Refulgens - Doce: Ideas

cap doceCasi un mes después, los tres estaban varados en Mukul. Era un pueblo al sur, a medio camino entre la capital y Darshan. Consistía apenas en un caserío, con dos calles dispuestas en cruz, un templo, algún granero, una herrería y una posada. Al menos no parecía tener actividad sobrenatural. A duras penas se veía a algún humano sentado afuera de la taberna y mirando al horizonte.

La idea de Deval era buscar el ingreso a Refulgens, otra vez, para poder avisar de su existencia a la guardia real. Sarwan y Nirali habían ido con él, casi por inercia. Pero, con el paso de los días, aquella intención se había ido desdibujando. Tal vez ayudase el terror que provocaba la advertencia de la salamandra ejecutora, en oportunas pesadillas que los acosaban por turnos. Tal vez fuese el no tener indicios de ninguna clase. O que el dinero de un mes se hubiese agotado en las primeras dos semanas y ni siquiera les alcanzara para comer en condiciones. Sin la posibilidad de una presa interesante por la cual cobrar una recompensa, los ánimos habían decaído en el grupo. Así, habían llegado a una posada en la que el dueño y su familia los habían alojado por un precio más que económico.

La humedad y el calor del verano tampoco eran las mejores condiciones para los viajeros. Así, una tarde, acosados por la alta temperatura, se encontraron echados junto al río y rumiando sus posibilidades para el futuro.

—Yo digo que esperemos a la madrugada para reanudar el viaje —sugirió Deval, sentado sobre la arena y con los pies en el agua—. Les dejaremos una carta, prometiendo que regresaremos a pagarles lo que les debemos cuando lleguemos a la capital.

Nirali se había quedado mirándolo, pensativa. Ella se había ubicado sobre una piedra enorme que la dejaba en posición de mirar el territorio sin problemas. Aunque, apenas la discusión entre sus dos compañeros de camino había comenzado, el paisaje había pasado a segundo plano.

«No puedo creer que este tipo tan sensato y correcto sea el mismo loco que nos salió frente a Refulgens para intentar matar a Sarwan. O es que nosotros somos igual de locos que él y por eso no nos molesta tanto. Vaya a saber» se dijo, en medio de la modorra que seguía al almuerzo.

—Claro, dejemos una carta —contestó el maestro de la muchacha—. Y que tengan una prueba de nuestra deuda, para luego ser buscados como delincuentes comunes, ¿no?

—No lo decía porque sí —reaccionó el primero, ofendido—. Mis palabras sí tienen valor. Si prometo que regresaré a pagarles, es lo que haré.

«De verdad, suena como algo que él haría aunque estuviese en el otro extremo del país» pensó la chica, divertida con el espectáculo.

—Entonces, ¿por qué no se lo prometes al viejo Sujan de frente, en la cena? A ver cómo reacciona a tus palabras valiosas.

—No tiene gracia. Tampoco es mi culpa que ustedes sean tan malos a la hora de administrar el dinero. Incluso se gastaron lo que yo llevaba.

La joven fingió que se había quedado dormida sobre la piedra —cosa que le costó un buen dolor de espalda— al notar la referencia a sus pobres habilidades con la última bolsa de oro recibida de los Sidhu. Tuvo que apretar los dientes para no soltar una queja cuando oyó a su mentor reírse con el asunto.

—Nirali ha resultado ser peor que yo —sonó la voz de Sarwan, entre carcajadas, desde la copa del árbol al que se había subido—. Ya no nos queda nada.

Y era cierto. Vivían de lo que venían sacando en las cartas en los pueblos anteriores, aunque la sospechosa buena racha de los dos hechiceros les valió no volver a ser recibidos en ninguno de los lugares donde podían jugar. Y en Mukul nadie tenía la confianza para sentarse con ellos después de la primera partida con los pocos jugadores empedernidos del local. Hacía casi una semana que venían dándole excusas al posadero para que no los sacase a patadas.

Cuando su maestro se puso a hacer las cuentas de los gastos que habían tenido y, según él, habían sido inútiles, ella no pudo evitar erguirse en la roca y mirarlo de forma acusadora.

—Si te decidieras a enseñarme algo de provecho —retrucó, furiosa—, tal vez yo podría conseguir dinero para todos.

—Prefiero seguir con el perfil bajo. Al menos por un tiempo. Además, si la esencia de la salamandra es absorbida sin problemas, podrás seguir una vida normal. No quiero meterte en problemas innecesarios, chica.

Nirali notó que Deval mostraba una de sus sonrisitas de suficiencia al oír aquello, pero se abstenía de intervenir en la conversación. No sabía si le molestaba más que ellos la considerasen incapaz de manejar la información que estaba pidiendo, o el hecho de saber que no podía volver a dar la cara a los suyos por haberse embarcado en una aventura inútil.

En eso, la sorpresa por la mano que acababa de posarse en su hombro casi la hizo caerse de la roca. Los otros dos se sobresaltaron con el grito de la muchacha.

El culpable era un joven alto, delgado y de facciones delicadas. Tal vez demasiado alto para Nirali, aunque con una sonrisa cálida que hacía que valiera la pena el dolor del cuello por mirarlo. Era Ankur, el único hijo del dueño de la posada en la que estaban alojados.

—¡Lo siento! —exclamó, azorado por la reacción de ella—. Te vi aquí y pensé en darte un regalo. Es que estaba cerca, y… bueno…

El silencio se estiró, se volvió elástico y casi pudo masticarse. Entonces la muchacha entendió que era ella quien debía sacar al pobre muchacho del apuro. Ninguno de sus acompañantes parecía dispuesto a colaborar en la conversación.

—Ah. No es nada, no te disculpes —respondió, en un tono que esperaba que sonara despreocupado—. ¿Hace mucho que estabas por los alrededores? Podemos explicar lo que sea que hayas oído.

Echó una mirada de súplica a su maestro. Si el chico los había estado espiando, entonces debían salir por patas y la guardia no tardaría en perseguirlos por embaucadores.

—Acababa de llegar —dijo Ankur, que no parecía darse por enterado de los nervios de aquellos tres—. Mira, esta es la flor de un arbusto que solo crece en la región. ¿Es bonita, verdad? —Y se la entregó, entusiasmado—. La vi y pensé en esa mancha que tienes en la mano. Tiene casi el mismo color.

Nirali quedó sin palabras.

«Está hablando en serio. No nos ha escuchado. Y qué flor tan extraña, nunca había visto una tan… parecen tentáculos en vez de pétalos».

—Gracias —respondió, desconcertada, al recibir el regalo.

—Eso, muchas gracias, Ankur —se oyó decir a Deval, cuya voz era tan corrosiva que podía hacerle picar las orejas a esa distancia—. Otra cosa, ¿siempre vas por ahí mirándole los defectos físicos a la gente y comparándolos con plantas? Porque tengo un lunar muy interesante, debajo del ombligo, y me gustaría saber si conoces algo parecido que pueda llevarme de recuerdo.

—¡Dioses! ¿Era mucho pedir que dejaras pasar un día sin ser grosero? —lo regañó la muchacha, antes de que el interrogado se viese obligado a contestar a eso.

—No le hagas caso, hombre —intervino Sarwan, desde la rama más gruesa de un árbol cercano—. Aunque yo sí te aceptaría una de esas frutas que llevas en la cesta. Porque venías a dejarnos algo a todos, supongo.

—Eh… sí, claro. Por supuesto. Tomen cuantas quieran.

Así, Nirali vio cómo su mentor se aseguraba las provisiones de higos suficientes para llegar a la siguiente aldea. Casi sintió pena por el muchacho y su cesta vacía.

—Yo paso —gruñó el otro hechicero.

—Agrégala a nuestra cuenta, ¿sí? Y dile a tu madre que la comida ha sido espectacular. Muero por saber con qué nos va a deleitar esta noche.

—Gracias, señor. Se lo diré. Hasta luego.

«Realmente, no tienen arreglo estos dos» se lamentó la chica, mientras prendía la flor al nacimiento de la enorme trenza en la que, por esos días, llevaba atado el cabello y que caía sobre uno de sus hombros.

Volvieron a quedar los tres a solas, con el ruido del agua de fondo y el viento caliente meciendo el follaje por encima de ellos. El guerrero más joven se veía molesto, de repente, y la aprendiz en suspenso pensaba en qué haría si su mentor no volvía a compartir ni una sola lección con ella. El mayor de los tres se incorporó, como si acabara de darse cuenta de algo, y provocó una lluvia de hojas y pequeños frutos sobre la cabeza de su alumna.

—¿Acaba de decirme señor? —murmuró indignado—. Si debo tener cinco o siete años más que él.

—¿Eso es lo único que te molesta, idiota?

—Mira, igual podríamos quedarnos un par de días extra —continuó Sarwan, como si nada—. Si convencemos al viejo de que nos deje jugar a cambio de un porcentaje de lo que pudiésemos ganar en las mesas de la posada, estaremos bien. Creo que Ankur sería un buen aliado, seguro estaría contento de tenernos cerca.

A Nirali no le gustó el tono jocoso en el que él había dicho la última frase.

—Él es amable con nosotros, nada más —añadió ella, a la defensiva—. Deja de insinuar cosas raras. Además, creo que ustedes están aprovechándose de su hospitalidad.

—Claro que no. Si él es un mirón y pone su cabeza en bandeja por un par de sonrisitas, lo menos que podemos hacer es tomar alguna oreja, ¿no?

—¡Sigues exagerando!

—A mí no me agrada —se quejó el extranjero.

—¿Él o su oreja?

—Él y tu actitud. Deberías proteger un poco más a tu alumna.

—No estoy desprotegida, Deval. Puedo defenderme.

—Lo mismo, no me caen bien. Hay algo fuera de lo común en esta gente.

«Ahí está, la mentalidad de cazador. Todo lo que se salga un poco de la norma es presa. Todo lo que tenga un mínimo de brillo es presa. Y yo no dejo de pensar en esos niños que corrían riendo con sus madres en Refulgens. Esto me ha arruinado, por completo. Todavía me pregunto cómo es que ellos siguen tan tranquilos» se lamentó Nirali, en silencio.

El viento desapareció y los dejó con la temperatura asfixiante. Incluso el curso del río pareció detenerse.

—Que hay algo raro en el viejo, eso seguro —dijo la joven—. Igual, no han dado motivos para que desconfiemos de ellos. A lo mejor tengan algún secreto, alguna cosa rara. ¿Quién no la tiene?

Otra vez aquel silencio. Y ella realmente quería decirles que no estaba contenta, que no sabía qué estaban haciendo allí, o en el camino, como vagabundos que ni tenían una razón de peso para estar juntos. Si al menos alguno de ellos hubiese despejado sus dudas.

«¿Qué pasará por sus cabezas en este momento? Tengo ganas de tirarles con algo para que reaccionen. Si llego a hacerlo, me entregarán en la primera parada por un par de monedas y llamándome loca».

—Yo digo que deberíamos planear la partida lo antes posible —insistió Deval, como si aquel vacío en el diálogo no hubiese existido.

—Vete tú, si estás tan apurado. Yo me haré una fortuna con las cartas.

—Sin mí no puedes ni ganarle a un tipo ciego y con las manos atadas, Sarwan.

Habían vuelto a las pullas. De algún modo, Nirali comprendió que se sentían más cómodos diciéndose cosas sin sentido que hablando de verdad del pasado, o de lo que estaban viviendo en el presente. Se encontró sintiéndose mejor, ella también.

—¿Me estás retando? Puedo atarte y vendarte los ojos, a ver si eres capaz de vencerme.

—Claro. Y cuando te deje hecho una piltrafa en el suelo podemos jugarnos un partido de cartas, ¿te parece?

—Dejen los arrumacos, que estoy aquí yo también —los interrumpió, fingiendo estar molesta para no echarse a reír—. Con este calor las carretas de las diligencias son insoportables y los caballos de alquiler son caros de mantener. En el caso de que consigamos tomar prestado alguno. ¿No podemos quedarnos hasta el otoño?

En ese momento, Sarwan volvió a ponerse serio.

—Deberíamos escribir a Lamms. Él tendría que estar aquí para llevarte en su carreta hasta que las cosas en Suhri se calmen y puedas regresar con tu familia.

«Todavía no me sale contestarte a eso como te mereces».

—Empiezas con eso de nuevo —protestó, mientras se bajaba de la roca y cada músculo de su espalda tenía algo que decir al respecto—. Mejor me vuelvo a la habitación.

Ignoró el pedido de su maestro de que no se ofendiera, y la mirada inquietante de su otro compañero de viaje, para internarse en el camino de regreso a la posada. Cuando ya llevaba un buen rato andando, notó que era la tercera vez que un árbol de frutos rosados la recibía en una intersección. Se detuvo, horrorizada, y observó la tierra a sus pies. Las huellas del verdadero camino cruzaban el sendero e iban en dirección recta hacia el este, donde estaba Mukul. Respiró aliviada y se puso en marcha deseando que nadie la hubiese visto cometer ese error.

«¿De verdad estoy portándome como una de esas campesinas que no se enteran de nada hasta que las rapta algún bárbaro en su caballo? Será mejor que llegue rápido al pueblo y deje de pensar tonterías».

La arboleda era un sitio lleno de vida, no quedaba muy lejos de la zona habitada y le permitía un poco de privacidad en momentos de pesimismo como aquél, pero no dejaba de ser un sitio al que sus padres no la hubieran dejado ir sola, meses antes.

«Piensa en otra cosa, piensa en otra cosa» se dijo, con el ritmo cardíaco a la altura de las sienes y la mancha en su mano ardiendo en un rojo brillante. Lo peor de todo era que comenzaba a sentir que no estaba sola. Había algo —o alguien— allí. Miró a su alrededor, desesperada por encontrar a quien fuese que la estuviera observando para darle una lección. O intentarlo, al menos.

No había nadie. El canto alegre de algún pájaro fue la única prueba de actividad viviente.

«Deja de imaginar cosas, deja de imaginar cosas» fue el nuevo mantra elegido por la chica.

Incómoda, frotó la mancha en su mano y siguió caminando.




◊ ‡ ◊




En el claro, junto al río, los dos antiguos compañeros habían perdido cualquier motivo para seguir conversando. Sarwan dormitaba, con la espalda apoyada en el tronco grueso del árbol cuya copa lo estaba resguardando. Deval se revolvía en su lugar, incómodo. Así, pasaron algunos minutos, hasta que el rubio sacó los pies del agua y los secó con un pañuelo viejo antes de volver a calzarse las botas.

—Bueno, yo también voy a regresar —anunció, en voz baja, como si no hubiera querido ser escuchado.

Sin embargo, Sarwan tenía el sueño ligero.

—¿Tienes algo que hacer por allá? —preguntó, sin dar muchas muestras de querer acompañarlo.

El que ya estaba de pie en el suelo titubeó bastante antes de dar una respuesta.

—Ehh, sí. Voy a guardar mis cosas de antemano. Para no olvidar nada.

Sarwan apenas se movió, sentado sobre su rama.

—Claro. Porque llevamos toneladas de carga —dijo, con la ironía intacta aún en medio del sueño—. Ve y diviértete. De paso le echas un ojo a Nirali, para que no vaya a perderse en el camino que lleva del pasillo a la habitación.

Entonces, casi se despertó del todo al ser testigo del rubor que se abrió paso desde el cuello pálido de Deval, arrasó con sus mejillas, invadió su frente y se instaló en sus orejas. El otro apartó el rostro, aunque no lo hizo a tiempo. Se había acercado a él para llevárselo a rastras, eso era obvio. Y acababa de darse por vencido, por supuesto.

—Eres un idiota y un malpensado —farfulló el rubio, retrocediendo—. Deberías portarte así con los desconocidos que la tratan con tanta confianza.

Luego de eso, el único sonido había sido el de pasos alejándose hacia el pueblo. 

Una brisa suave le removió los mechones de cabello que habían quedado sobre su frente y Sarwan se dio el gusto de continuar con los ojos cerrados.

Entonces la vio. Aruni estaba allí, sentada a su lado, y le decía algo.

No podía entenderla. En realidad, no la escuchaba. Estaba tan contento de volver a verla, que la emoción le hacía temblar las rodillas —era una suerte estar sentado en aquella rama incómoda, al menos—. La salamandra esperaba algo de él. Le estaba preguntando algo y él no tenía idea de qué responderle. No todavía.

Lo único que Sarwan quería era saber si ella estaba feliz. Así, como él. Si ella también había esperado encontrarlo en cada cara que pasaba a su lado, en los extraños que aparecían en los caminos, en los cazadores que llegaban a su pueblo.

Temió no llegar a hacerse entender, aunque ella sí lo estaba escuchando. Y sonreía, como si guardase algún secreto de lo más divertido. Justo cuando él comenzaba a preguntarse qué se sentiría abrazarla, despertó. Estaba a punto de caer de la rama, y el susto de perder el equilibrio lo trajo a la conciencia al instante.

—¿Qué mier…?

Había que ver las cosas ridículas que podía soñar uno en las siestas calurosas.

No tuvo tiempo de sentirse molesto, ni debió esforzarse mucho por enterrar en lo más profundo aquella sensación extraña al despertar. Un chillido agudo lo puso en estado de alerta. Conocía aquellos gritos, había lidiado con ellos casi toda su vida.

Eran hadas. Y aquella miniatura de bosque parecía un buen lugar de escondite para algunas, de no ser porque estaba demasiado cerca de la capital. Los gritos masculinos que las instaban a detenerse, en nombre del rey de Daranis, eran la prueba de ello.

El ex cazador se acomodó otra vez en la rama, dispuesto a ignorar el escándalo hasta que terminase.

«Mala elección. Ya es problema de ellas. No estoy cazándolas con mis manos, con eso es suficiente».

Lo malo fue que alguien tuvo el mal gusto de atrapar a una de ellas justo debajo del árbol en el que él estaba tratando de descansar. El hada se veía muy frágil, parecía herida. Y aquel sujeto la arrastraba con saña.

«Si fuese humana, tendría la edad de Nirali. Y ese tipo tiene pinta de comerse a sus presas, en vez de entregarlas. Qué barriga, por los dioses» pensó Sarwan, oscilando entre la indignación y la risa por lo desigual de aquella lucha.

Cuando el higo más grande de los que le había dejado Ankur cayó en la cabeza del cazador, ya era tarde para arrepentirse. El hada aprovechó la confusión de su captor para escabullirse con rapidez, y el hombre miró hacia arriba con disgusto.

—¿Eres imbécil? —gritó—. ¡No sabes lo que dan por ellas, deberías pagar tú por esto!

—Ah, ¿de verdad? Lo lamento —contestó Sarwan, desganado, desde el árbol—. No tenía idea.

—Claro, qué vas a tener tú. Deja de vagar y enlístate en la guardia del rey o aprende algún oficio útil —escupió el cazarrecompensas, para luego marcharse por donde había venido—. Que lo lamenta, desgraciado…

Así, Sarwan había vuelto a quedar solo para terminar con su siesta. Pero ya se la habían arruinado. Entre Aruni, las hadas y los cazadores gordos, la tarde había perdido su gracia. O peor que eso. Porque la irritación que ahora sentía era cada vez mayor. Y, para sumar molestias, desde hacía días se sentía observado.

«Basta de imaginar cosas. Tanto bosque me está dañando».

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