Dulzura

—¡Dulce, eres tan dulce! —solía decirme Mireya entre risas, mientras hacíamos la
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decoración de los pasteles en la tienda donde trabajábamos.

  Luego adornaba la punta de mi nariz con un poco de azúcar impalpable.
  Mi compañera era una persona especial, de esas que cuando pasaban por un lugar, la gente no podía evitar voltear a mirar. Además de sus ojos grises, su cabello castaño y una apariencia delicada, Mireya tenía un carácter tan volátil e irritante como la pimienta.
  La admiré desde el primer momento en que hablamos. Con sus conocimientos sobre cocina gourmet, vinos, música y su fluido francés, me había encandilado.
  Yo era tan plana, tan simple, que me creía insulsa a su lado. Por más que mi cabello rubio fuese más brillante, mis ojos más intensos y le sacara casi una cabeza de alto. Esa chica extraña y llena de ideas locas se había convertido en mi única amiga, en los meses que llevaba en esa enorme ciudad.
  Y me sentía plena con su compañía. Bueno, con la de ella y la de Julián.

***

  Sobrevivir en la capital fue difícil para una pueblerina como yo, que quería mucho pero sabía muy poco.
  En mi lugar natal era un torbellino. Los chicos me veían venir y abrían paso, las otras chicas me miraban muertas de envidia, los profesores me dedicaban sus elogios y las madres solían decirles a sus hijas que debían ser como yo. Entonces perdí la cabeza y me lancé a la ruta, con una enorme sed de éxito y un pequeñísimo fondo para gastos.
  A mis padres les dije la verdad: que los llamaría cuando supiera lo que iba a hacer. Como ya me conocían, no intentaron luchar contra mis deseos. Tal vez sabían lo que me esperaba. Porque, al llegar a la gran ciudad, me encontré con que era difícil que la gente se apartara para dejarme pasar. Nadie me miraba ni me elogiaba, más que los degenerados que abundaban en las calles. Y no creo que ningún loco le hubiera aconsejado a sus hijos el convertirse en alguien como yo.
  Terminé de mesera en un bar repleto de borrachos, con una paga miserable y más trabajo que propinas. Luego de vagar por distintos lugares en los que me explotaron, me maltrataron y hasta quisieron aprovecharse de mí, encontré la salvación:


Se busca asistente de repostería. Conocimientos básicos, responsabilidad y ganas de trabajar. Experiencia en el rubro, no excluyente.

  Cuando vi el anuncio en la pastelería del frente de la plaza del Congreso, no lo dudé. Ni sé cómo lo obtuve. El trabajo era agradable, los clientes eran amables y Julián, el dueño del local, era hermoso. No tenía mucho más de treinta años, manejaba el negocio con dinero de sus padres y se daba el lujo de dedicarse a lo que más le gustaba. Las mujeres solían ir a babearse en la acera cuando él estaba detrás del mostrador.
  El brillo de sus ojos verdes era el único que consideraba que podría competir con el de los míos y, cuando llegaba el final del día, el cabello casi negro asomaba debajo de su gorra blanca, enmarcando su rostro de líneas suaves. Su voz era de un tono grave, teñido con cierta dosis de autoridad innata, pero que sonó a música cuando sus labios se pegaron a mi oreja izquierda el quinto día, mientras decoraba una torta con forma de corazón.

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—Ese nombre, Dulce, me hace pensar en muchas cosas —susurró bien cerca de mi oído, de pie a mis espaldas, mientras yo intentaba mantener la concentración en la presión que ejercía con mis manos sobre la manga de la crema—. ¿Será que sabes a azúcar?

  Al instante, puse lo que estaba haciendo a un costado y me rendí a él. Me fundí en su boca, como un terrón en agua caliente. Ese día estábamos solos porque era el turno de descanso de mi compañera. Dejé que me probara en el suelo de la cocina y recuerdo que, cuando lo besé, sus labios eran deliciosos también. Me convertí en su Dulce, su pequeño y maleable pedacito de caramelo. Fui suya y de nadie más.
  Lo gracioso fue que no supe asimilar bien la analogía. Porque sí, yo era como un grano de azúcar, transparente y brillante, pero igual a miles de millones tanto o más resplandecientes que yo. Igual de predecible, utilizable. Yo era el azúcar que se derretía en ese mar gigantesco de besos y crema, era sólo un elemento básico que servía para crear otras cosas más maravillosas y de mayor valor. Y no lo veía. Sólo reía con mi amiga pimienta y me dejaba llevar.
  ¿Qué es un terrón de azúcar en el océano? Nada.

***

  Esa tarde, Mireya sonreía y me manchaba la cara con azúcar impalpable, mientras hacía bromas sobre mi relación con Julián. Solíamos hablar todo el tiempo de él, ella me daba consejos y me ayudaba a ver que no todo era color de rosa. Con el pasar de las semanas, habían comenzado las discusiones con mi pastelero favorito porque las cosas no estaban claras entre nosotros. Algo no estaba bien y yo no sabía poner en palabras qué era. Mi amiga me decía que le diera su espacio, que lo dejara ser. Así como ella hacía con un novio que le sacaba canas verdes.
  La de mi amiga con su chico era una de esas relaciones tormentosas de las que nadie salía entero, si es que alguna vez salía. Me daba pena por la pobre Mireya, un hombre así era mejor perderlo que encontrarlo. La estaba arruinando, había días en los que no era ella misma. Ojalá ella también pudiera encontrar su mar y perderse en él. Un poco de pimienta, por más picante que fuera, en medio de un océano no era demasiado.
  Entonces, en uno de mis días de descanso noté que me había llevado las llaves de la caja registradora del negocio y corrí a devolverlas al local. Debía hacerlo antes de que llegara Julián y se encontrara incapacitado de cobrarles a los clientes. Después de tres meses de relación, las cosas comenzaban a asentarse entre nosotros. Habíamos cumplido el récord de dos semanas sin peleas, así que lo mejor era no arruinarlo con un error estúpido.
  Llegué diez minutos antes del horario de apertura. Ingresé y no me molesté en prender ninguna luz, sólo dejé las llaves con cuidado en su lugar. Cuando me apresuraba a salir para no dejar ningún rastro de mi presencia, escuché un ruido proveniente de la cocina.
Me preocupé. ¿Habría ratas en la pastelería? Eso sería terrible. Bueno, ya se encargarían los demás del asunto, me dije, y seguí mi camino a la puerta. Pero los ruidos se intensificaron y me di cuenta de que eso no podía ser un roedor. Era obvio que alguien se había metido al local.
  Mis instintos de chica torbellino me hicieron tomar una escoba, en lugar de huir como debiera haber hecho. Sí, lo correcto hubiera sido irme, así podía fingir con más facilidad que no había estado allí.
  No quería más peleas con Julián. Deseaba la paz entre nosotros, de todo corazón. Pero no pude evitar el aluvión de furia que me recorrió las venas al imaginar a los rateros —ratas, o lo que fuesen—, devorándose los pasteles que tanto trabajo me habían llevado la tarde anterior. Así que me acerqué, en puntas de pie, hasta el pasillo que daba a la cocina.
  Estaba lista para lo que fuera, arremetería con todo así fueran dos, cinco o diez los mocosos invasores. Sin embargo, lo que encontré fue muy distinto y me dejó congelada en mi posición. El volcán de ira se apagó al instante; por mi cuerpo corrió una oleada fría que cristalizó mi sangre y destrozó mi corazón.
  Julián había llegado antes que yo —mucho antes, diría— y estaba tan distraído que ni aunque yo hubiera pasado a su lado me hubiera prestado atención. Junto a él estaba Mireya... Corrijo: debajo de él estaba Mireya. Fundiéndose en él como yo lo había hecho una vez, en ese mismo suelo lleno de azúcar. Ni siquiera pude soltar la escoba, llorar, pegar un grito o dar un paso para detenerlos. Lo único que hice fue observarlos con morbosidad casi obsesiva, porque él se mecía en sus brazos, la tomaba una y otra vez, y ella lo permitía.
  Agua y pimienta mezclándose, anulándose, incapacitándose para ser cualquier otra cosa, para servir a cualquier otro propósito.
  Logré retroceder a esconderme luego de los segundos más largos de mi vida y mordí mis labios con fuerza para reprimir los sollozos. Lo había entendido. Mireya había estado hablando todo el tiempo de Julián, a la vez que me aconsejaba sobre mi relación con él.
  El vínculo enfermizo había sido ése. Y seguía siendo en todo su esplendor, a la vez que la estúpida que no lo notaba se conformaba con migajas. Yo era el juguete, el aderezo de ese juego macabro en el que los dos estaban metidos, el azúcar que ellos podían usar y transformar a su antojo en cosas mucho más interesantes.
  ¿Qué era el azúcar por sí sola? ¿Qué era la translúcida, inocente y empalagosa azúcar al lado del agua avasallante y la encantadora pimienta?

***

—¡Hola, mi dulce Dulce! —saludó Mireya con voz cantarina a la mañana siguiente. Era notorio que ése era uno de sus días. Estaba de buen humor y no era para menos.

  La miré un momento, intentando no asociar a la muchacha que ordenaba los elementos de trabajo entre pasos de danza, con la mujer desnuda que se adueñaba de mi hombre cuando yo no estaba. ¿O sería al revés? Tal vez sí. Yo había llegado al último, me había adueñado de algo que era suyo desde un principio.
  La situación daba vueltas en mi cabeza y ya comenzaba a afectarme, yo también me estaba contaminando con tanta perversidad. Era ése el momento, si iba a decirle algo tenía que ser allí. Julián entró, dio un par de directivas con su voz grave de siempre y nos dio un beso en la mejilla a cada una antes de colocarse el delantal, el gorro y salir al mostrador a atender a las clientas.
  No pude moverme, ni decir nada. Sabía que, si quería escapar, tenía que hacerlo ese día. Luego no habría marcha atrás. Mi inocencia, mi dignidad y mi derecho a quejarme llegaban hasta ahí, si me quedaba un segundo más bajo ese techo me volvería su cómplice.
  Es difícil tomar decisiones al verse inmerso en algo así. Todos sabemos qué hacer cuando lo pensamos de manera hipotética, pero en la realidad se ven nuestras debilidades. Y yo amaba a Julián con toda mi fuerza de chica torbellino. Adoraba a Mireya, la chica pimienta que soportaba con estoicismo mi presencia y me cedía a su pastelero para que bebiera de mi dulzura.

—¿Te ocurre algo? —preguntó mi compañera, ya lista frente a la mesa con los ingredientes y un enorme paquete de azúcar a un costado.

  Sonreí y avancé decidida hacia ella, metí un dedo en el dulce blanco y adorné la punta de su nariz.

—Nada, tonta.

  Yo también quería jugar.

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