Farya - Introducción: Bisagra

Arjan niño¿Cuáles son las probabilidades de que un día marque nuestras vidas? ¿Qué es lo que hace que una jornada «común» se convierta en la intersección hacia un futuro distinto del que imaginábamos? La mayoría de las veces, las personas no notan que están paradas sobre un momento importante, que la reacción más inocente frente a un acontecimiento luego se convierte en la raíz de sus errores y aciertos.

El caso de Arjan no es una excepción. Toda historia comienza en un día corriente.

—¡Tocado! —gritó al saltar sobre otro niño y señalarlo con una rama que hacía las veces de varita imaginaria.

El pequeño reaccionó replegándose y levantando el vuelo con un grito agudo de frustración que dejó confuso al resto.

—¡Neyen, respeta las reglas! —se oyó la voz de Ren, el profesor que los observaba junto a la fuente del centro del jardín—. ¡Ahora vuelve al punto de partida!

—¡No se vale, Arjan! ¡No tengo forma de esconderme en estos arbustos!

Hubiera sido un día cualquiera en el verano húmedo de la capital de Daranis. Corría el año 420 de la era del sol, eran tiempos de paz entre humanos y elementales y la región estaba prosperando desde el nuevo régimen.

Arjan Khan, de apenas diez años, corría por el jardín de casa junto a otros aprendices de magos. Algunos de sus compañeros eran salamandras, descendientes del ejército que dirigía Deval, su padre. Parecía un día de tantos para el pequeño, que daba saltos ágiles y se perdía entre los árboles, solo para ser delatado por el contraste de su cabellera rubia con el entorno de un profundo verde. Los pájaros huían lo más rápido que podían cuando se armaba el caos de risas, prácticas de vuelo y proyectiles de ramas.

—Vayan con más cuidado.

Su profesor, un joven moreno, desgarbado, alto y de paciencia infinita, los regañaba a todos con suavidad desde un banco de madera. Lo único que faltaba para completar la tarde era la lectura del libro de hechizos, con la correspondiente aplicación del último que habían aprendido, y el cierre con merienda abundante. Pero algo detuvo a Ren en medio de la lección.

La puerta principal había dado paso a los dueños de casa. Nirali, la madre del niño, no solía regresar a esas horas. Se trataba de una hechicera importante en el reino, tenía sus propios asuntos en las barracas de entrenamiento y no interrumpía sus obligaciones así como así. La mirada vidriosa que dedicó a su hijo no trajo un buen presentimiento al joven profesor. Pero la entrada súbita de Deval en la casa terminó de romper con la rutina.

—Son las cinco de la tar… —susurró uno de los niños, sorprendido al verlos pasar hacia la sala con paso rápido.

sello Shams—¡Una carta! —concluyó Arjan, con un brillo de esperanza en sus ojos marrones—. ¡Hay noticias de que mi hermano está cerca! ¡Tiene que ser eso!

Los pájaros apenas estaban regresando al patio de la enorme vivienda, cuando el pequeño salió corriendo detrás de sus padres y espantó a una bandada que se había posado sobre los restos de galletas que el grupo había dejado. Ren tuvo que hacer uso de toda su velocidad para interceptarlo en el camino.

—Espera a que te llamen si tienen algo que contarte, ¿sí? —sugirió, manteniendo la apariencia de tranquilidad—. ¡Oigan todos! ¿Qué les parece otro juego más? Dejamos el libro para mañana.

Los demás se entusiasmaron, haciendo cada uno su propia sugerencia a gritos, pero la expresión del más pequeño de los Khan mutó a una de desconfianza. La llegada de la correspondencia siempre era un acontecimiento, más si se trataba de una carta del hijo mayor de la familia, Roshan.

—Que jueguen los demás. Yo ya terminé, quiero irme.

No dio tiempo a réplica. Se escurrió entre las piernas del profesor para perderse de vista en el corredor que iba a las habitaciones. Faltaba poco para el regreso del primogénito, que había partido cuatro años antes para unirse como voluntario a la Orden de Shams y participar de la pacificación de la región desértica de Nadra. Arjan contaba los meses para volver a verlo. Su padre era un hechicero increíble, pero su hermano era su héroe. No imaginaba las anécdotas que podía llegar a contarle de aquella gente de costumbres tan extrañas y de sus guerras con genios del fuego tan terribles, que los soldados salamandra de Deval solían negar que existiesen.

Nirali, su madre, era una hechicera del fuego que había recorrido buena parte del país durante la revolución. Se trataba de una mujer que había visto toda clase de cosas y no era fácil de conmover. Por eso, cuando el pequeño entró en la sala donde ella estaba discutiendo con su esposo y la vio llorando, la imagen fue estremecedora. Arjan se detuvo con brusquedad apenas pasó por la puerta. Su sonrisa quedó desdibujada y sus ojos, fijos y bien abiertos. Temía lo peor.

—¿Cómo cree que voy a aceptar esto? —dijo entre dientes la mujer, arrojando un puñado de papeles arrugados sobre el escritorio de caoba que tenían junto a la biblioteca—. Yo misma iré a traerlo, de las orejas por todo el camino si es necesario.

Deval hizo ademán de tomar las hojas amarillentas, pero detuvo su mano y la llevó al bolsillo de la chaqueta de su uniforme azul. El pequeño lo miró, consternado y con el mismo ceño fruncido. Arjan era una miniatura de su padre, excepto que los ojos de un vivo castaño eran herencia de su madre.

—Déjame ir a mí —contestó el hechicero, y comenzó a pasearse con nerviosismo de un lado al otro de la sala, las manos aún en sus bolsillos—. Ese lugar está fuera de nuestra imaginación.

—Nunca debimos dejarlo marchar —continuó, pensativa, antes de notar la presencia del niño—. ¿Qué haces aquí, hijo? ¿Dónde está tu maestro?

—Como si negarnos lo hubiera detenido, Nirali. Ya era lo bastante mayor para…

El llamado de Ren llegó a oídos de los tres, pero ya era costumbre ignorar al amable profesor, tanto en adultos como en niños.

—Arjan, ve a jugar —insistió ella, para luego volver a concentrarse en Deval—. Yo iré al oasis. Tú no puedes dejar el país, menos para meterte en semejante lugar.

El pequeño retrocedió y desapareció más allá del marco de la puerta. Los llamados del maestro resonaron un poco más, hasta que los ruidos se hicieron más lejanos y el matrimonio volvió a quedar solo en su conversación.

—No lo entiendes, cariño. Hablé con un conocido hace un rato, él tiene contactos por la zona. Hay algo en la tierra de ese desierto, y no se compara con nuestro Kidara. La única forma de que los soldados de Shams sean liberados es que no sean útiles para Nadra o que, de corazón, no estén interesados en el asunto. El exterior no tiene influencia allí, ni con toda la magia del mundo podrás arrancar un soldado de primer nivel a la Orden.

Lo más atractivo en la propuesta de voluntariado para la Orden de Shams era su carácter de absoluta sinceridad. No se admitía a nadie que no quisiera estar entre los muros de la ciudad oasis. Aquellos colaboradores que una mañana se despertaran con ganas de marcharse, podían hacerlo. Las leyendas decían que el terreno tenía vida propia y no aceptaba más que a los que deseaban permanecer sobre él. En cambio, la opinión de los más incrédulos se decantaba por la cantidad de mujeres hermosas y la energía mágica disponible para quien quisiera tomarla, como las verdaderas razones de que el ejército de Shams fuese tan devoto en sus obligaciones. Sin embargo, una vez que un voluntario era aceptado como miembro de primer nivel, no volvía a poner un pie fuera de aquel lugar. Bajo pena de muerte.

—¿El exterior? ¿Cómo puedes hablar con tanta tranquilidad? ¡Entraré a ese lugar, entonces! ¡Me cago en el exterior! —Si en algo había marcado a Nirali el hecho de pasar tanto tiempo rodeada de soldados, era en el lenguaje que era capaz de usar—. ¡Me cargaré sus malditas puertas! ¡A mí nadie me dice que no puedo sacar a mi hijo! ¡Se suponía que era un voluntario por poco tiempo!

El general daraniense sintió de pronto que la habitación se hacía más oscura y el aire escaseaba. Abrió, en un impulso, la ventana que estaba a su lado y se apoyó en el marco para recibir el viento cálido. Su esposa le rodeó la cintura con los brazos, desde atrás, y apoyó la frente en su espalda. Se quedaron en silencio, pensativos, con las risas de los niños y las indicaciones de Ren a lo lejos.

La corriente se llevó con suavidad los papeles del escritorio sin que ellos lo notaran, para terminar arrastrándolos con pereza hacia el pasillo, donde el menor de la familia se había quedado sentado a escondidas. Antes de que el remolino terminase de dispersarlos, él los detuvo sin mucho esfuerzo.

Se trataba de dos hojas, una llevaba un montón de palabras extrañas en una caligrafía rebuscada. El sello de la Orden de Shams era lo único que el niño reconocía, por las cartas que antes solían llegar a la casa. Los nombramientos de soldados de primer nivel no estaban hechos para la comprensión de alguien de su edad, pero lo importante de la situación era bastante obvio a esas alturas para él. La segunda hoja, la más arrugada, traía la inconfundible letra de su hermano mayor. No había párrafos interminables, ni saludos para todos los personajes importantes del pueblo como en ocasiones anteriores. Apenas un renglón, sin explicaciones.

«Queridos mamá, papá, Arjan: Lo siento mucho. Los quiero.»

Algo se rompió en el corazón del niño al leer aquello. Un manto gigantesco cayó sobre su mente. La comprensión de todo lo que significaban esas pocas palabras era demasiado amplia, como si el mundo entero hubiese cambiado de color en un instante. De todas maneras, para él no tenía sentido preocuparse tanto. Se levantó, sacudió sus rodillas y tomó del suelo los papeles para entrar al despacho otra vez.

Sus padres parecieron despertar de un ensueño al verlo y se apartaron de la ventana.

Él los miró con seriedad y, antes de que alguno de ellos protestara por su ausencia en el patio con los demás, abolló la carta y el otro papel con sus manitos.

carta Roshan

—No se preocupen, papi, mami —declaró, con palabras tan cariñosas que, a pesar de todo, no podían contradecir a la determinación casi adulta en su rostro—. Yo lo traeré de vuelta.

Deval abrió la boca pero no pudo emitir sonido. Finalmente salió de la habitación, molesto por su propia impotencia. Nirali escuchó la promesa del niño y le acarició la cabeza, enternecida.

La firmeza en la mirada de Arjan no desapareció, tampoco su afirmación sobre el asunto cada vez que alguien mencionaba a Roshan Khan. Sus planes no cambiaron, ni siquiera cuando supo que el carro con los cazatalentos de la Orden de Shams ya no podría volver a ingresar a la ciudad por prohibición expresa de las autoridades.

Pasaron siete años. El chico encontró la manera de que los reclutantes pusieran su atención en él, en un camino de las afueras. Y dejó una carta a sus padres, casi con las mismas palabras de aquella promesa ingenua.



Cap. 1: Muy pronto >>>

Comentarios

  1. Impresionante, casi no puedo decir más. ¡Tengo ganas de seguir leyendo! Menuda introducción más... Vale, tendré que dejar mi fanatismo a un lado, pero ¡no puedo! Es genial, sencillamente genial. Arjan me cae muy bien, es encantador *O*

    Seguiré leyendo, claro que sí :D

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    Respuestas
    1. ¡Qué lindo que te haya gustado! Espero traer el segundo muy pronto, me puse con la edición de Refulgens también y quiero traer un capítulo de cada uno a la vez.

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