Refulgens - Once: Nuevas reglas

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Nirali volvió al cobertizo con la bolsa de monedas, para hallar los restos de una pelea entre Deval y Sarwan. El desorden en el suelo era peor que antes, los destrozos en techo y paredes se habían multiplicado y ambos guerreros estaban en silencio, sin mirarse. Su maestro tenía un ojo hinchado. Al extranjero le sangraba el labio inferior.

—Muy bien. ¿Ya se han puesto al día? —expresó la joven, a modo de saludo. El más alto se adelantó para tomar el dinero, que ella escondió en su espalda con rapidez—. No.

Él la observó, sorprendido.

—¿Qué bicho te ha…?
—Desde ahora, las cosas se harán de otra manera —aclaró, tratando de que no se le notara el terror de quedar sola en el camino por cambiar las cosas—. No he recibido suficiente de ti como mentor para que merezcas estas monedas.

Sarwan jadeó, incrédulo. Se llevó las manos a la cabeza, se echó el cabello hacia atrás y cerró los ojos, como buscando algún resto de paciencia.
La risita de Deval, que no se molestó en fingir que no los oía, solo empeoró las dudas de Nirali.

—¿Qué vas a hacer? —la increpó su maestro, más cansado que molesto—. ¿Regresarás a tu pueblo?
—No.
—¿Aceptarás casarte con ese vejete del Consejo?

La muchacha sintió que algo se oprimía en su estómago al pensar en la gente que había quedado en Suhri.

—Si al menos hubieses escuchado algo de lo que te conté en estos meses —le reprochó, con una sensación agria en la garganta amenazando con dejarla en evidencia, como la llorona que Deval decía que era—. No pienso volver. No ha cambiado nada en nuestro trato. Solo que, esta vez, yo administraré este dinero.

Dicho esto, dio un suspiro entrecortado por los nervios y aguardó a que estallara el lugar. Por algunos segundos, él había quedado boquiabierto. Lo había pillado desprevenido, eso seguro. Así y todo, pareció asimilarlo con rapidez.
Nirali tampoco se lo esperaba. Lo había hecho. Había cambiado las condiciones del acuerdo que tenían y él no había reaccionado indignado. Ni siquiera parecía enojado. Ella sabía que era un mal perdedor. Incluso el extranjero había dejado de burlarse, para concentrar su atención en la posible respuesta de Sarwan.

«Vamos. Di algo. Estoy lista para renegociar, ceder la mitad de las monedas, o regalarte todo y correr para buscar a Lamms y su carreta».

Sin embargo, los ojos del hechicero volvieron a estar fijos en ella y no estaban echando chispas de furia, como cuando perdía con las cartas. Tampoco tenían aquel aspecto arrogante y siniestro del que sabe que puede contra un rival, que él había dedicado a cada uno de los competidores que habían intentado robarle una presa. Eran diferentes.

«No me hagas esto. No me mires así».

La joven volvió a sentir aquel hormigueo desconocido en sus entrañas cuando se dio cuenta de que lo que había en esa expresión era el brillo del desafío. Sarwan le estaba sonriendo de una forma extraña, como si hubiera descubierto que ella tenía una buena mano, pero el juego todavía estuviese por la mitad. Un calor agradable la invadió. Por primera vez, se sentía de igual a igual con él. Envalentonada, abrió la bolsa y sacó una parte del contenido para entregárselo, a modo de adelanto.

—Toma esto, para empezar. Tú eliges el almuerzo de hoy.

El ambiente enrarecido se disipó, con un carraspeo del tercer ocupante del cobertizo. Al momento, su maestro desvió la mirada y Nirali sintió que regresaba a la realidad.

—Mis conocimientos ya no te servirán —admitió el hechicero, como si el peso del metal en sus manos hubiese hecho mella en su conciencia—. Al menos no como medio de vida, Nirali. Será mejor que regreses.

Aquellas palabras fueron el final de la paciencia de la aprendiz.

—¿Por qué? —preguntó, en un tono que presagiaba que el momento de los reclamos había llegado—. Tú fuiste quien me ilusionó, quien me dijo que era buena en esto. ¡Ahora sé que fue una mentira, que lo único que deseabas era poner tus manos en estas monedas!

Vio que él retrocedía, como si aquella sospecha fuese algo que no esperaba y no se hubiese dado cuenta de todos los meses que ella la había llevado consigo.

—¿Una mentira? —resopló, indignado—. ¿Crees que te mentí con eso, Nirali?
—Eso ya no importa. Estoy consciente de que acepté cualquier cosa con tal de huir de mi destino y que mis padres cumplieron mis caprichos por ser la hija menor. Pero nadie me quita el derecho a seguir este camino.

Deval, que no había perdido una palabra de lo que decían, se interpuso entre los dos.

—¿Cómo pudiste? —murmuró, atónito—. Has acabado con el honor de una muchacha solo por obtener dinero de su familia, ¡eres despreciable!
—Yo lo quise así —intervino Nirali—. Mis padres tampoco querían entregarme a mi prometido, fue beneficioso para todos en ese entonces. Sin embargo, ahora las cosas cambiaron. He leído tantos libros, he visto tanto del mundo, no quiero conformarme. Quiero aprender contigo, de verdad. Todo lo que sea posible.

«No me rechaces, por favor. No me abandones.»

Nunca había dicho tanto, nunca había sido tan sincera. Y a pesar de la dureza de las palabras que estaba diciendo, un enorme peso la abandonó en el proceso. No quería dejar a Sarwan. No podía imaginarse sin él en el futuro y saber eso la asustó. Era consciente de que los lazos que la unían a su maestro estaban volviéndose más fuertes, sin embargo no imaginaba que fuese para tanto. La impresión la hizo perder el hilo de la discusión.

«¿Y ahora qué me está ocurriendo?»

—Supongamos que yo te mentí sobre tu aptitud natural para manejar el fuego —siguió Sarwan, llamando su atención—. ¿Por qué la salamandra te aceptaría?
—Eh… —titubeó, nerviosa—. Me hiciste cuidar la llama durante…
—Eso no es suficiente, niña —insistió él, enojado y sin saber lo mucho que hería a su alumna que la llamase así—. ¿Piensas que cualquiera que pueda mantener una llama encendida obtendrá los poderes de un elemental? ¿Por qué crees que mi maestro organizaba esos rituales espantosos en el desierto para los soldados comunes? Si hubiera sido tan simple, esto ni siquiera hubiera sucedido.
—¿Entonces de verdad puedo hacerlo? —preguntó ella, emocionada.

«¿Eso quiere decir que sí viste algo especial en mí?»

Con eso, tocó el límite del entusiasmo. Entonces notó que él comenzaba a dudar. Y no era para menos. Antes de caer en la decepción, la muchacha trató de recordar que las palabras de la salamandra habían sido muy serias, no valía la pena.

—Sí, pero ya no tiene caso —contestó él, cauto—. Lo mejor es que olvides todo lo que hemos vivido y te dediques a tener una vida normal, Ni. Todavía puedes hacerlo.
—¡No quiero! —exclamó la joven—. ¡Eres mi maestro, tienes que enseñarme! ¿Qué haré con esto en mi interior?

Incluso fue testigo de cómo el otro hechicero parecía ponerse de su lado.

—No puedes dejarla con eso, va a achicharrarse a la primera oportunidad —fue todo lo que Deval dijo en su favor.

«Oh, cuidado. No vayas a agotar tu reserva de amabilidad teniendo un poco más de confianza en mí» pensó Nirali, con sorna, y trató de ignorarlo.

—Sarwan, sé que ahora me veo como una niña ansiosa pidiendo permiso para salir a jugar —concedió—. Pero admite que tú también quieres divertirte un poco más. Solo será un poco.

Él se quedó pensativo por un par de minutos que le resultaron eternos a la muchacha. Entonces, el gruñido del estómago del avergonzado Deval le quitó tensión al ambiente. Sarwan palpó las monedas que ya había guardado en la faltriquera de su cintura, serio, antes de dirigirse a ella.

—Tomemos nuestras cosas. Comamos algo primero. Luego hablaremos.

◊ ‡ ◊

Luego de atiborrarse de las especialidades locales en uno de los puestos de la feria y de que Deval no permitiese que nadie pagase por lo que él había comido, los tres se dedicaron a caminar sin rumbo por las calles de Darshan. Para ese momento, ninguno de los tres estaba allí en la primera versión de aquel día. Se habían encontrado en el camino, cuando el sol dejaba de dar directo sobre sus cabezas para proyectar sombras pequeñas sobre la tierra apisonada.

—¿De verdad que el viejo Lamms no recordó nada sobre haberme visto el día de ayer?
—No, Sarwan. Y ya viste que la carta seguía entre mis cosas, como si nunca te la hubiera dado para que se la entregaras la primera vez. Tampoco le extrañó tener la bolsa de monedas, ni dijo nada sobre las que te dio antes.

Bordearon la plaza principal, evitando el sector del mercado en el que se mostraban hileras de jaulas donde aguardaban algunos seres sobrenaturales a ser transportados por los carruajes de la guardia del rey. La mayoría eran gnomos pequeños o muy ancianos, sacados de un bosque que quedaba al oeste, cerca de las montañas. Los cazadores que los habían atrapado custodiaban a sus presas, atentos al momento de cobrar por ellas.
Ninguno de los tres mencionó el asunto.

—Eso explica por qué ya no las tengo —refunfuñó Sarwan, volviendo al tema de las monedas—. Es lo que me temía. Aquella loca ha hecho lo mismo de la otra vez, aunque no entiendo cómo se las ha arreglado para retroceder un día entero.
—¿Crees que las de su nivel sean tan poderosas como para controlar al sol? —intervino Deval.
—¿No sería un poco excesivo?
—Entre eso, y pensar que es capaz de borrar la memoria de toda esta gente…
—Lo de borrar memorias ya lo ha hecho antes. No me extrañaría que ahora pudiese hacerlo mejor. La expresión «grabado a fuego en la mente» podría ser más literal de lo que imaginamos.
—Lo que yo temo es que esté reservándonos alguna tortura extra —murmuró el extranjero—. No creo que sea la última vez que la veamos.
—En realidad, parecía interesada en ti, Sarwan —añadió Nirali, angustiada.
—Ni te atrevas a insinuarlo —respondió el hechicero, con una ligera vacilación en el tono de su voz.

El día transcurrió con más tensión, más incertidumbre. Era cierto eso de que habían vuelto a cero. Los habitantes del pueblo no los reconocían como los respetados cazadores de fenómenos que habían sido. Las mujeres que se le habían ofrecido en bandeja al mayor la vez anterior, ahora pasaban a su lado sin mirarlo.

Esa noche, los tres devoraron un puerco asado en una posada pequeña de las afueras. Mientras terminaban de comer, bebieron lo que quedaba de sus jarras de taj.

—¿Saben? Aquí hay algo extraño —confesó Deval, rompiendo el silencio con el que habían arrasado sus platos—. Yo no debí haber aparecido con ustedes en el establo.
—¿Recién ahora te das cuenta? —ironizó Sarwan, con la boca llena.
—A ustedes los devolvió intactos, pero a mí debería haberme dejado aquí —continuó el rubio, ignorándolo—. Los estuve siguiendo los días anteriores, y la última mañana tuve un inconveniente con la dueña de esta posada. Sin embargo, la anciana no da muestras de saber quién soy. Y debería recordarme. Me echó de muy mal modo.

La muchacha enarcó las cejas, sorprendida. El otro hechicero se levantó y golpeó con sus palmas la superficie de la mesa.

—¿Nos estuviste siguiendo, idiota?
—¿Nos espiaste mientras viajábamos? —inquirió ella, enfurecida—. ¿Incluso cuando nos turnábamos para bañarnos en el río?

El bochorno que asaltó al joven lo hizo enrojecer hasta las orejas.

—¡Claro que no! —se defendió ante ella, señalando al tercer ocupante de la mesa—. ¡Tengo principios, no soy como él!
—¡Yo no voy por ahí espiando a nadie!

El ruidoso ambiente del lugar había cambiado, para darles el protagonismo a la posibilidad de un enfrentamiento y a las ganas de intervenir de algunos desconocidos. La anciana detrás de la barra continuó impasible, secando una jarra de latón con un trapo de dudosa higiene.

—Bueno, ya basta —los interrumpió Nirali, tironeando del brazo de su maestro para que volviese a sentarse—. ¿Qué ocurre con la ancianita?
—Mírenla. Está allí y no hace más que ignorarnos.
—¿Nos has traído para ver si la vieja se acordaba de ti?
—Y no se acuerda.

La joven se dio cuenta de que el gesto de confusión en el antiguo compañero de aventuras de su mentor se debía a que no sabía si alegrarse o sentirse ofendido. Reprimió una carcajada, sin mucho éxito, y levantó su bebida.

—Brindo por eso. Por los nuevos comienzos —lo alentó—. Ya quisiera tener uno de estos cada tanto. Me pediría uno para eliminar a los viejos del Consejo, aunque no sé si debería remontarme a los inicios de este mundo.

Entrechocaron sus jarras y bebieron, con lo que los otros clientes del local perdieron el interés en ellos y regresaron las múltiples conversaciones, el griterío, las canciones y los murmullos.

—Es como si los premios y los problemas hubiesen sido borrados —continuó reflexionando él—. ¿Y si nos da la oportunidad de volver a vivir esos días, sin equivocarnos?
—No deberías confiar tanto —advirtió Sarwan.
—Pero es cierto. Ella dijo que se sentía en deuda contigo. No sabemos si nos está haciendo un favor, en lugar de darnos un castigo.
—Tampoco estamos seguros de si nos observa para juzgarnos después.

El pesimismo del mayor del grupo parecía teñido de amargura y rencor. Y a su alumna le dolió darse cuenta de que llevaba a aquella extraña mujer enterrada en algún rincón de su mente desde hacía tiempo.

«Basta, Nirali. No tienes tiempo de ponerte a pensar tonterías» se regañó, en silencio, mientras los otros dos seguían la conversación. Lo bueno fue que no tuvieron más energías para seguir peleando entre ellos. Habían hecho una pequeña tregua, hasta que él decidiera si continuaría siendo su maestro.

—Sea lo que sea, debemos tener mucho cuidado con Aruni de ahora en más. Por lo que recuerdo…
—¿Y qué es lo que vamos a hacer? —preguntó la muchacha, desesperada por cambiar de tema.
—No sé ustedes, pero yo voy a quedarme —murmuró Deval—. Haré el mismo recorrido de la primera vez. Si llego a recordar la ubicación del portal invisible hacia Refulgens, lo reportaré al palacio real.

Nadie se opuso a la idea, más que nada porque estaban seguros de que jamás volverían a tener al alcance algún dato relacionado a la ciudad refugio.

—¿Y si no lo encuentras?
—Ni idea. Ni siquiera sé qué rumbo tomar desde aquí —reconoció, con expresión de verdadero agotamiento—. No soy solo un cazador. Soy un maestro de cazadores en la capital. Si esa tal Aruni se entera de lo que hago, mis alumnos pueden caer conmigo.

Al escucharlo, Sarwan soltó sin querer su cuchillo y Nirali se atragantó con el taj que estaba bebiendo.

«Qué extraño» se dijo, admirada. «No tenía pinta de maestro. Al menos no soy la única que debe tomar una decisión por temor a perjudicar a otros con esto».

—Pues enséñales a ser amigos de los elementales —sugirió el guerrero a su lado, volviendo a los restos en su plato.
—¿Y caer preso con los soldados del rey?
—¿Qué es peor, el rey o esa loca?
—Brindemos por las elecciones difíciles.

Más tarde, cuando ya quedaba muy poco para gastar del dinero de Sarwan, los tres pasaron por la Calle de las Luces. Los bares y burdeles seguían allí, iguales a como los habían visto la última vez.

—Oh, allí fue donde nos arrojaron esos matones cuando perdiste el juego esa noche —se quejó Nirali al pasar por el frente del último bar.

No terminó de decirlo y ya se había arrepentido, al ver la chispa que se había encendido en los ojos claros de su mentor.

—Sé que fue anterior, pero se me acaba de ocurrir —susurró, tan cerca de ella que la dejó aturdida y con el corazón a mil—. ¿Se acordarán de nosotros?
—No sé ellos, pero a mí todavía me duele la espalda de solo pensarlo —contestó la chica, tratando de disimular que se había sonrojado.
—Esos malditos, me quitaron mi dinero con trampas —recordó él, entre dientes—. Y el cantinero estaba metido en eso, te lo aseguro.

Deval, que ya se había pasado con el alcohol, soltó una risotada que se llevó la atención del hechicero más alto y liberó a la muchacha de las mariposas que habían asaltado su estómago.

—¿Te dejaste apalear por simples pueblerinos? Has perdido tu toque.
—¡Claro que no! Aunque parezcan aficionados, no lo son. De solo saber que están ahí adentro, jugando la misma partida fraudulenta, me hierven las pelo…

La joven tuvo que interrumpir la conversación entre los dos borrachos, antes de que siguieran con las palabrotas y comenzaran a competir por ver quién era el más grosero, o el que hacía más estupideces.

—Sí, sí. Alguien más tendrá que entrar a buscar al que pierda. Al menos sé que no volveré a pasar por eso —comentó, aliviada, antes de darse cuenta de que la habían dejado sola—. ¿Oigan? ¿Chicos? ¿Dónde se metieron? —Tuvo que reprimir un grito cuando vio que los dos habían entrado, aprovechando el desconocimiento del tabernero—. Ah, no. ¡Me niego a participar de esto otra vez!
—Puedes esperar aquí, si lo deseas —ofreció el rubio, con un guiño—. Nosotros vamos a salir bien cargados. Cuando nos veas venir, más te vale que corras porque no vamos a detenernos.

Y se marchó, sin esperar respuesta. Ella seguía sin entender qué había pasado allí. Esos dos parecían muy habituados a esas cosas, a pesar de que no se habían visto en años.

—Son tan desconsiderados. Hace frío —murmuró, con cuidado de que nadie la oyera, y se subió la capucha negra para confundirse entre los bebedores—. Bueno, un trago más no me vendrá mal para calentarme los huesos.

Así fue como entró, esperando revivir la escena decadente de la otra noche. Solo que, en esta oportunidad, al salir despedidos del local los perdedores los persiguieron a gritos y sin poder alcanzarlos.
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Comentarios

  1. ¡Wooo! ¡Eso si es un capitulazo! Y eso que no he leído los anteriores,pero en cuanto tenga más ratito me los leeré.

    ¡un saludooo!

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