Refulgens: Cuatro - Ingreso

Ingreso

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Nirali abrió los ojos, confundida, y vio que el celeste del cielo ya cedía su espacio ante el leve anaranjado con el que se despedía el sol detrás de las montañas. Tenía los músculos agarrotados por la mala posición, pero eso no era novedad desde el comienzo de la travesía. Lo que no entendía era cómo se había dormido sobre la hierba, sin más. Entonces, una ráfaga en su memoria la trajo al presente, desde la pelea de su maestro y la búsqueda por Refulgens. Se movió para levantarse, pero el rostro de un anciano observándola desde arriba la sobresaltó.

El hombre la llenó de lo que parecían preguntas, en una lengua que no comprendió. La ayudó a sentarse, sin dejar de hablarle a gritos.

—Puedo escucharlo, señor, es que no lo entiendo —trató de explicarse ella, mientras otros lugareños los rodeaban con curiosidad—. ¡No es un problema en mis oídos! ¡Sí puedo oírlo, no me grite!

Sin darse cuenta, ella también estaba elevando la voz. La desesperación por verse perdida fue reemplazada por la preocupación. Se dio cuenta de que era observada como uno de los fenómenos que ella cazaba junto a su maestro. Porque ella debía ser tan extraña ahí como un gnomo con sombrero rojo en la plaza central de la capital de Daranis.

Aquello parecía un sembradío y aquellos hombres, agricultores con instrumentos muy precarios. Desde sus ropas, de una gama en el marrón oscuro, a sus rostros arrugados y curtidos, se veían como un grupo que habría pasado demasiado tiempo a la intemperie.

«Y yo que me quejaba de que la piel se me estaba arruinando» pensó, en un momento de alivio absurdo, antes de recordar algo que sí era importante.

—¡La salamandra! —gritó al ponerse de pie en un salto. Los demás se corrieron un poco al verla avanzar—. Quiero decir, mi lámpara —se corrigió y comenzó a hablarles a los que la miraban aterrados—. ¿Alguien ha visto una cosa de vidrio de esta forma y este tamaño?

Trató de explicarse con señas, ya que notaba que nadie captaba ni una palabra de lo que decía. Si hasta se movió de forma ondulante para imitar la danza de su pequeña llama. Allí se dio cuenta de que la señalaban con mucha insistencia. Le apuntaban con sus dedos oscuros, a la altura del pecho.

«Oh, no…»

Bajó la mirada y vio que ella misma había aplastado al objeto, en su intento de protegerlo. Aún tenía restos de vidrio pegados a la blusa, y las manchas de sangre delataban el accidente.

«No, no, no…» se lamentó, y perdió toda la fuerza en un segundo. Se arrodilló y, con cuidado, trató de comprobar sus heridas sin mostrar demasiado a los que la seguían observando con los ojos almendrados bien abiertos, más de cerca.

No estaba muy lastimada, solo tenía algunos cortes superficiales en el abdomen, pero nada de mayor importancia. Habría podido ser una tragedia para ella también, había corrido con mucha suerte. De todos modos, se le nubló la vista por la aparición de las lágrimas.

«Ahora sí, este viaje ha perdido sentido. Estoy sola, por completo.»

Mientras tanto, los lugareños hicieron espacio para que alguien fuera hacia ella, siempre en silencio. El anciano que le gritaba se había retirado hacía rato. Y quien llegaba al encuentro de Nirali era Sarwan, que venía con una leve cojera.

—Yo estoy bien —comenzó el maestro de la chica, algo molesto, mientras se acercaba—, gracias por preguntar.

Ella lo miró de pies a cabeza, sin poder creerlo. Y alguien más llegó desde el exterior del círculo de curiosos.

«¿Estaba tan cerca, después de semejante explosión? Pero si la última vez que intentó algo así tuve que ir a buscarlo a… Un momento, ¿aquel no es el loco que tuvo la culpa de todo esto? ¿Cómo es que está aquí, igual de sano?»

—Tú siempre caes de pie, maestro —respondió, dejando de lado las preguntas, mientras se quitaba algunos fragmentos de la lámpara de encima—. Ahora, por tu culpa y la de tu amigo, he perdido la única cosa que me había enseñado algo valioso en todo este viaje.

Se dio cuenta de que estaba llorando. Y no supo bien si esas lágrimas eran por las magulladuras, o por la tristeza.

Deval se detuvo a pocos pasos de ella, refunfuñando y mirando con desdén a todo el mundo.

—Hey, no te pongas así —quiso consolarla Sarwan—. Tranquila.

—¿Cómo quieres que me ponga? ¡Rompiste mi lámpara con tus jueguitos! —se quejó la chica, que al ver de cerca al otro culpable del incidente se enfureció más—. ¡Y tú también, me las vas a pagar!

Deval se mantuvo a una distancia prudente de ella, mirándola con desconfianza.

—Yo no hice nada —se defendió—. Él es quien siempre destroza todo lo que toca, niña.

—Deja de calumniar gratis, hombre —intervino Sarwan—. Ella llevaba casi nueve meses con la prueba de la lámpara, eso es lo que se le ha roto con la explosión.

Hubo alguna especie de entendimiento entre los dos con respecto al asunto de la prueba.

—Ah, ya —dijo el rubio, chasqueando la lengua—. Qué exagerada. Por eso jamás tomaré alumnas mujeres.

Mala elección de palabras.

—¿Llorona yo? ¡Los dos parecían esposos echándose cosas en cara hace un rato! Recién querían asesinarse uno al otro y ahora hasta se ponen de acuerdo para hacer chistes estúpidos. ¡Son imbéciles! —estalló, mientras algunos reían entre los espectadores—. ¿Y ustedes qué miran? ¿Para reírse sí me entienden? No hay nada para ver aquí, ¡apártense!

Quiso marcharse, estar un tiempo a solas, sin embargo al levantarse y pasar junto a su maestro, éste la detuvo y la hizo volverse.

—Hey, no tan rápido. Ven —la llamó, divertido, mientras la tomaba de los hombros y la obligaba a mirarlo de nuevo—. Vamos a aprovechar esa furia asesina para algo productivo.

—No te rías de mí —exigió ella.

—Estira ambas manos, vamos a ver en cuál de las dos ha entrado.

—¿Entrado? ¿Qué cosa? No estoy tan lastimada.

Deval resopló, se veía impaciente por seguir camino, pero siguió aguardando mientras Sarwan revisaba las manos de su pupila.

—Como lo imaginaba, ingresó por tu palma izquierda —dictaminó el hombre, mostrándole una marca en medio de su mano, como una especie de lunar alargado—. Suelen tomar la mano hábil y tú eres zurda.

Ella abrió bien grandes los ojos.

—¿Eh? Me estás dando miedo, ¿qué es esto, Sarwan?

—Es la marca de unión con tu salamandra. Felicidades, ha ocurrido demasiado pronto y eso es mi culpa, pero todo salió bien. Has asimilado a un espíritu de fuego y lo has hecho parte de ti.

Él sonrió al decirle eso, parecía orgulloso. Deval bostezó detrás de ellos. Y ella tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, su grito de horror se escuchó en toda la plantación, espantando a las pocas personas que todavía quedaban recogiendo frutos en el lugar.


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