Última danza (Reto Tahisiano - Agosto)

AruniEstaba atrapada, atada por aquellas palabras al círculo trazado con sangre sobre la arena. El frío de la madrugada en pleno desierto la había impresionado, pero no tanto como la sed que brillaba en los ojos del hechicero y sus aprendices cuando la convocaron. La oscuridad del conjuro intentaba cegarla, la densidad del aire era asfixiante y, sin darse cuenta, ella sola ya había levantado un remolino de fuego que se perdía en las alturas. Con todo, seguía presa de quien fuese que la había llamado.

El mayor de todos, un humano rodeado de un aura tan pesada que era imposible de ignorar, le hablaba a gritos, sin cesar. Repetía palabras inconexas, una y otra vez. Y Aruni sacudió la cabeza, desesperada. Chilló en su propia lengua. Lo único que logró fue entusiasmar más a los otros humanos del círculo, que la observaban como si se la fuesen a devorar.

Ella hubiese querido avisarles que ya tenían su atención, que no necesitaban seguir molestándose con demostraciones. ¿Qué favor querían pedirle? ¿De qué falta contra la naturaleza querían hacerla cómplice? Pero no sabía nada sobre el lenguaje de los humanos. Apenas sabía comunicarse con las salamandras de los niveles superiores, que la llenaban de órdenes y de prohibiciones de acercarse a los límites de aquella dimensión. A una elemental tan joven como ella, la curiosidad la había puesto en una situación de la que no podría salir.

Entonces, se le ocurrió apostar por utilizar la energía del lugar. Kidara era un terreno tan castigado que latía con magia propia. Tal vez ni ella misma saliese intacta de aquello, pero comenzaba a sentir que aquel hechicero no estaba interesado en lograr su cooperación por las buenas. Destruir, escapar y luego enfrentar el castigo de no ascender jamás. O morir allí, para que su esencia fuese repartida entre aquellos humanos de ojos aterradores.

Al momento de hacer su elección, un sonido de afuera del círculo la interrumpió. Fue una voz poderosa que se metió en sus pensamientos y hubiera sido la causa de que su resistencia se rompiese, de no ser porque tuvo el mismo efecto sorpresa en su captor.

—¡Basta!

Era el grito de un humano, un joven que acababa de encontrarse con la escena del ritual y no parecía contento. La confusión del hechicero fue palpable, porque empezó a hablar en un tono mucho más calmado, aunque pareció tener problemas para enhebrar lo que decía. Y Aruni sintió que envidiaba aquella capacidad de comprensión entre ellos. Hubiese dado lo que fuese por saber qué acababa de decir aquel chico.

El mayor perdió su concentración, los demás hambrientos parpadearon, sin el brillo extraño en sus miradas, y las amarras invisibles que la mantenían allí se hicieron débiles. Al demonio con las palabras. Eso fue suficiente para ella.

Lo que siguió a aquello fue más que obvio: convertir en una bola de fuego al humano que osaba meterse con una salamandra de nivel ejecutor era lo menos que podía esperarse. Aunque, del resto, se encargó el otro joven. Aruni había caído en la cuenta de que iba a perder todo lo que había logrado con aquella falta. Los elementales no estaban para hacer daño a ningún ser que poblase la tierra. Aunque las reglas no estuviesen hechas para casos excepcionales como aquél.

Igual, podía ser que nadie supiese lo de aquella noche y ella ascendiese para ayudar a cambiar del todo aquellas reglas estúpidas.

Se dio cuenta, en ese instante, de que el chico era el único que quedaba con vida en semejante escenario. Aparte de ella. Y le hablaba, desesperado. Aruni lo observó, fascinada. No entendía uno solo de los sonidos que él emitía, pero sabía que lo había asaltado el mismo arrepentimiento por lo que acababa de ocurrir. Con la diferencia de que ahora venían más. Y podían elegir no seguir metiéndose en líos.

Él perdió la paciencia y dejó de hablarle, para alzar las manos y taparse el rostro, al borde del llanto. Aruni sintió que la invadía la ternura. Y se juró que algún día le agradecería el favor, como era debido. Antes de que una horda de humanos llegase hasta ellos, en medio de aquella noche que volvía a ser oscura y fría, alzó un dedo y los transportó a ambos lejos de allí.

Dejó al muchacho en las cercanías de un huerto familiar, en un pueblo al otro lado de la frontera. Ella volvió a su dimensión, dispuesta a no acercarse a los límites de nuevo.

No pudo ser. Las altas esferas saben todo lo que se necesita saber. Más cuando se trata de asuntos tan delicados que pueden perjudicar o beneficiar a ambos mundos. Y así, Aruni se vio relegada a tratar con los asuntos de los elementales que vivían en la tierra de los humanos, incluso de aquellos que osaban mezclarse con ellos al punto de engendrar híbridos.

Aprendió sobre las palabras, el poder que puede lograrse a través de ellas. Recordó la última que el mago maldito había pronunciado para eliminarla y robarle su energía. La usó para dar nombre a la ciudad refugio que levantó para que fuera su base. Y supo sobre los cazadores. Seres despreciables, que tomaban a todo el que fuese diferente, que tuviese una pizca de sobrenatural en su sangre y la exprimían con el fin de convertir ese mundo en algo plano, apagado, seco.

Se convirtió en la alcaldesa de una ciudad en la que los cazadores entraban, buscando presas para convertir en pesadas bolsas de monedas, y ya no salían. Cada vez que veía llegar a un mago de ojos inquietos, temía ver de nuevo a aquel chico. Esperaba no volver a encontrarlo, no así. Porque las palabras ya no surtían efecto en ella y, si las escuchaba, no eran más que la música bonita del preludio a los gritos y las súplicas, las maldiciones, que luego se derretían junto con la carne. Podían brillar hasta morir. Podían llenarse de gloria por un momento, si querían. Los suyos estarían a salvo mientras ella mandase allí.

Un día, uno de sus sirvientes llegó con una descripción de lo más extraña sobre un grupo de tres forasteros. Lo envió a darles la bienvenida, como siempre hacían con los caminantes desprevenidos, mientras ella se escondía como bailarina en el palacio dorado del centro. La ciudad entera los observó, como un solo ojo. Sintió que era valuada en oro y sus habitantes eran tasados como piezas a ser vendidas. Los que habían cruzado las puertas de Refulgens eran cazadores. Aruni ya había perdido la cuenta de todos los que había eliminado hasta el momento.

Cuando los extraños se sentaron a cenar en el palacio, cansados de andar y con los ojos llenos de admiración por las piedras y metales preciosos que cubrían los objetos, la música comenzó a sonar. El conjuro cubría a los silfos de la orquesta, para convertirlos en humanos ante los invitados. Las hadas que abrieron el baile no llamaron la atención más que por el movimiento de sus caderas. La comida llena de hierbas somníferas no haría efecto hasta entrada la noche. Y Aruni se divertiría, sacando información de distintos objetivos, tomando hasta la última idea sobre los planes del rey para acabar con los suyos, hasta que ya no les fuesen útiles.

O eso pensaba. Porque al ingresar al salón, vestida con su mejor traje y sus joyas, se dio con el mismo chico del desierto. Y se dio cuenta de que sí lo había estado esperando todo ese tiempo. Él estaría allí, tarde o temprano, con esos ojos amarillos como el sol y ese cabello oscuro, tan alto como lo recordaba, —en realidad más, pero manteniendo las proporciones con ella—. Habían pasado los años. Los dos habían crecido, hasta convertirse en la presa que el otro cazaba. ¿Él la habría estado buscando también? ¿Por qué no parecía reconocerla?

La percusión en los tambores le indicó que era el momento de salir a escena. Inspiró hondo, con un cosquilleo en todo el cuerpo por la anticipación. Tenía una deuda con aquel muchacho convertido en hombre. ¿Qué haría con el cazador? ¿Sería parte indivisible de su persona?

Aruni comenzó a moverse, al ritmo ondulante de las flautas, y se dejó llevar por la melodía. Sintió la atención de su nueva presa, que no le quitó la vista de encima en todo lo que duró el primer acto. Podía darse un último gusto, bailar para él una sola vez, luego decidir en qué celda lo encerraría para interrogarlo. Porque podría escucharlo hablar, por fin, y responderle.

¿Qué haría con su papel de ejecutora? ¿Era tan malo haberlo esperado, como ilusa?

Entonces pasaron las canciones, los platos llenos de comida envenenada y los jarrones de bebidas. Los acompañantes del cazador se durmieron, él debió notar que algo no estaba bien, porque se levantó e intentó marcharse con ellos a rastras. Aruni hizo una seña a sus ayudantes, las puertas del palacio se cerraron, las ventanas fueron bloqueadas.

¿Qué haría con la alegría que la había invadido de solo verlo?

Él avanzó hacia las escaleras, nervioso, y fue rodeado en silencio por los demás asistentes de la cena. Entonces, la miró. Por un momento, pareció darse cuenta de que no era la primera vez que se encontraban. Aruni sonrió, dividida entre el deseo de venganza y otro deseo, desconocido, intenso.

—Iba a mantenerlos aquí hasta mañana al mediodía, que es mi hora de mayor poder pero, en fin. Bienvenidos a Refulgens, cazadores.




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Relato escrito para el desafío de Edith Tahis Stone con el bloque C, de canciones.

La canción es Dernière danse de Indila. La letra y el video me recordaron a la inocencia y el poder destructivo que viven a la vez en Aruni. Ella es un personaje de Refulgens, la mini novela de fantasía y aventura que estoy re-escribiendo.

Comentarios

  1. ¡Ohhh! Me ha encantado el rollo cazadores y ella con esas ganas de encontrar al chico. Me ha sorprendido ese momento en el que se ven y él no la reconoce. :)

    ¡Un saludo y muy buen texto!

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    1. No había hecho nada con el punto de vista de Aruni hasta ahora, me gustó ver las cosas del otro lado y me alegra que pudiera leerse y entenderse bien.
      Gracias por leer ♥

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  2. ¡Que maravilla el relato! He quedado enamorada de Aruni. Me encantó <3

    ¡Un abrazo!

    Bye!

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado, esta historia es de las que escribí con más cariño.
      ¡Saludos!

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  3. Aruniii *___* Le tengo tanto cariño a Refulgens que me emocioné mucho cuando lo vi. Además, que gracias al reto, te hayas inspirado para escribir esto, ufs... Me ha alegrado mucho. Respecto al relato en sí, me encantó ese momento en el que él no la reconoce pero ella a él sí, jajajajaja. Toda la historia es un amor, pobre Aruni lo que le hicieron :( Y se nota la influencia de la canción de Indila que tiene ese toque como de música árabe.

    Me he quedado con ganas de más jajajaja, estoy siguiendo la novela en Wattpad para leerla de nuevo :D

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    1. ¡Gracias por recordar mi historia! Nunca me había puesto en el lugar de Aruni al escribir, ha sido la primera vez, y al pensar en lo que vivió me dio bastante penita. Me alegra cómo terminan ella y Sarwan ♥
      Y gracias por seguir la novela en wattpad, vi que habías votado por allá.
      ¡Besos!

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