Refulgens: Tres - Sin mirar atrás

cap tres

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La pelea entre los hechiceros se volvió intensa. Ambos manejaban hechizos de fuego a un nivel bastante parecido y Nirali se asombró al ver que incluso sus técnicas de lucha física eran similares.

«Hay algo raro en ese tal Deval» concluyó, atónita.

Lo normal era que Sarwan utilizara a los sujetos que los desafiaban como lecciones prácticas para ella. La muchacha había mejorado mucho en su defensa personal y había aprendido diversas maneras de responder a un ataque gracias a eso. No obstante, esta vez, su maestro la había sacado del campo de pelea sin siquiera preguntarle. Y ella no había dudado en hacerle caso.

El extraño daba una primera impresión terrible, con una expresión feroz en su mirada, de un azul que helaba la sangre. No iba mal vestido ni estaba muerto de hambre como ellos, se notaba a la legua. Igual eso no cambiaba las cosas. Sarwan solía ser una mole impresionante de fuerza y poder, así tuviese hambre o llevara varias noches sin un descanso completo. No era fácil de poner en desventaja. Sin embargo, pasaron los minutos y la pelea no terminó con la usual victoria abrupta de su mentor. Algo curioso estaba ocurriendo.

«Es demasiado bueno para ser solo un cazarrecompensas. ¿Por qué no dices nada, maestro? ¡Si hasta yo puedo darme cuenta de que este tipo no necesita desviarnos del camino para ganar el premio por Refulgens!» pensó, inquieta, mientras los miraba.



***



—¡Deja de hacer estupideces y golpéame de verdad! —exclamó el extranjero, con altanería.

Ambos continuaban flotando a varios metros sobre el suelo. Mantenían su atención en el otro con tanta fijeza, que el resto del mundo podría haber volado en pedazos y ellos no lo hubieran notado.

—Voy a demostrarte que esto es una pérdida de tiempo y energía, Deval —respondió Sarwan que, en efecto, solo dirigía sus golpes a partes no vitales del cuerpo de su oponente—. Cuando despiertes, recuerda no volver a cruzarte conmigo o la próxima vez no tendré compasión.

La incredulidad por lo ridículo de aquella proposición hizo que el extraño se carcajeara.

—¿Para qué la molestia en esperar? —gritó, aun riendo y enjugándose una lágrima del ojo derecho—. ¿Por qué no pones todo en esta pelea? ¿Temes averiguar que me he vuelto más fuerte que tú? No te preocupes, no quedará nada de ti para el final del día. Y no tendrás cómo sentirte humillado en el Otro Mundo.

La joven sintió vergüenza ajena al escucharlos. Por momentos, parecía más una discusión que una lucha a muerte entre rivales de mucho tiempo.

«Debería adelantarme o se nos hará de noche antes de llegar a la siguiente posada del camino. No parece que estos dos vayan a terminar rápido con lo suyo» se dijo, intentando ser razonable.

Sin embargo, no pudo dejar de mirar a los dos hechiceros, que volvieron a los golpes y aparecieron y desaparecieron en el aire varias veces más. La agilidad y velocidad de Deval, contra la fuerza brutal de cada ataque de Sarwan, de a poco iban compaginándose hasta equilibrar a ambos rivales. Sarwan se vio obligado a ser más ligero en sus movimientos y Deval a aumentar la agresividad cada vez que lograba hacer contacto físico.

«Da igual. Acamparemos al aire libre de todos modos. No me perderé el espectáculo» decidió la muchacha, sosteniendo la lámpara con fuerza.

Los dos aterrizaron, sin dejar el intercambio de puñetazos. Hasta que el desconocido barrió el suelo con su pie derecho y logró desestabilizar al más alto para hacerlo caer de espaldas. Sarwan no llegó a tocar el suelo, y Deval ya se había girado para asestarle una patada en el pecho que lo hizo volar un poco más lejos. Nirali perdió el sentido de lo que estaba pasando, sumergida en su papel de alumna atenta.

El maestro se incorporó con rapidez, algo mareado por el golpe, y volvió a levantar el vuelo, seguido de su oponente.

«Este nuevo sujeto me sería útil, si me dejara practicar con él» pensó, embobada con los movimientos del recién llegado. Deval le pareció una versión más prolija de Sarwan en el campo de batalla. Así que empezó a tomar nota mental de todo lo que pudiera, hasta que casi olvidó que él pretendía acabar con la vida de su mentor.

En eso, vio que Sarwan lograba darle un puñetazo a su rival y lo enviaba al suelo. Caer así, de cara sobre la tierra apisonada y desde varios metros de altura, debería ser el final de cualquier pelea. La muchacha suspiró, al fin y al cabo sus rivales siempre terminaban de la misma forma.

«No era la gran cosa.»

No terminó de salir del lugar en el que estaba escondida, cuando vio que el extraño se giraba hasta quedar boca arriba y se movía con esfuerzo para sentarse. Nirali quedó sin aliento. Su maestro descendió hasta quedar sobre el camino, a pocos pasos del vencido.

—Has mejorado mucho, Deval —le dijo, con una seriedad que casi parecía respeto en su rostro—. Te felicito.

El más joven movió la cabeza y le echó una mirada que podría haber helado el infierno.

—No vine por tu reconocimiento, cabrón —masculló.

—¿De verdad? —lo increpó el mayor, con su eterna sonrisa confiada—. ¿Estás seguro? Lo mismo, te daré de una vez tu palmada en el hombro. Bien hecho, hombre.

Y se acercó al que seguía en el suelo, extendiendo su mano para alcanzarlo, pero aquél retrocedió con un sobresalto que le hizo cambiar de opinión.

—¡No me toques, hijo de la grandísima…!

—¿No has venido a lucirte, entonces? Qué extraño —continuó, con una mezcla de admiración y burla que solo era posible en las palabras de alguien como Sarwan—. A mí me parece que hubieras estado bien preparado para caerme por sorpresa, sin embargo te presentaste e hiciste un desafío casi formal.

El extranjero exhaló, indignado, antes de responder.

—Es que matar a alguien por la espalda no es mi estilo, Sarwan. Es más bien el tuyo.

Aquello fue suficiente. Toda la simpatía y la familiaridad de la conversación se esfumaron en un segundo. La furia con la que el más alto pateó en el estómago al que estaba en el suelo dejó boquiabierta a Nirali.

«¿Qué está pasando? ¿Se ha vuelto loco? ¿Por qué pasa de la sonrisita a esto?» se preguntó la aprendiz, horrorizada.

El gruñido ahogado del extranjero fue lo único que se oyó durante un buen rato. Sarwan llevó ambas manos a su cabeza y fue de un lado al otro del camino, como luchando consigo mismo por mantener el control.

La muchacha se encogió entre el verde, a poca distancia de la escena. La confusión que la invadía no le permitía hacer ningún movimiento que delatara que seguía observando. Pero ellos debían saber que ella no se había ido aún. Por eso, hubiera sido mejor adelantarse sola a la siguiente posada. Esto le pasaba por entrometida.

Su maestro carraspeó, visiblemente incómodo, antes de volver a hablar.

—Debiste olvidarme, Deval. La guerra terminó. Ve por tu camino y finge que nunca tuviste nada que ver conmigo ni con Arjan. —Y agregó, en voz más baja, sorprendido—. Por tu vida, deberías haberme olvidado.

El extranjero se retorció de dolor, pero no perdió la oportunidad para responder con toda la fuerza de su rencor.

—Nunca. No voy a detenerme hasta haberlo vengado.

—¿Cómo es que todavía me recuerdas? —murmuró Sarwan, inmerso en sus pensamientos.

—Ah, eso —respondió el caído, en el mismo tono, para luego soltar una risita resignada—. Ni siquiera yo lo entiendo. Será que los dioses conservaron mi memoria para permitirme hacer esto.

No terminó la frase, y con una explosión de energía de su mano derecha logró que el que estaba de pie fuese arrastrado hasta dar de lleno contra un grupo de árboles. La muchacha dio un grito espantado y Deval tuvo tiempo de recuperarse, pero Sarwan no tardó en levantarse y regresar. Al enfrentarse los dos otra vez se miraron furiosos, sin decir más nada. Era notorio que estaban más golpeados, sucios y cansados, sin embargo, era como si la pelea de verdad recién comenzara.

Nirali seguía de espectadora. Estaba helada de la impresión, pero no podía apartar la mirada. Era increíble que esos dos se tuvieran tanto rencor y a la vez estuvieran tan sincronizados. Con ligerísimas variaciones, la fórmula verbal de cada conjuro tenía una relación con la del contrincante. Y cada uno sabía la mejor forma de atajar los golpes del otro. Hubiera sido fascinante, de no ser por lo aterrador del panorama para ella.

«¿Qué será de mí si Sarwan pierde?» se dijo, sin darse cuenta de que le temblaban las manos.

Lo cierto era que la victoria no parecía asegurada para ninguno de los dos. Y, por primera vez en todos esos meses de viaje, la joven comenzaba a sentir miedo de uno de los rivales de su mentor.

—¿Por qué no te rindes de una vez, Sarwan, eh? —gritó de pronto el retador, con sorna.

—¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Empiezas a cansarte?

Los dos hechiceros habían alzado las manos para recolectar energía luminosa en esferas que se hacían cada vez más grandes.

—Acepta la derrota y huye, prometo dejarte escapar con vida. Me traerías recuerdos de los viejos tiempos.

—¿Recuerdos? No lo sé, Deval —respondió el otro, en el mismo tono—. Para ser igual que en los viejos tiempos, tú deberías llorar y mojar tus pantalones en el campo de batalla.

—¿Crees que todavía tienes el poder de avergonzarme? ¿Después de todo lo que has hecho? Si no estuviera tan furioso, me darías pena. Eres un simple desertor. Tus palabras no valen nada, nunca valieron.

Nirali se removió, incómoda, entre los arbustos que ya comenzaban a lastimarla con sus ramas de tanto estar metida allí. Los puntos de energía concentrada por ambos peleadores ya habían alcanzado el aspecto de verdaderas esferas de fuego.

«¿Habré escuchado mal? ¿Aquel sujeto acaba de llamar desertor a Sarwan? ¿Y qué están haciendo con esas cosas, por qué no se las arrojan de una vez?»

—Oh, veo que vas a sacar el tema de nuevo. Sigue insistiendo en eso, veremos quién fue realmente el cobarde de nosotros dos, mocoso. No me obligues a hacer memoria.

La muchacha empezó a prestar más atención a lo que hablaban. Se había perdido de algo hasta el momento y aquel tipo raro tenía más información que ella.

«¿Sarwan luchó en la última guerra, diez años atrás? Puede ser cierto, pero él nunca ha mencionado el asunto, y no es que se pierda una oportunidad para alardear sobre algo.» reflexionó, con serias dudas sobre lo que estaba oyendo.

—¿No te gustan nuestros recuerdos como compañeros? —siguió provocativo el rubio—. No es ninguna sorpresa. La culpa es mía, por pretender que un cobarde mire atrás para ver lo que dejó.

«No es un cazador corriente. Lo sabía.»

—¡Sal de mi camino de una puta vez! —exclamó el otro hechicero, al límite.

Las esferas de fuego que los guerreros habían creado ya habían alcanzado a ser gigantescas. Las llamas entrelazadas en círculos eran imponentes y su resplandor era cegador.

«Esto es malo» pensó Nirali, sobresaltada, y salió de su escondite.

—¡Oigan! ¿Qué piensan hacer con eso, incendiar todo aquí? —los apremió, nerviosa—. ¡Maestro, por favor, termina con esto rápido!

Deval desvió su mirada gélida por un segundo de su oponente, para enfocarla en ella. Con una media sonrisa, volvió a Sarwan.

—Escucha a la pobrecita. Vas a dejarla sola, en medio de la nada, cuando acabe contigo —dijo, por fin—. Pero ésa era tu costumbre, por lo que tenía entendido.

—¿Vas a seguir llorando porque te quedaste, sano y salvo, en Kidara?

—¡Ustedes, ya basta! —gritó la chica, desesperada, corriendo hacia ellos—. ¡Van a destruir todo el lugar con esos hechizos! ¡No quiero morir así!

No le hicieron caso, ni siquiera dieron señales de oírla. A medio camino, notó que ambos tomaban impulso para lanzarse sus respectivos ataques.

«Oh, mierda.»

Ella se abrazó a su lámpara y olvidó el resto del equipaje. Corrió lo más rápido que pudo, sin mirar hacia atrás. No le hizo falta. El calor insoportable de la explosión que le llegó desde arriba le dio la idea de lo cerca que estaba, y de lo tarde que había retrocedido.

Al fuego y los gritos les siguieron la negrura y el silencio.

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