Refulgens: Nueve - Condena

Condena
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—Vamos, abajo —ordenó Aruni, desde afuera del carro.

A su lado estaba Jadir, el anciano que había fingido ser el alcalde del pueblo el día anterior. Esta vez se revelaba como lo que era, una especie de sirviente que mantenía bajo control a las aves de fuego y ni siquiera los miraba a ellos. Toda la amabilidad del día anterior había pasado al olvido.

Nirali fue la primera en salir, seguida de Deval, que había pasado medio viaje inconsciente. Los dos corrieron hacia unos arbustos, para aliviar la última cuota de dignidad que sus vejigas les habían concedido. Sarwan no se movió de su rincón en la jaula.


—Eras tú, todo este tiempo —dijo al enfrentarla, con los ojos encendidos de furia—. Debí darme cuenta antes, ese gesto de mofa eterna es inconfundible.

La salamandra se había propuesto avanzar hacia el carro, pero al oírlo sus pasos se detuvieron y su rostro delató la sorpresa. De inmediato se repuso y exhaló, con una sonrisa, el aire que había retenido por un segundo. En ese estadio de su desarrollo su cuerpo no era tan distinto al de los seres humanos, al fin y al cabo. No en lo referente a necesidades y mantenimiento general.

—¡Bien hecho! —lo felicitó, encantada—. Hasta que por fin me recuerdas, cazador. Me tomaste con la guardia baja, lo reconozco.—Entonces volvió a ponerse seria—. Ahora baja, no hagas que te obligue.

El hechicero rechinó los dientes, pero hizo lo que le decían. No iba a pasar sus últimos momentos convertido en una bolsa de patatas que su discípula tuviera que cargar. Era un consuelo para él saber que, al menos, esta vez sí tendría un final más o menos digno de un guerrero.

***

Los otros dos prisioneros habían vuelto y observaban la escena cada vez más sorprendidos.

—¿Con ésta también se conoce? —susurró indignada la chica—. ¿Cómo es que donde sea que vayamos haya alguien queriendo asesinarnos por su culpa?

—No me dejas escuchar —respondió el rubio con brusquedad y sin dejar de prestar atención a la otra conversación—. Algo huele mal.

La joven elevó el mentón y aspiró con fuerza, pero lo único que sintió fue el aroma dulzón que desprendía la combustión de las dos aves que en ese momento se retiraban comandadas por Jadir.

—Yo no huelo na… Ah, sí, sí —murmuró apenas entendió lo que Deval había querido decir—. Silencio. No es que no sepa escuchar, no tienes por qué decirlo así. Con que lo pidas con amabili…

—¡Silencio! —siseó, exasperado—. ¿Así te parece mejor?

—Te faltó el «por fav...» —continuó ella, pero se interrumpió cuando una idea surgió y la hizo tensarse.

Estaban fuera de la ciudad. El sirviente se había marchado, lo mismo que cualquier otro rastro de sobrenaturales a la vista. Habían quedado ellos con la salamandra, en pleno monte y lejos de la plantación donde cayeron la tarde anterior. A solas, en medio del verde y con el horizonte limpio de edificios hasta donde la vista pudiese alcanzar.

«Somos tres contra uno» se dijo, esperanzada de pronto.

Miró de reojo a su compañero en desgracia más cercano, intentando alguna coordinación con él. La respuesta fue una desesperada negativa silenciosa. Entonces comprendió la gravedad de la situación.

«Es cierto. Si aquella mujer necesitara de alguien más para contenernos, no hubiéramos sido atrapados en un principio.»

***

—No tienes idea de lo que deseé tener esta oportunidad, cazador —dijo la salamandra—. Ustedes podrían haber caído en cualquiera de las ciudades refugio, pero vinieron a la mía. Los dos discípulos del mago maldito que para terminar una guerra comenzó otra están en mis manos.

Deval dejó de ser simple espectador, para ingresar en la charla.

—¿«Mago maldito»? —la reprendió, con los nervios de punta—. ¿Cómo te atreves?

Ella hizo de cuenta que no lo había oído, en cambio mantuvo su concentración sobre el hechicero más alto.

—¿No vas a pedirme piedad por tus amigos? —preguntó, divertida—. ¿No vas a rogar que los libere y que arreglemos el asunto entre nosotros?

—¿Me harías caso si lo hago? —ironizó él—. ¿O solamente quieres divertirte a costa mía?

—Ah, nos conocemos bien. Claro que no haría ninguna diferencia, pero es que te he observado este último día y déjame decirte que te has vuelto aburrido. Aquella vez no eras así.

—Y tú no eras tan parlanchina. Será que todos cambiamos.

Nirali cada vez entendía menos. Las pocas piezas de información no eran suficientes, algo muy importante se le estaba escapando.

—En realidad, las palabras son un invento de los humanos —siguió la alcaldesa de Refulgens, mientras caminaba en semicírculo alrededor de sus tres invitados—. Un invento hermoso, lleno de una magia intrínseca muy difícil de vencer. En ese tiempo, no era capaz de dominarlas. Ahora ves que sí he podido lograrlo.

El guerrero rubio resopló, su paciencia ya se había evaporado hacía mucho. Sus últimas reservas se habían agotado con la parada para ir al baño, en la que había tenido que vigilar para que nadie viese a Nirali detrás de los arbustos. No era que Sarwan y la salamandra estuviesen muy interesados en espiarlos.

—Mierda, ya que puedes ponerte a conversar bien podrías liberarnos, ¿no crees?

Recién en ese momento ella cambió de interlocutor.

—Tú sí eres una presa más divertida —se regodeó, acercándose—. Dime, ¿qué se siente ser atrapado y humillado? ¿Has tenido tiempo de pensar en tus incontables víctimas?

—¿Cuáles víctimas, monstruo? —escupió Deval—. ¡Nosotros somos los héroes, representamos al Bien! Solo estamos cumpliendo la ley.

Al oírlo, ella aplaudió, admirada.

—¡Más palabras bonitas! El Bien, el Mal. Puras etiquetas creadas por ustedes para usarlas en contra de todo aquello que parezca diferente. Y en especial, aquella palabrita, «monstruo». Cuántos recuerdos, ¿no, Sarwan? Aquella última noche en el cuartel al norte de Daranis, ellos decían las mismas cosas.

—Un momento —reaccionó el extranjero, con desconfianza—. ¿De qué estás hablando?

Aruni no tuvo ningún inconveniente en seguir hablándole a quien estuviese dispuesto a escucharla.

—Supe que le habías atribuido a él la muerte del mago maldito —explicó—, pero déjame decirte que es demasiado mérito. Él solo cayó en el momento oportuno para liberarme. Con una palabra.

La expresión del más chico se volvió una máscara de duda. Estaban tocando un tema sensible.

—La masacre de esa noche…

—¿Nunca te preguntaste por qué habían dado por muerto a tu compañero con tanta facilidad y luego lo aceptaron como un cazarrecompensas surgido de la nada? Si hasta tú pudiste darte cuenta de que era la misma persona.

La única que seguía perdida con tanta información era Nirali. Ella seguía de pie junto al hechicero y tratando de mantener el ritmo, sin lograrlo.

—¿Pueden explicarme…?

—Sarwan —exclamó Deval enojándose—. ¿A qué se refiere con lo de «mago maldito»? ¿Por qué permites que se insulte así a Anjay, traidor?

Pero la salamandra no iba a dejar que las cosas quedasen así.

—Dime, extranjero —siguió, avanzando hacia él hasta que quedaron pocos centímetros entre ellos—, tú que estabas en el cuartel. ¿No escuchabas las explosiones durante las noches? ¿No veías los remolinos de tierra y viento, las grandes columnas de fuego que subían al cielo y luego se volvían humo? ¿Nunca te contaron sobre los lagos de sangre que desaparecían en el suelo arenoso?

El soldado no pudo más que reírse de lo que estaba escuchando. Era una risa nerviosa, una risa un par de tonos más aguda de lo normal para el tono de voz de su dueño.

—Esos… esos eran rumores sin sentido —respondió, incrédulo—. Sarwan, cállala, di que no era cierto.

—Lo lamento, Deval —murmuró el aludido, con la vista clavada en el suelo.

Pasó un buen rato, en el que ninguno de los dos encontró las palabras para expresar la magnitud de lo que estaban sintiendo. La cantidad de pensamientos contradictorios que pasaban por sus cabezas. En eso, Nirali quiso avanzar para ir junto a su maestro, pero Aruni se cruzó de brazos y fijó en ella su mirada oscura, con una muda advertencia. La muchacha desistió, aunque hizo su mejor esfuerzo por seguir con la frente en alto. Mientras tanto, el silencio en el que habían quedado los dos ex compañeros se rompió.

—¿Qué es lo que lamentas? —preguntó el más joven, con voz casi monocorde y los ojos muy abiertos, como si se hubiese perdido en memorias muy lejanas—. ¿Tú participabas de los sacrificios?

—¡Claro que no! —reaccionó Sarwan, ofendido—. ¡Lo supe esa noche! ¡Y no lo creí hasta que lo vi!

—Tampoco mataste con tus propias manos a Anjay, ¿o me equivoco?

—No. No te equivocas.

—Entonces, ¿por qué mierda te disculpas?

Hubiera sido una buena pregunta, de no ser porque el tono de cinismo con el que había sido pronunciada decía todo lo contrario. Deval necesitaba aquello. Era una escena irreal, humillante y carente de toda la profundidad que hacía falta en semejante situación. Pero era lo que había. El plan original del joven había sido arrancar ese pedido de perdón por otros medios. De preferencia, segundos antes de extirpar el corazón del culpable y arrojarlo a las bestias. Ahora, morirían ambos. Y partirían al Más Allá despojados de cualquier resto de honor, con el lastre de un alma inocente como la de aquella chica de pechos pequeños.

Deval también lo lamentaba, aunque no pudiera o no supiera cómo decirlo.

—Por… por todo —continuó Sarwan, perdido en su vergüenza y sin poder enfrentar a su alumna—. No solo por la forma en que ocurrieron las cosas. Creo que nunca debí…

—¡No! —gritó el hechicero, volviendo al estado inicial de negación—. ¡No puede ser! ¡Nosotros no fuimos los villanos, fueron los del otro reino!

Para horror de Nirali, el hechicero cruel y avasallante que la tarde anterior había aparecido en el camino de su maestro había desaparecido. Ahora quedaba aquel muchacho inseguro y empapado en lágrimas que caía de rodillas, justo a su lado.

Ella se agachó e intentó contenerlo. Él la rechazó a manotazos. La bailarina de pronto pareció decepcionada por el espectáculo.

—Ah, has pasado de divertido a escalofriante —expresó, como una niña cuyo juguete nuevo acababa de romperse—. Ya no me gustas. Pero miren, los otros dos, este desastre. ¿No es maravilloso el poder de las palabras?

—Eres de lo peor —murmuró la muchacha mientras se volvía a poner de pie, con serias dudas sobre si era peor mirar a la sobrenatural de frente o evitarla.

—Soy cosecha de los humanos, querida. En fin —canturreó—. Ahora que está todo aclarado, podemos cerrar nuestro asunto con tranquilidad.

Al oírla, Sarwan pareció despertar de su sesión de autocompasión para ir hacia los otros dos con rapidez.

—Estás un poco chalada, ¿lo sabías? —dijo a la salamandra, cuando pasaba a su lado.

—Sí. Pero soy buena en lo que hago y es lo que vale —reconoció la alcaldesa, con picardía—. Vamos a lo importante. Han sido condenados, como cazadores de sobrenaturales.

Los tres la miraron, cada uno con su propio nivel de entendimiento de lo que significaba aquello, cada uno con su propia cuota de indignación, confusión y vergüenza.

—¿En qué juicio? —inquirió Nirali, que tenía sus sentimientos más inclinados en dirección a la furia—. ¿Por cuál tribunal?

—En este acto y por mi autoridad —afirmó la otra, con peligrosa firmeza—. Es suficiente. Han probado ser instrumentos de una horrible injusticia, estando en pleno uso de sus cabezas y sus corazones. En resumen, lo han hecho a propósito. Y lo han disfrutado tanto como yo voy a disfrutar el castigarlos.

—¡Ya mátanos de una vez! —rogó Sarwan.

—Ah, eso sería demasiado fácil. No puedo darles a los discípulos del mago maldito un final tan rápido. Casi sería un consuelo, luego de que el extranjero y la chica plana recién se volvieran conscientes del sufrimiento que han causado. Les tengo reservado algo mucho mejor.

Nirali se quejó por haber sido llamada así, pero el hechicero mayor creyó entender. Y no le gustó nada.

—No. No puedes —siseó—. De nuevo, no.

—Los devolveré al camino —informó Aruni—, pero deberán mantenerse alejados de problemas. Les quitaré el peso de tener que ir por ahí asesinando a pobres seres inocentes…

—¡No! —desesperó él—. ¡Otra vez la nada, no!

—Y si llegan a poner un solo dedo sobre cualquier sobrenatural, iré por ustedes —siguió ella, como si no lo hubiese escuchado—. Entonces sabrán lo que es una verdadera cacería.

Deval no hizo acotaciones, parecía resignado. Para él, el mundo ya se había puesto de cabeza varias veces durante la conversación, y tantos giros de ciento ochenta grados lo habían dejado fuera de juego. Habían quedado algunas preguntas por hacer; sin embargo, ya no le interesaba saber más.

—No sé si sirve de algo pedirte disculpas ahora —volvió a intervenir Nirali, más apenada esta vez—. Yo realmente no tenía idea de lo que hacía. La condición que sea, la aceptamos, no hagas caso de lo que ellos digan ahora, están impactados.

—¡No! —insistió su maestro, enloquecido—. ¡Mátanos, acaba con nosotros ahora mismo! ¡Todo menos volver a cero otra vez!

La salamandra volvió a reírse con la situación.

—¡Es que no importa lo que digan! Sus destinos ahora me pertenecen. Los obligaré a entenderlo, a cambio de perdonar sus vidas. Es más de lo que cualquiera de los tres haría por los míos. Aunque una deuda —agregó para finalizar, mirando al que alguna vez la había salvado—, es una deuda.

Sin más preámbulos, alzó su dedo índice y dibujó un círculo en el aire con rapidez. Las lenguas de fuego envolvieron a los prisioneros sin tocarlos, llevándoselos de allí. Deval volvió en sí demasiado tarde. Nirali se sobresaltó, con un grito. Y Sarwan supo que su peor pesadilla había vuelto a comenzar.



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