Refulgens: Seis - Bienvenidos

Bienvenidos

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Luego de recorrer con un sirviente de Jadir toda la ciudad y de no encontrar a ningún ser sobrenatural, recibieron una invitación. La luna estaba alta en el cielo cuando los guiaron al palacete más grande y llamativo de todos, en donde los esperaba de nuevo el anciano. Era un edificio dorado por fuera, con torres y ventanales grandes de enrejados complejos. Por dentro, estaba tapizado y decorado en el mismo color, alternado con rojo y naranja. El aroma a incienso llenaba el aire cálido de la noche de verano.

—Buenas noches, mis señores —los saludó el noble al llegar al salón central—. Esta es una casa de cortesanas de lujo. Suele ser utilizada como hotel y restaurante por los altos funcionarios del rey, en sus visitas a nuestra ciudad. Ustedes son mis invitados de honor, así que se hospedarán aquí, en las mejores habitaciones.

Los tres se sintieron abrumados por las sonrisas empalagosas de aquellos seres desconocidos de raro aspecto. Los condujeron a otra sala, donde todo relucía aún más que en las calles y los hicieron sentarse en el suelo, sobre unos almohadones. Junto a ellos ubicaron pequeñas mesitas repletas de comida y bebidas.

—Esto es increíble —se maravilló la discípula—. Ni siquiera en mi casa hay banquetes así de grandes.

—Disfruten mientras miran el espectáculo —los alentó su anfitrión—. Está a punto de comenzar.

Como era costumbre, el noble hizo que un grupo de sirvientes probara un bocado de cada plato y de cada bebida a servir, para asegurarse de que nada estuviese envenenado. Nirali tuvo que aguantarse las ganas de reír ante el gesto. Luego de eso, el sonido de un instrumento musical de viento anunció el inicio del show preparado para ellos.

Sarwan fue quien contuvo una risita esta vez, al notar la incomodidad de su discípula frente al ingreso de las muchachas jóvenes y de apariencia seductora. Las mujeres estaban enfundadas en joyas y trajes de telas vaporosas multicolores. Dieron una vuelta completa por el recinto y se ubicaron en el enorme espacio que quedaba frente a ellos.

Los tres ya estaban acostumbrados a viajar y a tener contacto con otras culturas, tal vez Nirali no tanto como los dos que la acompañaban. Pero el único propósito con el que habían puesto sus ojos en algún ser que no fuese igual a ellos por demasiado tiempo había sido el de atraparlo y entregarlo a las autoridades, acusado de ser un sobrenatural. Jamás los habían homenajeado ni tratado como visitas deseadas en ninguna parte.

«Esto no está bien, no es propio de nosotros. Es perturbador» pensó la aprendiz.

Todos allí ignoraban que ellos eran, por definición, un conjunto de salvajes sin escrúpulos, a pesar de las condecoraciones del rey y de los hechizos bonitos que utilizaran. Nirali miró de reojo a su mentor, para encontrarse con que él estaba disfrutándolo. Parecía desafiar a su rival a mover un dedo más del que debía.

Mientras el baile de las jóvenes comenzaba con una música suave, Deval y ella se enderezaron casi al mismo tiempo. No dijeron una palabra, pero habían llegado a la misma conclusión. Estaban a prueba. Y aquél que se atreviera a cometer un error terminaría por ponerse en contra a todo el pueblo. Podían tener graves problemas para salir de allí.

Las bailarinas avanzaron con paso cadencioso, mientras sonaban los compases de la introducción musical e hicieron un semicírculo abierto hacia los espectadores, que no se decidían del todo entre comer o beber un poco para aflojar el nudo que se les había instalado en estómagos y gargantas.

El único que aplaudía, comía y bebía a lo bruto era Sarwan, que parecía no reparar en el terror mal disimulado de su alumna, instalada a su lado. La introducción musical finalizó y el silencio llenó la sala por unos instantes. De inmediato, el sonido de los tambores y algo muy parecido a las flautas iniciaron una melodía que serpenteó hacia los oídos de todos. La bailarina principal hizo su aparición, desde una de las escaleras del fondo, y se instaló en el centro del semicírculo.

Era una muchacha igual de joven y bonita que las otras, de largo cabello oscuro y mirada brillante. Su piel tenía el típico tostado de los que pasan la mayor parte de su vida al sol, pero no al nivel de los trabajadores de la plantación, y su vestimenta colorida presentaba un tono más oscuro para diferenciarse de las que la acompañaban. Parecía ser la atracción principal de la noche, o eso anunciaba con todo ese preámbulo.

El ritmo de la nueva canción era más acentuado y el movimiento de las caderas de las bailarinas terminó por ser hipnótico. Ondulante. Luego, la voz femenina entonó una canción en la lengua de aquella tierra que los agasajados no comprendieron. La mirada de la joven que danzaba fue recorriendo a los tres visitantes a la vez que dedicaba algunos pasos para ellos, hasta que se detuvo en el más alto de los tres. Y se quedó allí.

—Sarwan, parece que ahora tienes una nueva admiradora —se burló Nirali, pero al mirarlo buscando complicidad, encontró que él tampoco apartaba sus ojos de la que se movía con destreza—. Ah, genial —murmuró, decepcionada—. Ahora también eres un degenerado.

Antes de que alguien notara que estaba molesta, tuvo que morderse el labio inferior y sepultar los celos, que comenzaban a asfixiarla, bajo una jarra de alcohol.

Con el pasar de los jarrones vacíos de bebida y las bandejas con restos irreconocibles de lo que había sido la comida, todos fueron contagiándose del ánimo inicial de Sarwan y terminaron entre palmas, silbidos y entregas de monedas a cambio de acrobacias en el escenario por parte de las muchachas. Excepto la bailarina principal, que había comenzado a molestar al hechicero con su velo, buscando una respuesta de parte de él.

***

Nirali ya había pasado el umbral de la borrachera, estaba dedicada a reírse de todo lo que Deval dijese. Mejor si eran anécdotas vergonzosas de su maestro en el pasado. Y el guerrero había resultado ser un alegre conversador en ese estado.

—Hace menos de un día que nos conocemos y eres de lo peor que me he cruzado en estos caminos desde que salí de mi pueblo. Pero no puedo dejar de reírme contigo —reconoció, divertida, antes de volver a servirse de una de las botellas.

El hechicero de ojos azules impidió, con un movimiento torpe, que ella pudiese levantar la jarra para llevársela a la boca.

—Una niña como tú no debería estar aquí —afirmó, adoptando un tono grave.

Habían quedado más cerca de lo que se hubieran permitido en otra situación; sin embargo, ella no se sintió incómoda. No había nada de lascivia en esos ojos que la miraban a pocos centímetros, ni siquiera quedaba rastro de la arrogancia que había demostrado durante el día. Era honestidad, simple y brutal.

—Claro. Debería estar casada con un viejo como Jadir, en mi pueblo —se lamentó, con la leve sensación de que él veía una realidad muy distinta en ella—. Paso de eso.

Nirali intentó seguir con la bebida. Deval volvió a asentar su mano sobre la suya, aprisionándola con suavidad sobre la mesita que tenía enfrente.

—Vuelve a casa, no sabes quién es Sarwan en realidad. Créeme, esto no es para ti —murmuró, y otra vez la miró como si intentara meterse en su cabeza, antes de agregar—. Puedo llevarte lejos. Aunque no ahora mismo.

«¿No es para mí? ¿Quién te has creído...?» se indignó la muchacha, en silencio.

El maestro de ella los miró, extrañado, y el otro hechicero fue consciente de lo que estaba haciendo, por lo que soltó la mano de la chica y se volvió a su almohadón. La jarra con alcohol quedó olvidada, de todas maneras.

La aprendiz resopló con fuerza, en un esfuerzo mental por contenerse. Estaba siendo subestimada por aquel sujeto.

«Debe creer que soy una ilusa sin muchas luces, una niña rica, engañada por mi maestro para obtener una bolsa con monedas de oro cada mes sin hacer ningún esfuerzo.»

Estaba furiosa. Se sentía humillada. Y le hubiera respondido con la tanda de insultos que apareció en su cabeza, pero ni ella estaba segura de que esa no fuese la verdad. Ahora lo entendía. La intensidad en la mirada de Deval era producto de la lástima. Tal vez en ella se veía a sí mismo, al que había sido durante ese pasado misterioso junto a Sarwan.

—Te ofreces a ser mi escolta —resumió, acercándose al guerrero para que nadie más escuchara la conversación—. Aunque primero tendría que esperar a que asesinaras a mi mentor, ¿verdad?

Pudo notar que él tragaba con dificultad, sin mirarla. Hubo algo allí que se le escapó, no estaba tan lúcida como para tomar nota de la vacilación en el rostro de Deval al hacerse una imagen mental de lo que acababa de escuchar.

—Exacto —contestó, después de un extraño silencio.

Ella se acercó un poco más, hasta casi hablarle al oído.

—Vete a la mierda. Esa es mi respuesta. Estás tan perdido que no te das cuenta, ¿sabes?

Él se giró enfurecido. Dentro de la confusión de la cerveza y la música a todo volumen, una parte de él había quedado muy ofendida. Aquella parte que, a pesar de todo, había tenido buenas intenciones. Dentro de la nube que embotaba sus sentidos, la furia se alzó como la lava en un volcán, para convertirse en polvo al recibir la mirada de advertencia del que alguna vez había sido su amigo.

—Mira a quién le hablas —advirtió Sarwan, borracho pero no menos despierto que ellos—. Quieres terminar mal, ¿eh? Deja de jugar.

Nirali siseó una disculpa ininteligible. Deval supo que el mensaje había sido para él.

***

El hechicero más alto se había vuelto ruidoso, el de apariencia nórdica estaba ensimismado en observarlo todo con ceño fruncido. Y la muchacha que venía con ellos no dejaba de beber y de reírse sin razón. Aquello había incomodado a otros soldados que se encontraban de paso y eran clientes del palacete de cortesanas. La atención de todos se centró en el grupo de visitantes, a la espera de que ocurriera algún desmán. Aunque no pasó nada. Al menos, nada que ellos provocaran.

Cuando la música se detuvo por enésima vez en esa noche para dar paso a la siguiente canción, algo alertó a Sarwan. Fue una ligera sensación de irrealidad, un levísimo cortocircuito en lo que estaba viendo, como quien deja de recibir una señal por alguna interferencia. Duró un instante, pero fue tan real que él tuvo que parpadear una y otra vez. No estaba tan ebrio como para tener visiones, ¿o sí?

—Creo que es mejor que nos vayamos a descansar —anunció, haciendo un esfuerzo por levantarse y arrastrar a su alumna con él—. Arriba, Deval, tú también.

El guerrero refunfuñó algo sobre que la noche por fin se estaba poniendo interesante, sin embargo consideró que era buena idea marcharse. Le costó tanto como a su rival el ponerse de pie.

—Oh, ¿por qué tanto apuro? —los detuvo Jadir, todo sonrisas—. Esta noche la casa es para ustedes, quédense un poco más.

—Eso, la chafa es para usepes —quiso repetir Nirali, sin mucho éxito.

Deval no pudo aguantar el repentino ataque de risa al escucharla.

—Le agradezco, pero mañana partiremos temprano —respondió el maestro, tratando de no arrastrar las palabras—. Tenemos una... una recompensa, eso, esperándonos.

Dicho esto, se encaminó en un zigzagueo hacia las escaleras principales con la muchacha en brazos, que balbuceaba incoherencias, y el otro hechicero que parecía hacer esfuerzos por enfocar la vista. El noble quiso seguirlos, con una ansiedad algo exagerada. En eso, una voz más potente sonó en el lugar y los detuvo a todos. Era la bailarina principal.

—Déjalos, Jadir —intervino, con cierto tono de mando en su voz—. Tampoco es que vayan a poder ir muy lejos.

Un mal presentimiento hizo que los dos guerreros tardaran en volverse a mirar a los que acababan de dejar en el salón de baile. Otra vez, la sensación de que lo que estaba viendo no era real asaltó a Sarwan, solo que con más fuerza. Nirali se aferró a él, mareada.

—¿Qué significa esto? —gritó, nervioso.

Su vista comenzó a ponerse borrosa, a la vez que un hormigueo en sus piernas empezó a debilitarlo. La señal de que no era el único al que le estaba ocurriendo llegó cuando Deval se tambaleó a su lado, con las manos en la cabeza.

—Mierda, Sar... —balbuceó, antes de caer en seco al lustroso piso de mármol.

Él intentó mantenerse en pie, a pesar de que sus sentidos empezaban a engañarlo y de que su alumna ya era peso muerto en sus brazos. La bailarina avanzó hacia él, con paso felino. En ese momento, Sarwan se dio cuenta de que toda la noche ella se había deslizado de forma ondulante sobre el piso. Y los demás empezaban a verse distintos, también.

—Iba a mantenerlos aquí hasta mañana al mediodía —explicó ella—, que es mi hora de mayor poder pero, en fin. Bienvenidos a Refulgens, cazadores.

El hechicero no pudo seguir resistiendo. Antes de perder la conciencia, estuvo seguro de que no había un solo ser humano en ese lugar, aparte de ellos tres. Habían sido rodeados por duendes, sílfides y salamandras.


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