Refulgens: Siete - Comprensión

Comprensión

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—¡Cállate!

Nirali empezaba a entender que cualquier cosa que saliese de la boca de Deval sonaría como una orden. Era irritante, tanto que por él pasó por alto que Sarwan volvía en sí.

—No me callo nada —respondió, desde su rincón en la celda que les habían asignado—, estás interpretando todo esto a tu gusto.

—¿A mi gusto? —El hechicero se enfureció—. ¿Decir que no deberías adelantarte a esperar recompensas porque no has encontrado nada es interpretar las cosas a mi gusto? ¡Es un hecho, tonta! ¡No estamos aquí encerrados por elección!

Los tres estaban encadenados con grilletes a una pared, en ese recinto cubierto de dorado y piedras. Al parecer seguían en el mismo palacete de la noche anterior, con la excepción de que allí no había ventanas.

Cada uno tenía las manos y los pies cubiertos por un material aislante que no permitía ningún intento de escape, al menos no por medio del uso de la magia. No les habían puesto nada en la boca, cosa que demostraba lo mucho que confiaban en la efectividad de aquel elemento. Podían intentar hacer un conjuro, que lograran realizarlo ya era otra historia.

—¿Necesitas gritar así? ¿No puedes tener un poco de respeto? —lo regañó la muchacha—. ¡Se me parte la cabeza!

Él iba a decir algo, pero se detuvo, indeciso. Estiró su cuello, de un lado a otro, incómodo con la posición en la que trataba de mantener sus brazos en alto para que no lo lastimaran los grilletes.

—Tú eras la que no necesitaba beber tanto anoche, mocosa —dijo luego, en voz más baja.

—Hemos encontrado Refulgens. Y puedo adelantarme porque sé que saldremos de aquí a cobrar nuestra recompensa —continuó la discípula, removiéndose en busca de una pose menos dolorosa—. El que halló este lugar fue mi maestro, con ese ataque suicida de la bola de fuego. ¡Ah, ya has despertado, Sarwan! —lo llamó, más animada, apenas lo vio—. ¡Dile que nosotros nos llevaremos el dinero del premio!

El mentor quedó pensativo por un momento, antes de mirarlos con expresión confusa.

—Ah, sí. Podemos dividir los beneficios, hombre. Y todos contentos —dijo, cuando reaccionó, antes de notar sus miembros apresados—. Pero, ¿qué son estas cosas… bolsas… lo que sean? ¡Tengo los pies adormecidos y las manos me hormiguean!

—¿Cuál recompensa? —se mosqueó Deval—. ¿Es una broma? ¡Ustedes van a morir aquí! Y gracias por hacernos notar lo obvio, como si no tuviéramos problemas para distraernos de la horrible picazón de estas porquerías.

Nirali trató de ignorarlos, concentrada en rascarse las manos contra la superficie de la pared sin mucho éxito. El salón era muy bonito para ser una celda, solo habían quitado los muebles y la huella de la decoración de tapetes y cuadros podía distinguirse. La idea de que no hubiese mazmorras en un palacio tan antiguo se le hizo extraña, pero también le dijo bastante sobre la naturaleza de los elementales que habitaban en ella desde hacía siglos. O el tener prisioneros era algo nuevo para ellos, o jamás se habían tomado el trabajo de mantener a uno de sus enemigos con vida.

—No digas eso 
—continuó Sarwan, que disfrutaba de hacer enojar al otro hechicero. Algo se nos va a ocurrir para escapar y vamos a ayudarte a ti también.

—Deja de incluirme en tus delirios 
—reaccionó el más joven, cayendo en la broma. Igual, ¿no piensas prometer que vas a proteger a esta chica aun sabiendo que no podrás cumplirlo? Qué raro en ti. Debes haber recibido un buen golpe en la cabeza al caer.

Aquello hizo que el maestro se quedara mirándolo, con el ceño fruncido.

—Tal vez estoy más consciente del peligro ahora.

La muchacha soltó una exhalación, irritada. Estaba cansada de oírlos.

—Ya están hablando de nuevo de ese pasado misterioso. Reconcíliense de una vez, declárense su amor. Yo miraré para otro lado si quieren. 


—¿Qué dices? —se indignó el guerrero de los ojos azules.

—Ya que vamos a estirar la pata —afirmó ella, orientando su mentón hacia la pared opuesta a sus dos compañeros de desgracia, mejor que alguien aquí sea feliz.

Ambos hechiceros pegaron un respingo, dentro de lo que les permitía la limitada capacidad de movimiento.

—¿Cómo?

—¡Pero qué mente tan sucia! ¿Eso es lo que le has estado enseñando a esta mocosa?

Ella suspiró, resignada y temiendo haber dado pie a otra tanda de insultos entre ambos, pero solo escuchó el ruido de las cadenas que indicaba que los hechiceros no paraban de hacerse señas. 


«A saber las cochinadas que estarán diciéndose para que no los escuche. Deberían haberme puesto en una celda aislada.»


***


—Vamos, Ni —la alentó el maestro, un rato más tarde—. ¿Por qué no usas esa imaginación tan fértil ayudándonos a pensar en nuestra situación actual?

La joven sintió que no podría resistir un día entero siquiera en ese estado. Cada músculo de su cuerpo le reclamaba algo. Sin contar su cabeza, que se había ganado el lugar de honor con las puntadas por la resaca, y su vejiga, que llevaba un segundo lugar muy cercano con todo lo que había bebido la noche anterior. Si llorar hubiera servido de algo, lo hubiera intentado.

—Ustedes están bien jodidos. Punto —afirmó el otro guerrero, desde la pared de enfrente. ¡Ahora exijo hablar con el responsable de este lugar! ¡Van a lamentar seguir ignorándome, malditos! 

—No lo sé —murmuró ella, haciendo de cuenta que no oía los gritos—. Me has hecho leer un montón de cosas en estos meses, pero no me has enseñado a ordenarlas y a darles un sentido.

—Está bien, empecemos por el principio —siguió él, con toda la paciencia del mundo, cosa que no se veía todos los días—. Nuestra captora es un elemental de fuego. Lo confesó antes de que yo cayera inconsciente anoche. ¿Qué sabemos de ellos, Nirali?

Deval desistió en sus gritos. Ella frotó un pie contra el suelo embaldosado con lentitud, antes de responder.

—A ver… Sabemos que son los elementales más antiguos en la historia del mundo y que no se muestran con facilidad al ser humano.

—¿Cuántas etapas de desarrollo tienen?

—¿Qué es esto? —protestó el que los escuchaba, con la cabeza inclinada sobre el pecho—. ¿Te pones a tomar lecciones?

—Cuatro en total —contestó la muchacha, como si estuviese a solas con su mentor—. En el primer nivel habitan el centro de la tierra. En el segundo, viven entre nosotros, en el interior del fuego. En el tercero, evolucionan a un nivel superior y cada una puede tomar una forma diferente según sus funciones. Están los Farralis y Shallones, que orientan los rayos de las tormentas. Luego los Hiarrus, que elaboran estrategias.

—¿Quiénes son la máxima autoridad entre las salamandras? —la interrumpió Sarwan.

—Espera, estoy segura de que me la sé.

—¡Los Ra-Arus! —se metió Deval, al borde de un ataque de nervios y creyendo adivinar las intenciones del otro hechicero—. ¿Dices que este lugar está regenteado por uno de ellos? ¡Pero si no tienen contacto con nuestra dimensión, nosotros nunca hubiéramos podido acceder a algo así! ¡Refulgens está escondida, pero no es una dimensión aparte, sé de lo que hablo!

Sarwan chasqueó la lengua, irritado por la creciente picazón del material en sus manos y pies.

—Ya lo sé, idiota. Estoy tratando de enseñarle algo.

—¿Y para qué? La chica va a morir de todas maneras.

—Sí, abandona todo como un cobarde —lo provocó, parafraseándolo de aquella última batalla juntos—. Sabemos que nunca podrás hacer algo mejor.

Un par de venas se marcaron en la frente del rubio, su rostro se había descompuesto por la furia contenida.

—Maldito, si no tuviera estas porquerías en mis manos, juro que…

—¡Una ejecutora! —exclamó Nirali, feliz con la distracción que había logrado—. ¡Refulgens está en manos de la bailarina, ella es una salamandra ejecutora, una Aspirete! Ellas son las más cercanas a los humanos, ya que son quienes reciben las órdenes de las otras y las llevan a cabo. —Y su entusiasmo se desinfló rápido, al darse cuenta de que no eran buenas noticias—. Oh, no. Fuimos atraídos aquí. No es que nadie lo haya encontrado. Es que nadie vuelve. Refulgens es una trampa.

El silencio cubrió la celda. Los tres quedaron pensativos, no había muchas esperanzas para ellos, por lo que parecía.

«Tiene sentido. Nunca llegamos a ver este lugar desde el camino. Deberíamos haber seguido de largo, estaríamos a salvo ahora», lamentó la aprendiz, en un arranque de autocompasión, hasta que el mayor de los tres carraspeó y volvió a hablar.

—Refulgens, en latín, significa resplandor —explicó Sarwan—. Puede que no sea una trampa, sino un refugio para los sobrenaturales perseguidos por nosotros. Y, como estamos al sur, la regente es una salamandra. No dudes que haya otras ciudades escondidas como ésta, dirigidas por elementales de tierra y aire. O agua, en las regiones costeras. —Entonces rió, con un deje de ironía—. Este dato valdría millones de monedas en la corte del rey.


Deval meneó la cabeza y dejó que sus brazos colgaran de los grilletes que sostenían sus muñecas.

—No, no podríamos hacer eso —reaccionó Nirali, alarmada—. Hay muchos niños en este lugar, los vimos cuando recorríamos las calles ayer.

—Despierta, Ni. No eran niños de verdad, eran engendros. Más de esas cosas raras, que podrían arrancarte un pedazo de una dentellada sin problemas.

—¡No! ¡No es posible! ¡Nada de esto tiene sentido! —exclamó la chica—. No estoy preparada para algo así, ¿por qué no me advertiste?

—Se suponía que era obvio, mocosa —intervino el otro hechicero.

—¿Qué debo hacer? —insistió ella—. ¿Por qué siento que esto de cazarlos estuvo mal?

Por la mirada de desconcierto que le dio su maestro, la joven pudo notar que a él tampoco lo habían instruido sobre ese aspecto. Una sensación espantosa se instaló en su garganta.

—¿Qué hemos estado haciendo? —murmuró, sin esperar respuesta.

Un niño era un niño, fuera de la especie que fuera. Y, si ella lo pensaba bien, sus padres eran seres llenos de virtudes y defectos, pero nadie tenía derecho a decidir si ellos podían o no vivir en su tierra más que ellos mismos.

Los sobrenaturales tenían una vida muy parecida a la de ellos, no eran objetos, no formaban parte del paisaje. Nacían, crecían, formaban lazos de familia y envejecían en lugares como Refulgens. Nunca había visto a aquellos seres de esa manera antes, solo habían sido objetos a recolectar en nombre de una recompensa. Cada uno valía su peso en monedas y punto.

—Qué horrible error has cometido, ¿eh? —concluyó Deval, poniendo en palabras sus pensamientos—. Justo tú, que ansiabas la libertad más que ninguna otra cosa cuando dejaste tu pueblo.

Aquello, viniendo de un extraño, la sorprendió. La asustó.

—¿Qué dices? ¿Cómo sabes eso sobre mí?

—El taj afloja la lengua de todos, muchacha —aclaró el hechicero, con una sonrisa a medio camino entre la camaradería y la travesura—. Qué mal que no recuerdes todo lo que yo dije anoche. Hubiera sido más divertido pasar este tiempo contigo, de igual a igual.

Ella vio que Sarwan ponía los ojos en blanco al oírlos. Y no terminó de decidir si aquello debía ofenderla o servirle de desafío para buscar en su memoria.

En eso, la única entrada de la celda se abrió, dando paso a la bailarina de la noche anterior. Esta vez venía vestida con más recato. A las faldas largas y coloridas se había agregado una especie de sari, y unas zapatillas satinadas cubrían sus pies.

—Me alegro de que hayan despertado por fin —dijo con una sonrisa, como si ellos fuesen sus invitados y no sus prisioneros—. Voy a interrumpirlos, todavía les faltaba comentar sobre el cuarto estadio de mi clase. Mi nombre es Aruni, soy quien los guiará por el trayecto final del recorrido que han hecho para llegar hasta aquí.

Había algo siniestro en esa promesa. Los tres lo sabían. Pero la alegre salamandra, con sus gestos pomposos y su tono alegre, parecía una anfitriona de lo más amable. Nirali casi se vio tentada a preguntarle por la posibilidad de que la dejara utilizar un sanitario.

—Mira, preciosa —comenzó Sarwan, con su sonrisa seductora algo desgastada por los acontecimientos—, podemos hablar de esto con más tranquilidad. Puedo explicarte lo que estábamos haciendo, verás que ha sido todo un malentendido…

—Oh, lo dudo mucho, cazador —interrumpió ella, con el índice levantado—. Y no tengo más tiempo, he recibido órdenes urgentes de eliminar a todo el que sea culpable de usar magia elemental en contra de uno de los nuestros.

—¡No me jodan! —vociferó Deval mientras se retorcía sin resultados entre sus grilletes y la miraba con fijeza—. ¡Aunque nos eliminen a nosotros, llegarán otros! No podrán resistirlo, es la evolución. ¡El mundo es nuestro ahora!

—Te equivocas —lo corrigió Aruni—. El mundo como lo conocen no existiría sin nosotros. Ustedes viven de prestado. Desde el suelo que pisan, el aire que respiran, el agua que les da vida o el calor y la energía que tanto necesitan. Todo lo obtienen de los espíritus elementales. ¿Realmente creen que son un obstáculo? Eliminarlos de la faz de este planeta sería como limpiar la basura, la regeneración se haría en un santiamén. Los cazadores como ustedes pueden convertirse en un problema para la propia vida de los humanos, si lo piensan lo suficiente.

—¿Ah, sí? —intervino el que los había metido a todos en aquel lío—. Mi vida es un desastre por culpa de los sobrenaturales. Me condenaron a perder mi honor por esa maldita guerra, no tengo nada que pueda considerar mío. Soy un pobre diablo. Lo único que hago es sobrevivir en las condiciones que se me dieron. Al igual que los dos que vienen conmigo. Si quieres terminar con el verdadero problema, ve a la capital del reino y pide cita con el capitán de la guardia imperial. O con el mismo rey.

Ella lo miró por un momento que pareció eterno a los otros dos. Era como si la salamandra buscara algo en Sarwan y no lo encontrara. Al final pareció rendirse, con una risita de sorna.

—Es un discurso conmovedor —contestó—, pero solo recibo órdenes de mis superiores. Ahora, andando.

Con una señal, los prisioneros fueron arrastrados por los mismos que habían brindado con ellos la noche anterior. Terminaron en una jaula-carruaje, tirada por dos pájaros de fuego con alas cortas.



Comentarios

  1. Hola!, paso de puntillas por tu blog ya que tengo bastante prisa,
    luego me pongo al día con tu historia, te sigo desde ya!.
    Un saludo y que pases un buen fin de semana, Besos!.

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    1. Muchas gracias ♥ Ojalá te vea de nuevo por acá. Un beso.

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