Daydreaming (¿Escribimos? Reto 4)

pasilloUn día, la necesidad despertó. Necesitaba sol, aire fresco, viento que corriera con libertad sobre su cuerpo y revolviera sus cabellos, aroma a verde, sonido de campo. Pero las paredes grises que lo aprisionaban se habían convertido en su único escenario. El resplandor frío del tubo fluorescente hería sus ojos, el encierro ya era más que una sensación, podía respirarse, sentirse en cada poro. Así que corrió hacia la salida, esa que tantos habían usado, esa que compartía en aquel momento con otros que corrían, ansiosos. Desembocaron en un túnel oscuro. Más concreto, más vacío, ahora sin iluminación artificial. Puro negro.

Se desentendió del resto, cada uno haría su camino. Se concentró en avanzar, a paso decidido pero sin prisas, hacia una puerta que apareció a un costado. La pequeña franja de luz lo había llamado, al igual que al resto. Cuando pudo cerrar a sus espaldas, dejó atrás a la masa de caminantes para verse en el interior de otro pasillo. Un hotel, con sus pisos alfombrados en tonos pastel y bombillas de luz cálida que parecía más opresiva que la misma oscuridad. La tensión en su pecho, la idea de que no podría quedarse un minuto más ahí, o se ahogaría, lo obligaron a seguir avanzando. Abrió una de las decenas de puertas numeradas. Ingresó al corredor de un hospital. El ruido de sus pisadas, las llamadas por altavoz en un tono femenino que no modulaba bien las palabras, lo desesperaron.

Cuando atravesó el ingreso a un ala reservada al personal, no llegó a sentir el sonido de la hoja al volver a encajar en el marco. Se vio en medio de un centenar de lavadoras automáticas, que centrifugaban su contenido en sincronía.

No supo cómo se le ocurrió abrir la puerta de uno de los aparatos y esconderse allí. Sospechaba que algo no estaba del todo bien, pero no se le ocurría qué podía ser. A lo mejor, el hecho de no mojarse era lo único inesperado. O el que, en lugar de terminar rodando junto con el resto de la ropa, hubiese quedado quieto, encima de un mantel a cuadros, sobre una mesa ocupada con platos y cubiertos. Los comensales cuya comida había sido arruinada saltaron de sus sillas, espantados, y él debió arreglárselas para sortear a los camareros y los clientes hasta llegar a otra puerta.

Puertas, puertas.

Él intentaba seguir los carteles de «salida» y lo único que conseguía era entrar a lugares en los que no quería estar. Más pasillos, repletos de puertas con prometedores carteles y rendijas de luz brillante que, nada más atravesarlas, se convertían en el fondo de un cubículo de oficina o algún oscuro rincón de un bar de mala muerte. Y la necesidad de ver el exterior se hacía cada vez más grande. Y el corazón quería salirse de su pecho, desbocado. Y los pulmones amenazaban con marcharse también, exhaustos por lo que se había convertido en una carrera sin fin.

¿En qué momento había empezado a correr? ¿Por qué no podía detenerse a pensar, un instante?

Sus piernas seguían moviéndose, casi con vida propia. Sus pies dolían, de tanto recorrer distintas superficies, saltar, deslizarse, huir a distintas velocidades. Alguna mansión del siglo XVIII, el palacio de algún rey asiático, la tumba escondida en pasadizos intrincados de algún faraón egipcio. ¿Serían los zapatos? ¿Y si probaba quitándoselos? Para eso debía detenerse, primero.

Por fin, pudo sentir el aire frío desde la rendija de la salida de emergencia de un museo que jamás había visitado. Se abalanzó sobre ésta, exhausto. Al fin, lloró de alegría con solo ver el azul sobre su cabeza. El viento helado del invierno, el sol brillante que parecía saludarlo desde arriba, todo había valido la pena. Hasta que sintió que su cuerpo caía hacia atrás, sin remedio, como quien se hunde en un vacío infinito, de espaldas.

Entonces, despertó. Estaba sudado de pies a cabeza y confundido, muy confundido. El calambre en sus piernas no era lo peor, ni la debilidad general que sentía. El problema era que seguía en el punto de partida. Las paredes de concreto gris formaban, esta vez, un corredor largo por el que corrían otros, desesperados. Varios desaparecían por las puertas laterales, para volver a aparecer por la del frente.

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Relato para la iniciativa «¿Escribimos?» del blog Blueberry Notes del mes de octubre. El tema es el Miedo. El género es el terror, en cualquiera de sus variantes. Como lo mío son los personajes raritos con sus tragedias cotidianas, combiné alguna pesadilla loca con un video de Radiohead: Daydreaming.
Cantidad de palabras según word: 709.

Comentarios

  1. ¡Me ha encantado! He sentido la desesperación del personaje y ansiado la necesidad de aire fresco. No hay peor horror que ese, sobre que soy un tanto claustrofóbica me he sentido demasiado identificada.

    ¡Un abrazo!

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    1. Sí, yo también tengo un poco de claustrofobia xD Gracias por pasar y comentar ♥

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  2. Una joyita,Cyn. Desesperante,abrumador. Me encantó.

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    1. ¡Hey! Qué lindo verte por acá ♥ Gracias por leer :3

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  3. ¡Hola,Cyn!

    La desesperación e incapacidad en ese momento del personaje ha sido abrumadora. Me ha gustado muchísimo. :)

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    1. ¡Gracias! Me alegra que te haya gustado :D

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  4. ¡Oh! Que bonito, me ha dado sensaciones extrañas. Pero me ha gustado mucho.
    Un abrazote

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