás.
      Gracias por venir y comentar ♥

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  3. Que si me gustó. Me encantó. Yo también veía la serie, incluso vi varias de la películas.
    Que buen escape. Ye me gustó el final.
    Te felicito.

    Que tengas un buen año, con tan buena inspiracíón.
    Un abrazo.

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  4. ¡Ohhh! ¡Me ha encantado! Ha estado super bien. Me fascino. Que divertido, original y en tensión. Que delicia.
    Un besote, guapa

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