Refulgens: Cinco - Desvío

Desvío

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Estaba anocheciendo y los agricultores emprendían el camino de regreso a sus hogares, yendo en silencio por un sendero hacia el sur. Los tres que los observaban se cansaron de buscar el camino por el que habían venido antes. A excepción del sendero y la plantación, aquello estaba en medio de la nada. Era puro monte.

—Vamos a recorrer la zona —sugirió Sarwan, que nunca perdía el optimismo—. Tiene que haber un pueblo por allí. De ahí deben venir estos trabajadores.

Deval volvió a tierra, incapaz de admitir que no veía nada en el horizonte, ni levantando el vuelo a la mayor altura que era capaz de alcanzar. Nirali bajó del árbol al que había subido para utilizar un instrumento de observación a distancia con forma de tubo que le había salido una fortuna en un mercado. Con tan poca luz, el aparato no servía de nada.

—No entiendo, maestro, ¿cómo es que no vimos este lugar durante la pelea?

—Eso ya no importa. Tenemos que volver como sea al punto donde estábamos si no queremos quedar rezagados en la búsqueda de Refulgens, Ni —decidió el mayor, serio—. Necesitamos esa recompensa.

—No si yo lo encuentro primero, salvaje —dijo el otro guerrero, con expresión amenazante—. No tienes idea del lío en el que estás por meterte. Márchate ahora que estás a tiempo y llévate a esta mocosa a otra parte, no la arrastres contigo.

Sarwan inspiró hondo y se acercó a su antiguo compañero.

—Escucha. Estamos perdidos ahora, todos buscamos lo mismo —propuso, extendiendo una mano en señal de paz—. Hagamos una tregua.

El otro no correspondió el gesto. Se limitó a reprimir una risita socarrona, sin mucho éxito. La muchacha aprovechó para apresurarse a detener el pacto.

—¡Maestro, por favor! ¿Tiene sentido que confíes tan rápido en él?

—Lo conozco desde hace mucho, Ni. Sé sobre sus principios. No te preocupes.

—No me siento tranquila con él cerca —murmuró. Y se aferró con una mano a la manga raída del traje de su mentor, en un gesto inconsciente, cuando notó que el guerrero la observaba. Era obvio que la había escuchado; sin embargo, no hubo respuesta de su parte.

Algo en la mirada fija del extranjero la ponía inquieta. En ese instante, él parecía querer entrar en su cabeza con aquella intensidad azul. Como si intentara descifrar algo. Entonces, el guerrero volvió a concentrarse en su rival y ella sintió que la presión en la boca del estómago desaparecía.

—¿No vas a rendirte? —le dijo, a modo de última advertencia—. Como quieras, no pienso dejar que llegues a ese lugar, Sarwan.

El aludido sonrió con todos los dientes, entusiasmado.

—¿Vamos a apostar por eso?

Cuando ya se temía el comienzo de otro enfrentamiento, una voz desconocida llamó la atención de todos.

—¿Ustedes son los forasteros que vinieron desde el cielo para bendecir nuestras cosechas?

—¿Qué? —reaccionó Deval.

—He venido a presentarles mis respetos, ustedes que hablan la lengua de los dioses.

El anciano que había hablado primero con Nirali al despertar había regresado, esta vez, acompañado de otro con vestimentas que delataban una diferencia social muy grande. Y este sí era capaz de comunicarse con ellos. Ninguno de los dos superaba el metro sesenta, sus cabellos eran grises y el que parecía un noble no estaba tan castigado por el sol como el otro, pero era notorio que pertenecían al mismo lugar. Detrás de ambos un grupo de guardianes jóvenes, en uniformes de color rojo y naranja, tocaron unos instrumentos dorados muy parecidos a trompetas.

—¡Tiene que haber un error! —exclamó irritado el hechicero de los ojos azules—. Nosotros estamos perdidos, necesitamos volver a…

—No sean tímidos —interrumpió el hombre, entre reverencias—. Aquí sabemos reconocer cuando los dioses vienen a visitarnos. Mi nombre es Jadir, soy la autoridad de este asentamiento y les doy la bienvenida.

—Se está confundiendo, no…

La música del cortejo comenzó a sonar de inmediato e hizo que cualquier intento de aclaración fuese inútil. Deval se tapó los oídos. Sarwan lo imitó, con un esfuerzo descomunal para no estallar en risotadas. Nirali avanzó y se arrodilló frente al noble para tratar de explicarle, a los gritos.

—Solo somos viajeros, nuestro destino original es Refulgens y por accidente hemos caído sobre su plantación. ¡No era nuestra intención, lo sentimos mucho!

—¿Qué ha dicho?

—¡Que somos viajeros en busca de Refulgens!

La fanfarria se detuvo, con lo que los dos hechiceros pudieron quitarse las manos de las orejas. Jadir los miró, pensativo.

—Refulgens, ¿eh? —repitió, con una seña a la muchacha para que se incorporara—. Entonces algo de divino hay en este encuentro, mis señores. Permítanme ser su anfitrión esta noche, luego les indicaré la forma de llegar hasta allá.

Deval y Sarwan se miraron. Si no tenían lo mismo en mente, eran dos cosas muy parecidas. Nirali fue la única en alegrarse.

—¿De verdad, sabe la ubicación exacta?

—Mejor que nadie, señorita —confirmó Jadir—. Y me encargaré en persona de que no se desvíen de nuevo. Se los prometo.



***



Más tarde, los tres caminaban por las calles del pueblo, detrás del noble que no paraba de hablar y darles una visita guiada del pequeño lugar.

—¿Puedes dejar de mirar tu mano mientras caminas? —la regañó Deval, en voz baja—. Vas a tropezarte con algo, por tercera vez.

—Es que no puedo creerlo —respondió la muchacha, en el mismo tono, sin dejar de observar su palma izquierda—. ¿El maestro me habrá mentido para que me sintiera mejor por lo de la lámpara? No, la mancha sigue intacta, a pesar de que me he lavado. ¿Será en serio?

—Ah. No sé cómo puede ser que una simple mujer haya sido elegida por un elemental de fuego.

—¿Simple mujer? Un momento, hay un límite para lo desagradable que puede ser una persona, ¿sabes? ¿Y qué haces todavía siguiéndonos a Sarwan y a mí? ¿No se supone que estamos compitiendo por la misma recompensa?

El hechicero alzó una ceja y la observó en silencio, molesto, antes de contestar.

—No tengo que dar explicaciones a nadie. Apenas salgamos de este lugar, tu maestro y yo volveremos adonde nos habíamos quedado. Y tendrás que volver a tu casa sola, te lo advierto.

—Sigue hablando —se burló la chica, ocultando los escalofríos que le producía la cercanía del hechicero—. Estás muerto si crees que vas a ganarle.

Sarwan iba delante de ellos, en un silencio tenso que parecía ignorar las palabras amables de Jadir. Por su parte, Nirali se había dado cuenta de que la lengua en la que hablaban los nativos, las ropas extrañas que usaban y la arquitectura de los edificios no se correspondían a las de la región. Aquello era fascinante.

Mientras se dejaban guiar por el noble, la chica miró mejor a su alrededor y notó que la cantidad de piedras preciosas y metales que cubrían las paredes de aquellos palacetes estaba valuada en una fortuna incalculable. Pero los habitantes de ese lugar perdido en la nada estaban sumidos en la miseria.

Se veían muy flacos y llevaban ropas ligeras, junto con los pies descalzos. Lo más raro era que todos parecían alegres y satisfechos. Las mujeres les dedicaban guiños a los dos hechiceros, los hombres conversaban entre sí en rondas en el mercado y los niños bailaban y reían en las calles. La alegría era casi contagiosa.



***



—¿Será que nos hemos golpeado tan fuerte al caer que estamos delirando? —dijo en voz alta Deval, apenas los dejaron solos junto a un puesto de comida.

—¿Quieres que te dé un pellizco antes de que alguna de las mujeres de aquí se ofrezca? —propuso Sarwan.

—Yo los dejaré solos —murmuró la chica, apartándose—. Como dije, son dos esposos.

—Ya estás de nuevo, con esa actitud de payaso que no se toma nada en serio —refunfuñó el más bajo, mientras miraba indeciso algo que parecía un pastel de relleno verde.

—Deberías tomar un poco prestada, te haría bien —agregó Sarwan, mientras masticaba el bocadillo que una muchacha le había entregado recién—. Apuesto a que estás tan fruncido que ni siquiera pasa la comida por tu estómago como corresponde.

El guerrero más joven perdió el hambre a causa del disgusto y se apartó del carro.

—Escúchate hablar. Esto es lo que diferencia a alguien que se tomó el trabajo de seguir las indicaciones y formar una disciplina, de otros que huyen a la primera prueba difícil. Nuestro maestro debe estar riéndose a carcajadas de ti en este momento, por lo vulgar que has resultado.

—Seguramente. Si es que se puede reír en el infierno.

«Lo sabía. Estos dos entrenaron juntos por un buen tiempo» pensó Nirali, que iba detrás de ambos. Pero se quedó callada y siguió eligiendo su comida como si no los oyera. Otra vez estaban hablando de cosas del pasado que la muchacha no conocía. No le convenía preguntar todavía; a pesar del buen ánimo de su maestro, el otro hechicero se veía bastante ofendido por lo que fuera que había ocurrido.

—Eso quisieras ver tú, ¿no? Obtuviste los favores del rey de Daranis usando las piezas que cazabas con tus métodos cobardes. Eres un infeliz ignorante, por más nombre y fama que arrastres.

El mayor lo enfrentó, en medio de la calle repleta de gente.

—El ignorante eres tú, que no tienes idea de lo que estás diciendo.

El desprecio entre ambos se hizo palpable y el aire se llenó de calor por el aumento del poder. Estaban a punto de irse a las manos allí, en medio de terreno desconocido y de seres extraños que los observaban con permanente curiosidad.

—¡Basta! —los detuvo la muchacha, con los brazos extendidos entre ambos.

Su mentor se soltó del agarre, y siguió comiendo con tranquilidad. Deval solo tuvo que mirar la mano que Nirali había apoyado en su pecho. La joven retrocedió con rapidez, consciente de pronto de que el contacto físico con el desconocido no era la mejor idea. Delante de ellos, Sarwan habló como si nada lo hubiese interrumpido.

—Nos quedaremos una noche, quiero comprobar algo. Voy a exigir que me dejen revisar todos los rincones, a ver si encuentro a una presa para entregar. Y mañana saldremos a buscar el camino por el que vinimos, así seguimos viaje aunque el tal Jadir continúe con sus evasivas. Tú, Deval, puedes unírtenos si quieres. Aunque la recompensa será del que encuentre Refulgens primero.

Nirali le echó un vistazo al otro guerrero, que sonreía con sorna a lo que estaba escuchando, y se rascó la palma de la mano que llevaba la mancha.



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