Refulgens: Uno - Aprendizaje

Aprendizaje

♦ Ver sinopsis ♦

Había pasado la medianoche y el viento helado golpeaba con fuerza en el pueblo casi desierto. Podía ser un momento especial para buscar calor en el interior de un vaso de Taj, la bebida tradicional de las tabernas de la región. Pero, en la Calle de las Luces, donde se alineaban los bares y burdeles, ésa era la hora en la que los perdedores habían agotado sus monedas y eran echados a patadas. Ya era una rutina, los que frecuentaban la zona ya estaban acostumbrados a los escándalos que surgían a esas alturas. Por lo general, solían estar muy ocupados bebiendo y jugando, como para quejarse en nombre de la buena vecindad.

En uno de esos locales, el cliente de la última mesa decidió que ya era el momento de hacerse cargo de sus asuntos. Así que se levantó, fue hacia la escalera angosta que llevaba a una puerta de pésimo aspecto en un primer piso, y golpeó tres veces con sus nudillos cubiertos por guantes oscuros. Desde el interior se abrió una pequeña rendija, por la cual un par de ojos impacientes asomaron durante algunos segundos, antes de volver a cerrarse. De inmediato le fue cedido el paso, ya era habitual su presencia allí. Tanto como la escena que se estaba desarrollando en el interior de la diminuta sala llena de humo y gritos.

Un par de mesas con monedas, cartas esparcidas y vasos de Taj a medio beber habían sido olvidadas por los jugadores, en un esfuerzo conjunto por detener al loco que se había rebelado contra su mala suerte, representada en un dos de bastos.

La última persona en llegar avanzó hacia el que lanzaba insultos y amenazas contra todos los presentes y lo arrastró hasta la puerta con algo de esfuerzo. La diferencia de altura y complexión era notoria, el alborotador era una mole de dos metros, brazos fuertes y espalda ancha, mientras que el que se lo llevaba era menudo y con la cabeza cubierta en una capucha apenas le llegaba al pecho. Era un espectáculo bastante peculiar. Y se hubiera convertido esto también en un hábito, de no ser por la aparición del tabernero. 


Desde otra puerta, ingresó un grupo de hombres de tan mal aspecto como el que llevaba el que se estaba retirando a la fuerza.

—¡Un momento! —exclamó con voz potente el tabernero, un hombre entrado en años pero de expresión temible—. Sarwan, eres un muy mal perdedor, ¿lo sabías?

—¡No es cierto, estos malditos me han embaucado! Todo el tiempo lo hacen y piensan que no me doy cuenta —respondió el aludido, con sus ojos del color de la miel convertidos en dos furiosas hogueras, y el encapuchado todavía aferrado a su manga.

El resto de los jugadores le respondieron ofendidos y el ambiente amenazó con volverse agresivo otra vez, hasta que el tabernero golpeó con fuerza los tablones del suelo con su bastón. Silencio total.

—Escúchame bien lo que voy a decirte, porque no lo repetiré —comenzó el anciano, con una determinación alimentada por el fuego poderoso de los que han manejado asuntos como ése por años—. Sarwan Lal Nehru, desde hoy tu presencia no es bienvenida en este lugar.

El más alto pareció aumentar su indignación.

—¡No puede hacerme esto!

—¡Sí que puedo, este es mi negocio! —recalcó el dueño del local—. ¡Si vuelvo a verlos por aquí, a ti o a ese muchacho enclenque, te juro que…!

—¿Cómo? Un… un momento —interrumpió el indeseable, mientras el que trataba de llevárselo se resignaba y usaba su mano en cosas más realistas, tales como una palmada en la frente—. ¿A quién se refiere con muchacho enclenque? ¡Oh, ya entiendo! Suéltame, Nirali, por los dioses.

—Aprovechen que los estoy dejando salir por sus propios medios, Sarwan. Lárguense ahora.

—A mí puede echarme y decirme lo que quiera, pero no voy a permitir que insulten a mi discípula —gritó él y de un movimiento seco bajó la capucha de su acompañante, revelando con eso un rostro femenino enmarcado por el oscuro cabello mal recogido—. Que sea insulsa y plana como una tabla no les da el derecho de confundirla con un hombre.

La chica era realmente pequeña a su lado, sin embargo, la furia que lucía el negro en su mirada no presagiaba nada bueno.

—Ya vámonos —pidió ella entre dientes.

—No, muchacha, espera —insistió el alto—. No voy a permitir que se diga que el gran Sarwan Lal Nehru recorre la soledad de los caminos de esta comarca de mierda con otro hombre. —Y se dirigió al resto para dejar bien claro su punto—. Tiene tetas, ¿entendieron? Ahora sí, me marcho.

La muchacha sintió que comenzaba a tener jaqueca. Satisfecho, luego de la vergonzosa declaración, su maestro enfiló hacia la puerta.

—Por fin. —Suspiró aliviada y trató de seguirlo hacia la planta baja, pero se chocó contra la espalda maciza del sujeto—. ¿Pero qué…?

La determinación de Sarwan dio un vuelco, y lo hizo volverse hacia los jugadores que todavía no alcanzaban a regresar a sus mesas.

—No, ¿saben qué? —siseó—. Estoy harto, no me iré de aquí hasta que no me devuelvan mi dinero y me pidan disculpas por usar cartas marcadas.

Los demás lo miraron, incrédulos. El tabernero lanzó un suspiro de cansancio y dio la orden.



***



Nirali estaba cansada, adolorida y hambrienta. Cansada, porque era noche cerrada y por culpa del dinero que su maestro había perdido en las cartas no tenían un lugar decente donde dormir. Adolorida, por el golpe que se había pegado al ser arrojada a la calle por los matones de la taberna. Y hambrienta, porque no había comido nada desde esa mañana. No podía creer cómo Sarwan podía soportar vivir en esas condiciones, menos todavía el hecho de que la mantuviera a ella en las mismas.

—Son unos estafadores. ¡Unos mugrientos estafadores tramposos que no saben ni jugar a las putas cartas! —rugía él mientras iba y venía por el reducido espacio que tenían en el depósito abandonado donde dormían desde hacía un par de días—. ¡Mira que sacarnos a patadas sin devolvernos ni un centavo de lo que me robaron esos embusteros! Pero ya me las van a pagar, apenas junte algo de dinero volveré y les quitaré hasta los zapatos a esos idiotas.

Nirali salió del biombo improvisado en la derruida habitación, vestida con un camisón descolorido, y acomodó con cuidado su ropa en un montón junto a una pared.

—Lo mismo dijiste en el resto de las tabernas de esta calle —respondió la chica, mientras procedía a extender en el suelo las mantas en las que dormirían, cada uno en un extremo opuesto del cobertizo—. ¿Qué vas a hacer ahora? Ese era el único lugar en donde te soportaban. Tendrás que dejar de jugar, al menos mientras sigamos en este pueblo.

—Bah, nos marcharemos mañana a primera hora —aseguró él, con confianza, mientras se quitaba la ropa detrás del biombo—. No te preocupes, mi suerte regresará apenas cambiemos de escenario.

—No sabes lo mucho que me alivia saberlo —ironizó ella, sin dejar de moverse y con el pretexto de cambiar la lámpara encendida de lugar. A pesar del tiempo que llevaba con él, no podía evitar la incomodidad de saberlo desnudo en algún lado de la misma sala.

Y no era para menos, su maestro era ya un hombre con sus veintitantos, al lado de los dieciséis de ella, y el físico obtenido después de años de entrenamiento físico diario no hacían otra cosa más que afirmarlo. Sarwan no solo era alto y bien formado, su rostro era cualquier cosa menos desagradable, a pesar de la incipiente barba que solo afeitaba una vez por semana. Lo que más la afectaba eran sus ojos profundos y claros. A veces irradiaban más calor que la lámpara que ella mantenía encendida entre sus manos. 

«Si solo su personalidad no fuera tan desagradable...» Pensaba la chica, antes de que la aparición de su maestro la volviese a poner nerviosa.

—Por esta noche vamos a dormir aquí —comentó él, al salir únicamente con un pantalón holgado y arrojando con descuido su ropa usada hacia un rincón—. Mañana llega el mensajero con el dinero de la mensualidad, así que empezaremos de nuevo.

Entonces la muchacha despertó de su embotamiento y se acercó a él, furiosa.

—¡No vas a jugarte las monedas que mis padres te envían, Sarwan! —exclamó, enfrentándolo cara a cara o, mejor dicho, cara a pecho.

Él la observó divertido, una cabeza más arriba.

—Claro que no, Nirali. Yo solo juego con lo que saco de mis recompensas, esto es para el viaje y la comida de este mes. Aunque —se interrumpió—, no tengo de qué darte explicaciones. Lo que tus padres envían son mis honorarios como tu maestro, no tienes derecho a recriminar nada, ¿eh? Más respeto —dicho esto, cambió su expresión a una de complicidad—. Hablando de eso, ¿pudiste sacar lo que te pedí?

—Sí —resopló, avergonzada, al recordarlo—. ¿Cuándo he dejado un pedido tuyo sin cumplir, por más horrible que fuera?

—Tráemelo, no podré descansar tranquilo por culpa de lo que sucedió con esos malditos esta noche.

Acto seguido, Nirali fue hacia el atado donde había colocado sus pertenencias y sacó una pequeña bolsa de paño oscuro. Se la extendió al joven, quien se la sacó y la abrió con curiosidad. Contó las monedas que había adentro, con satisfacción, mientras ella se dejaba caer en el montículo que oficiaba de cama.

—Como si hubiera aprendido en estos meses algo más que entrar en peleas de bar, hacer trampa en las cartas o robar —enumeró, desganada—. No me has enseñado ni una simple poción. Y tú hablas de estafadores, no lo puedo creer.

Sarwan volvió a meter en la bolsa las monedas robadas a los jugadores en la taberna durante la confusión, y arrojó la bolsa al aire para atraparla con una mano. Su buen humor había vuelto.

—Esto me corresponde, niña, bastante me han robado esos malditos. —Y guardó el botín entre sus cosas—. En fin, vamos a dormir. Mañana, apenas tengamos el dinero mensual y haya entregado tu carta al mensajero, saldremos en dirección al sur.

Ella asintió, no muy convencida, y él se volvió con expresión más seria.

—¿Estás segura de que no quieres ver al mensajero, darle algún mensaje extra para tu familia…?

—¡Muy segura! —respondió la voz de la joven, amortiguada por las sábanas—. Déjame en paz.

—Bien, olvida que he dicho algo.

Él fue a acostarse y ella surgió entre las mantas de la otra punta hasta quedar sentada, como activada por un resorte.

—¿Dijiste que vamos al sur? —preguntó—. ¿Para qué?

Una sonrisa malévola apareció en el rostro de Sarwan.

—Ya tengo una nueva presa —adelantó, y sacó del lío de cosas en el suelo un papel enrollado para arrojárselo a la cara—. Mira esto. La recompensa que ofrecen por encontrar la entrada a esa supuesta ciudad escondida es impresionante. O han enloquecido, o estamos detrás de algo grande, después de tanta sequía.

Ella se tragó la recriminación por la falta de delicadeza, sabiendo que no serviría de nada, y abrió el rollo. Se encontró con un aviso oficial emitido por el jefe de la Guardia Real, desde la capital del imperio, y suspiró aliviada. Por fin, una verdadera misión. Después de meses de vagar como delincuentes, cuando en realidad sí tenían un oficio. Ella no era la discípula de un ladrón, sino de un hechicero cazarrecompensas.

Los dos se dedicaban a perseguir seres sobrenaturales y a entregarlos en la capital a cambio de dinero, en nombre del proyecto por un "Nuevo mundo solo para humanos" (Nuevo Mundo, abreviado) que Su Majestad el Rey de Daranis estaba dispuesto a conseguir por todos los medios. Aunque no eran los únicos en el negocio: la cantidad de cazadores era mayor a cada temporada y las cacerías cada vez más raras, ya que las presas estaban disminuyendo. Estaban logrando la extinción total de todo ser mágico, o al menos su escape de la zona, lo cual convertía a los mismos cazadores en seres miserables y desesperados por un par de monedas. Como ellos, en ese momento.

—Refulgens, ¿eh? —contestó entusiasmada, recitando el nombre de la ciudad escondida que figuraba en el aviso—. ¿Existirá, al menos?

—No lo sé —agregó su maestro, quitándole el papel y volviendo a ubicarlo entre el lío de ropa antes de acostarse—, pero es seguro que habrá muchos más en la búsqueda, así que no podemos quedarnos atrás. A dormir.

Nirali lo vio darse vuelta entre las mantas hasta quedar de espaldas a ella. La pequeña luz de la lámpara encendida que ella había dejado detrás de ambos no era tan molesta, incluso les daba cierta sensación de seguridad, pero él igual evitaba tenerla de frente durante el sueño. Ella no tenía inconveniente con eso. En realidad, la presencia masculina a pocos metros de su cama era mucho más perturbadora que un poco de luz.

—Hasta mañana —susurró.

Comentarios