Génesis en la botella

génesis en la botellaHabían dado las doce, era Nochebuena y la familia acababa de terminar el brindis. Apenas se distrajeron con la entrega de regalos, el hijo mayor aprovechó para escabullirse. Fue hacia su habitación, tomó su objeto favorito en el mundo y puso el seguro a la puerta, para que nadie lo interrumpiera.
Lo que llevaba en sus manos con extremo cuidado era una especie de botella antigua. Parecía de vidrio, en un color oscuro que delataba en su interior la presencia de algún truco de magia, porque dejaba escapar el brillo de un par de constelaciones. Uno podía quedarse observando esa cosa embobado, realmente era como una vista al cielo a través de una ventana en miniatura. Eso, exceptuando el engarce en bronce y los dos dragones que custodiaban el cierre colorado en la boca ancha. Esta llevaba una cadena, con el fin de recordar al poseedor de esta maravilla que no estaba en su destino permanecer abierta.
El joven pasaba los veinte años y no era ningún niño, a pesar de su entusiasmo y del brillo inocente en sus ojos claros. Dejó de lado las protestas de su hermana menor, quien le avisaba sobre la llegada de algunas visitas, y se dispuso a comenzar el ritual.
Colocó la botella encima de su mesita de noche, dio algunos pasos atrás para mirarse al espejo de la pared una vez más. Quería comprobar que su cabello castaño y su camiseta roja sobre el jean estuvieran bien acomodados. Luego avanzó hacia el objeto y levantó la tapa esférica. Al hacerlo, como cada vez, contuvo la respiración y aguardó a que el humo perfumado terminara de aparecer.
No salieron estrellas del contenedor, el brillo de estas a través del vidrio solo parpadeó y se volvió un poco más débil. Había sido liberado un espíritu mágico, un ser con la forma de una muchacha en un traje vaporoso de color rojo. Una genio. De la clase que cumplen tres deseos antes de desvanecerse por siempre.
—Buenas noches, joven amo Noah —dijo ella, desde las alturas, cuando terminó de materializarse—. Déjeme adivinar: hoy sí tiene una idea sobre cuál será su segundo deseo. Dígame que sí.
Había en la voz de la genio una leve ansiedad, algo de urgencia. El chico sonrió y puso las manos en los bolsillos del jean, sin dejar de mirarla.
—Lo siento, pero esta vez tampoco será. Te he llamado para saludarte. Feliz navidad, Génesis.
Ella enarcó una ceja, incrédula. En los incontables siglos de su existencia había sido testigo de toda clase de cosas, sin embargo todavía era capaz de sorprenderse. El mundo seguía cambiando. ¿Sería que la frivolidad de los humanos habría evolucionado al punto de que aquel chico considerara su mera posesión como un deseo cumplido? No podía ser posible.
—¿Tiene idea de lo extraño que suena eso, joven? —respondió, acomodándose el cabello rubio rizado en una coleta alta—. Esta es la llamada número cincuenta y siete sin que usted tenga nada que pedirme. No puedo negarme a salir hasta que no estén cumplidos los tres deseos, las reglas son las reglas, pero ya es un abuso. Le aconsejo que piense en los dos deseos que le restan y terminemos con todo esto.
El nombre de la genio tenía el significado del origen, del principio de todo, y tenía sentido. Toda clase de cambios habían surgido en las vidas de aquellos que osaban sacarla de su letargo.
Su figura asemejaba la de una muchacha exuberante. Sus curvas se ocultaban bajo la tela y la piel clara de su cintura y sus brazos quedaba al descubierto, adornada por cadenas doradas. De no ser por su afición a flotar en el aire, se la podría haber confundido con una sirena camuflada. Y es que, a partir de sus caderas, no había más que pura neblina carmesí. Un detalle que a ella le había proporcionado diversión extra a través de los siglos, pero que a su actual amo solo le incentivó la imaginación.
Noah soltó una risita.
—Sin embargo, no veo ninguna norma que diga que solamente pueda llamarte por un deseo —explicó, echando su cabeza hacia atrás para poder mantener el contacto visual—. No estoy rompiendo ninguna de tus leyes. Ahora que estás aquí, déjame darte un regalo, ¿sí?
Y estuvo por sacar algo de uno de sus bolsillos, pero ella lo detuvo extendiendo su mano.
—¡Que no puedo aceptar regalos, hombre! —murmuró, sobresaltada, con lo que logró que el chico desistiera.
—Está bien, voy a pedir algo —cedió, con un resoplido, y se sentó en la cama—. Que conste que es porque hoy se cumple un año de la primera vez que abrí esa cosa y apareciste.
—Un año desde el primer deseo, ¿eh? —reflexionó la joven, mientras descendía y se ubicaba a medio metro del suelo—. Parece mucho más.
El tiempo era una noción relativa, algo que para ella no debía significar mucho, pero para él comenzaba a valer más. Desde aquel encuentro, en la navidad pasada, las cosas habían cambiado bastante.
En un principio no había tenido nada de especial. El chico compró la botella en una casa de antigüedades, cuando se dispuso a limpiarla y la abrió se encontró con una genio que le ofrecía tres deseos por la liberación. Las mismas reacciones de siempre: la sorpresa, la duda, la ansiedad por el primer pedido y el engaño del ser sobrenatural para que el trámite se cumpliera lo más rápido posible. Por experiencia, Génesis sabía que la primera cosa concedida nunca era algo bien pensado. La mayoría de las veces era pura pérdida. A partir de entonces, la segunda y la tercera solían ser cuestiones más o menos interesantes.
Excepto que este chico no llegaba a decidirse. Vivía en la vacilación permanente desde esa primera Nochebuena. Y en ese momento la miraba fascinado, con una sonrisa de oreja a oreja. Ella estaba cerca de conocer lo que era un escalofrío.
—¿Cómo has estado? —Fue lo único que él atinó a decir, después de una pausa prolongada.
—¿Desea saberlo? —preguntó Génesis, manteniendo la distancia en el trato.
—Ya sabes que no volveré a caer en la trampa —respondió, sin perder el gesto de felicidad.
Ella notó que estaba haciendo referencia a su primer deseo fallido. Había una medalla por el primer lugar en un torneo de karate, a nombre de Noah, en un estante de la habitación. Había sido producto de un comentario inocente del chico sobre sus sueños más locos, con la desafortunada palabra mágica que podía hacerlo realidad. Desear no estaba permitido delante de esa mujer, porque significaba perder un tercio de sus oportunidades, restar un tercio al tiempo que les quedaba juntos.
Ella no tenía remordimientos por eso, siempre se había tomado las libertades necesarias para hacer de su permanencia en aquel mundo algo más divertido. Los milenios de encierro hacían que los límites de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, se volvieran más borrosos. Y lo que le había dado era un deseo de él, al fin y al cabo.
—Ah, eso. —Restó importancia a la anécdota con un movimiento de su mano—. Ni que te hubiera hecho daño el trofeo en la repisa.
—Sí, claro —ironizó él—. Porque tú no eres quien huye de los locos que aparecen con desafíos a peleas desde entonces. Soy campeón mundial de un arte marcial que ni siquiera conozco. No puedo ni dar una patada decente.
—Un deseo es un deseo, joven. Ahora, soy todo oídos para su pedido o me marcharé a mi refugio.
—Está bien —refunfuñó, su paciencia se había desvanecido por el recuerdo—. Lo que voy a pedir no será un deseo completo. Será una mitad. Medio deseo.
—¿Qué? —exclamó ella indignada, sin importar que alguien desde el exterior la escuchara—. ¿De qué me habla? ¿Es alguna especie de truco?
—No es ningún truco. Estuve revisando las normas que me dijiste el primer día y esto es perfectamente legal —se ufanó Noah—. No volveré a pedir ninguna cosa si no es con este sistema. Y no es ningún deseo extra. No he formulado nada todavía.
Génesis se cruzó de brazos y se elevó un poco, replanteándose algunas cosas sobre su actual amo. Lo extraño era que la situación no terminaba de desagradarle. Tal vez no era solo el mundo lo que estaba cambiando.
—Ah. Humanos —murmuró—. Está bien. Dígame la mitad del deseo.
—Deseo que dejes de hablarme de usted —ordenó con firmeza el chico—. Comienza a tratarme con más familiaridad. Sé mi amiga.
Eso terminó de dar el toque ridículo a la conversación. La genio no pudo reprimir la carcajada y desde afuera la hermana de Noah preguntó si estaba hablando por internet con alguien. Él gritó alguna cosa irreproducible, con lo que la chica se marchó.
—Qué desperdicio de deseo —admitió Génesis, sentada encima del televisor y con sus piernas ya visibles.
—Estamos en confianza, ¿no? —siguió él la broma, a la vez que se acercaba y la ponía incómoda.
—Concedido —dijo con rapidez y se puso fuera de alcance—. Mira, voy a ser sincera. Ya tienes bastantes amigas, no necesitas otra más. En realidad hay un tropel de gente, puedo recitar sus nombres de memoria.
—¿En serio? ¡Entonces sí prestas atención a lo que digo!
—Puedo enumerarlos, si lo deseas.
—No, muchas gracias.
—Sí que eres despierto. Ahora, si me disculpas, la amistad no puede forzarse.
Al escuchar eso, a Noah se le fueron las ganas de seguir bromeando.
—Dijiste que era deseo concedido —protestó.
—Sí. Y siempre cumplo mi palabra. Sin embargo, no es algo que ocurra de la noche a la mañana —admitió—. Comenzaré por ser sincera. Devolveré el medio deseo si no puedo cumplirlo antes de finalizar nuestro trato.
—Me conformo con eso —expresó él, más satisfecho.
De pronto, la genio se sintió inquieta.
—Dioses, aquí hace mucho calor —murmuró—. Me retiro.
—Buenas noches y feliz navidad, mi bella Génesis.
Él la despidió con naturalidad, como si ella no estuviera convirtiéndose en un remolino de neblina roja frente a sus narices. Como si su puerta de salida no fuera esa botella extraña con el brillo del universo en su interior.
—Sí, sí —contestó la genio, antes de desaparecer por completo—. Mezcla una leyenda de un anciano gordo bajando por tu chimenea con un espíritu milenario, de otra cultura, que cumple deseos. No sé a quién se le ocurre. Adiós.

***

Así pasaron los meses, él volvió a invocarla en varias ocasiones pero no volvió a desear nada en voz alta. Lo que hizo fue dedicarse a llenar las horas con anécdotas, a presentarla a otras personas de su confianza y a intentar tomarle fotografías. Por su parte, ella tomó la costumbre de seguirle la corriente, en lo que su paciencia le permitía. Una noche llegó a quedarse dormida durante una fogata realizada por el grupo de sus amigos. Regresó a la botella sin percatarse siquiera. Aquello comenzaba a afectarla en una forma que no podía explicarse. Fue hasta que, otra noche, él la llamó.
—Bienvenida al exterior, mi mensajera de la botella —dijo Noah, apenas la vio salir.
—Sigues haciendo menciones tontas a canciones y series de televisión, ¿verdad? —se mofó ella, a dos metros del suelo—. Nunca te cansas.
El humor afilado de un genio debía ser algo difícil de seguir, pensó Noah.
—Y tú no tienes pelos en la lengua, mi amiga —acotó, con una media sonrisa.
Ella inclinó su cabeza a un lado, con el fin de observarlo mejor sin descender.
—¿Desearías que los tuviera?
—Mira a lo que eres capaz de llegar, con tal de librarte de mí.
—No, tonto. Solo lo digo porque ya sé lo que contestarás.
—Podrías atraparme.
Génesis se sorprendió riendo de un chiste suyo, por primera vez.
—No lo creo —dijo, dándole una palmada en el hombro—. Ya tienes bastante práctica, te has vuelto rápido.
Él ya estaba nervioso, pero el contacto momentáneo le quitó cualquier duda que hubiera tenido antes.
—Vamos al grano. —La enfrentó, decidido—. Quiero pedirte otra porción de deseo.
—¡Vaya, no he tenido que insistirte! Eso sí que es una sorpresa. Muy bien, te queda uno y medio más.
—Será un cuarto de deseo esta vez.
Con eso, todo rastro de camaradería se hizo añicos.
—¡Hey! Estás aprovechándote de mi buena voluntad, chico.
—No puedes negarte —canturreó él, a lo que ella hizo un mohín.
—Lo sé. Dije que siempre cumplo mi palabra, es lo que haré. Habla —exigió mientras flotaba en el aire, cruzada de brazos.
Él carraspeó para darse algo de seriedad.
—Deseo una cena contigo —declaró, con la mirada puesta en cualquier lado menos en la bella genio—. Toda una noche, en un lugar donde nadie pueda molestarnos.
Las cosas se ponían cada vez más extrañas entre esos dos, pero Génesis no detectó ningún indicio de malas intenciones. Igual se mostró ofendida.
—¿Sabes lo que necesitarías? No la amistad del genio de una botella, sino una novia, niño. Una de verdad, de carne y hueso.
—Puede ser. Pero como soy yo quien decide, vamos a ir por nuestra cena —comentó, sin ocultar que aquellos intercambios lo ponían de excelente humor, antes de agregar—. Te ves de mi edad, no me digas niño.
Ella le dedicó su mejor mirada de hielo.
—Concedido. Niño —dijo, recalcando la última palabra a propósito—. Pero como es solo un cuarto de deseo, no será más de media hora.
Apenas terminó de pronunciar esas palabras, los dos se vieron transportados a la terraza de un edificio de piedra bastante antiguo. Parecía una torre altísima, ubicada en algún paraje solitario, porque no se veían rastros de vida fuera de allí. El paisaje era bellísimo, la oscuridad era vencida por la luz de algunas antorchas y en el cielo las estrellas parecían saludarlos con leves parpadeos. Sobre el suelo empedrado había una mesa con un mantel azul y dos sillas. La cena estaba servida.
—Voy a ahorrarme tiempo precioso y dejaré para otro momento las preguntas sobre este lugar —decidió Noah, con practicidad, mientras ayudaba a su compañera a sentarse y se ubicaba frente a ella—. ¿Un poco de pasta, está bien?
—Déjalo así. Yo serviré el vino —respondió ella, mostrándose algo más relajada de lo que acostumbraba—. Es divertido, nunca me habían pedido algo así. ¿Sabes? Tendré la apariencia de la juventud, pero mi existencia es mucho más antigua. Si supieras cuántas veces he entrado y salido de esa botella te horrorizarías.
El notó que ella otra vez trataba de poner distancia a través de las diferencias que había entre los dos, y no pudo evitar reír por lo bajo. No estaba haciendo nada, solo la miraba y ella ya comenzaba a soltar discursos extraños. Debía estar sintiendo algo también. Y eso era bueno.
—Lo dices como si ya te hubieras cansado —acotó, haciéndose el distraído con el tenedor envuelto en espagueti—. ¿La eternidad para ti significa monotonía?
—Depende. Si se trata de repetir una y otra vez el mismo proceso, no negaré que sí. Y si le sumas el contraste con sujetos como tú, con esa ilusión y esa fuerza, creo que lo efímero podría ser más atractivo. Envidio esa capacidad de concentrar la felicidad y el sufrimiento, el amor y el olvido en tan poco tiempo. Cada uno de ustedes no dura ni un siglo, no obstante vive muchas más experiencias que alguien que se la pasa encerrada en esa botella —confesó con soltura, haciendo que su acompañante quedara boquiabierto—. ¿Postre?
Los minutos iban pasando y Noah se iba entusiasmando. Una mínima grieta, la más pequeña, podía significar una esperanza para él. Lo malo era que su deseo más importante no era algo que pudiese pedir así como así. Eso era lo difícil. Lo emocionante.
—No nos apuremos —pidió, con una mano encima de la de ella—. Para ti será poco, sin embargo la noción de un siglo para nosotros es gigantesca. El mundo está lleno de aventuras, de peligros, de cosas por desear. No es nada fácil resumir todo eso en tres frases.
Ella retiró la mano con suavidad.
—Lo sé. He llevado a cabo el procedimiento en demasiadas ocasiones, Noah. Es solo que me sorprende, eres el poseedor de la botella que más tiempo ha durado. La mayoría son consumidos por su propia codicia antes de la primera semana. Tú lo has tomado como un juego. Soy una broma milenaria a tus ojos. Nunca me había sucedido algo así.
La sonrisa del muchacho se ensanchó.
—Así de nueva como es la situación —susurró, inclinándose hacia ella sobre el plato—, ¿te ofende o te divierte?
Ella lo imitó y sus rostros quedaron a pocos centímetros.
—Esta es una de esas preguntas que solo puede contestar una amiga, y todavía no aseguro que esa mitad de deseo se cumpla, humano —respondió, para luego echarse hacia el respaldo y concentrarse en la copa de vino todavía llena—. Tendrás que esperar, a ver si la tomo o no.
—¿Cuánto más tendré que aguardar?
—No lo sé. Pero podrías presionarme usando lo que te falta por pedir, me vería obligada a decírtelo.
Él se enderezó en su silla, notando el desafío que siempre latía en las palabras de la genio. Ya quedaba poco para que el tiempo de aquella porción de deseo se cumpliera.
—Creo que voy a arriesgarme a no saberlo todavía, entonces.
—No esperaba menos de ti. Estás aprendiendo a ahorrar tus deseos —reconoció, complacida.
—Supongo que es cierto, porque ahora voy a ir por una décima.
Faltaban apenas un par de minutos para que la estancia en esa torre se terminara, por lo que Génesis no pareció muy sorprendida de oír el pedido.
—Piénsalo bien. No puede ser algo de más valor que esta cena.
—Baila conmigo.
Con eso ella enarcó una ceja. ¿Bailar? Lo que faltaba.
—Realmente estás enloqueciendo —reaccionó, entre risas—. No sé de dónde sacas las medidas de estas cosas, pero allá tú. Deseo concedido.
El mobiliario se desvaneció en la bruma de inmediato y la torre se convirtió en un cuarto lleno de espejos. Génesis y Noah se vieron multiplicados por un centenar, no obstante era fácil saber quiénes eran los verdaderos. Ningún reflejo podía reproducir el deseo que comenzaba a hacerse más evidente, más imposible de formular en voz alta.
—Tienes bonitos pies cuando quieres —la halagó él, acercándose a ella para tomarla de la cintura y acercarla a su pecho, a la vez que una música suave servía de fondo—. No entiendo por qué insistes en esa niebla difusa de tu cintura para abajo la mayoría de las veces.
—Es para evitar que cualquier degenerado se haga ideas erróneas sobre mis capacidades de servicio —contestó aquella con la apariencia de una joven, bastante incómoda con la situación.
El ritmo de la canción cambió a uno menos romántico, con lo que el chico tuvo que adecuarse a eso y soltarla. No por eso la dejó en paz.
—Perdona si te obligo a hacer esto —mencionó mientras le hacía dar una vuelta, sosteniéndola del brazo—, me pareció que sería una buena experiencia para ti también. No creí estar pidiendo demasiado.
La media sonrisa de la genio parecía de piedra.
—Eres muy confiado si piensas que esto me influirá en algo. Son tus deseos, no tienen nada que ver conmigo. Me pediste bailar, eso estoy haciendo. No sigas excediendo tus límites.
Noah se inclinó hacia el costado con ella en uno de sus brazos, lo que la puso de espaldas al suelo como si hubieran salido de alguna película barata. Intentaba avanzar hacia Génesis en cualquier forma posible, como si ella no hubiera visto a la humanidad en todas sus facetas por miles de años. Como si pudiera tomarla desprevenida.
No necesitó decirle que no podía retroceder porque lo estaba absorbiendo un anhelo tan fuerte que ya era doloroso. Era obvio, de solo mirarlo a esa corta distancia.
—Yo ya te dije que fueras mi amiga, se supone que concediste ese deseo —volvió a mencionar—. Estoy dentro de los límites. Todavía.
Le estaba mostrando que no era ese deseo la meta final, solo un escalón al que más quería. Eso la dejó muda por unos segundos. Tampoco la soltó, ni la cambió de posición.
—Ya fue suficiente para una décima —balbuceó ella, de pronto—. Hasta luego, niño.
Y se hizo humo, al igual que los centenares de imágenes de ella y él que ya se besaban en los espejos.

***

Pasaron semanas enteras antes de que Génesis volviera a salir de su botella. El silencio era algo bueno para un alma antigua, pero esta vez se había vuelto tortuoso. El mensaje había sido claro, a pesar de que ninguno de los dos había dicho nada esa noche.
Surgió entre la niebla carmesí en su mejor apariencia de tranquilidad, ya quedaba menos. Faltaba poco para que aquello que la ataba a su actual amo fuera parte del pasado. Con suerte, toda esa incomodidad se volvería un punto invisible en la larguísima línea de su destino.
Lo que vio frente a ella fue irreconocible. Noah se encontraba en un estado deplorable, escondido en un callejón cercano a su casa. ¿Acaso había cargado con él la botella hasta ahí? ¿Estaría en peligro?
—¿Qué ocurre, hombre? ¿Quién te ha golpeado? ¿De quién huyes?
—¿Ahora me llamas hombre? —siseó, con rastros de sangre y polvo en su cara. Era notorio que había recibido una paliza—. Me has ascendido.
—No es momento de bromear. Para algo me has llamado.
—¡Vamos, cobarde! —gritó alguien a lo lejos—. ¡Sal ahora mismo!
—¿Lo ven? No es más que un fraude —agregó otro, carcajeándose—. ¡Campeón Mundial del Karate mis calzones!
Recién en ese instante Génesis se dio cuenta de lo que ocurría.
—Por los dioses —murmuró espantada.
—Esto es por lo que me hiciste la primera vez que te saqué de la botella —explicó él, en voz baja—. Para ti habrá sido gracioso, para mí es terrible. Tienes que arreglarlo.
—Vamos, no puedes decir que fue mi culpa —contestó, indignada—, el que se equivocó fuiste tú al formular el deseo. Debiste decir que querías tener el nivel de karate de un experto, no el título y nada más.
El chico no podía creer lo que estaba oyendo. La genio de verdad parecía convencida de que su primera broma no había sido nada malo.
—¿Cómo? ¡Eres perversa!
—¡Claro que no! Yo explico las condiciones de uso correctamente, son los humanos los que escuchan lo que se les da la gana.
Uno de los acechadores de Noah estaba peligrosamente cerca de ahí.
—Oigan, creo que escucho algo por aquí…
No alcanzó a terminar de llamar a sus cómplices, porque el joven lo tomó por sorpresa con una tapa del contenedor de basura en el que había estado escondido y lo dejó inconsciente.
—¡Ahora tienes que arreglar esto! —pidió desesperado a la que flotaba encima de ellos.
—Di que lo deseas y lo haré. Pero valdrá por un deseo entero, Noah —contestó, con una seriedad mortal—. No saldrás de esto a menos que los enfrentes y te queda muy poco resto conmigo. No lo desperdicies.
Él cerró con fuerza los ojos y soltó la tapa del basurero. No iba a esperar que ella transgrediera unas normas tan antiguas para sacarlo de un aprieto. Debía usar un deseo para salir de aquello, aunque lo creyera injusto.
—Eres increíble —refunfuñó—. Bueno, deseo tener las habilidades que me hubieran hecho ganar el título que tengo en la repisa. ¿Contenta?
—Concedido —murmuró Génesis mientras se elevaba aún más—. Y no, no puedo responder a tu pregunta. Adiós.
Noah no tuvo tiempo de reaccionar a eso, porque ya estaba repartiendo patadas y golpes a los sujetos que acababan de encontrarlo en el callejón. Se sorprendió de la facilidad con la que los dejó fuera de combate. Más grande fue su incredulidad al ver a la hermosa genio observándolo desde las alturas.
—¿Yo te pedí que te quedaras? —jadeó, todavía con el corazón en la boca.
—No. Lo hice por mi cuenta.
Se alejaron de los sujetos tendidos en el suelo, antes de que llegara la policía alertada por algún vecino. Pero él no mostró apuro por volver a casa. Apenas pasaron por un parque desierto, se sentó en uno de los columpios. Los niños ya no jugaban por allí, era bastante tarde y hacía algo de frío.
—Me queda una quinceava parte del último deseo, ¿verdad? —habló, luego de un buen rato de silencio. Había algo de amargura en su tono. Resignación, tal vez—. Será mejor que pida ahora, que sigo con el pico de adrenalina. No quiero arrepentirme después, así que terminemos con esto.
En un parpadeo ella contuvo las mil acotaciones que podría haber hecho en otra situación.
—Te escucho.
Noah inspiró hondo y levantó la cabeza para mirarla. Ella había tenido la delicadeza de llevar pies en esta ocasión, así cualquiera que pasara por ahí no diría que había estado hablando con una figura montada sobre la bruma.
—Deseo que te quedes conmigo. Por el tiempo que valga esta quinceava parte, no me abandones.
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de la genio. Era la última fracción de deseo. No esperaba menos.
—Concedido.
—Siéntate aquí. Voy a descansar un momento.
Ella obedeció.
—Imagino que ahora me toca responder a tu pregunta sobre esa mitad de deseo que pediste en la navidad pasada.
—No creo que haga falta —dijo él, enternecido—. Sí que la cumpliste, aunque no lo admitieras.
—¿Eso piensas?
Amo y genio se miraron. Él, sentado en el columpio. Ella, de piernas cruzadas a medio metro del nivel del suelo.
—Es mejor así. Ya que son nuestros últimos momentos, prefiero hacerlo.
Quedaba poco tiempo. Una quinceava parte de deseo era una fracción muy pequeña para una despedida adecuada.
—¿Qué hubieras hecho de no tener que usar ese deseo ahora? —preguntó Génesis.
—Lo hubiera racionado bien —admitió Noah—. Quedaban algunas experiencias, como dar un paseo en aerosilla juntos, mostrarte la tumba de mis abuelos, encontrar algún espacio gris en tus leyes que me permitan desear que te hagas humana… esas cosas.
La genio no pudo evitar reír, pero el asunto no era gracioso.
—¿Te has dado cuenta de que todos tus deseos parecen estar enfocados en mí más que en ti? Tienes un problema.
—Si prefieres verlo así. Yo diría que me hizo feliz hacer esas cosas contigo.
—Estás mal.
Silencio. Estaban malgastando esos últimos minutos. Maldito valor de los deseos y maldito paso del tiempo.
—Ya lo dijiste varias veces —protestó, mientras se levantaba del columpio—. No perdamos más tiempo, déjame ser sincero…
—No te atrevas —lo interrumpió, aterrorizada.
Noah sonrió y metió sus manos llenas de tierra en los bolsillos de su jean roto.
—¿Cómo sabes lo que voy a decir?
—Cállate —ordenó por primera vez la genio—. No soy humana, no estoy a tu alcance. Tú no eres mi amigo, no significas nada. No eres más que un punto insignificante en mi línea de vida eterna. ¿Entiendes eso?
Él se encogió de hombros.
—Sí. Y si estás diciendo la verdad, quiere decir que no has tomado el medio deseo que te pedí.
Touché, pensó ella. Acababa de admitir que todavía no era hora de irse. Ella iba a esperar un poco más para decírselo.
—Es verdad —estalló, furiosa—. Todavía tengo que soportar esta tortura.
El humano frunció el ceño y se abstuvo de soltar la palabrota que acababa de cruzar por su cabeza.
—¿Mi compañía te parece una tortura? ¡Estás mintiendo!
—No soy humana, Noah —repitió la muchacha, como si necesitara recordar que era algo más parecido a una fuerza de la naturaleza que a un ser con mentalidad propia—. Estoy harta. La huella que vas a dejar en mí se hace más profunda con cada minuto, me has vuelto consciente del maldito tiempo contigo y del que me quedará después de ti. ¡Termina con esto de una vez!
—Muy bien —aceptó él, ofendido—. Mis pedidos son órdenes para ti, ¿no es así?
—Exacto. Y piensa bien, porque no te permito más raciones.
—Entonces quiero que tengas un deseo para ti.
De todas las estupideces que él había pedido en ese año y medio de conocerla, de todas las cursilerías y gestos melosos que había tenido con ella, ésta era la peor de todas. El deseo final.
—Eres pésimo para calcular el valor de las cosas —respondió la genio, cuando pudo recomponerse de la impresión—. ¿Crees que medio deseo vale por una transgresión así?
—Creo que convertirme en amigo de un ser mágico vale bastante —admitió el chico.
—Eres tramposo.
—Y aprendo rápido —retrucó con rapidez—. No por nada soy un buen vendedor telefónico.
Génesis no tuvo que pensar demasiado en su deseo. Tendría que hacer un peregrinaje por algunos sitios primero, cuestiones de burocracia sobrenatural que debían ser atendidas, pero no sería imposible. Nada en el vasto universo lo era.
—Muy bien. Concedido —dijo, por fin—. Gracias por todo, Noah.
Eso era todo. El final había llegado rápido e insulso para él. Inesperado y por medio de un camino que no había podido evitar. Pero no podía quejarse.
—Ni lo digas, fue divertido.
—Hasta luego —lo saludó como había hecho cada vez, como si no se terminara todo allí.
Acto seguido, desapareció. Noah se dio el gusto de ver el espectáculo, con un nudo en la garganta. La bruma se dispersó en el aire, en lugar de ingresar a su antiguo contenedor. Las luces de las estrellas en el interior de la botella se apagaron, para siempre. El vidrio se resquebrajó y se partió en mil pedazos, el bronce se desintegró en cenizas y la esfera colorada de piedra quedó en el suelo.
El chico aguardó a que la esfera se hiciera polvo también, pero eso no ocurrió. Era lo único que aseguraba que no había estado alucinando todo ese tiempo. El único recuerdo que le quedaría. Feliz por eso, se acercó y la tomó. Haría un buen llavero, junto con la cadena que le hubiera regalado la pasada navidad.

***

Así pasaron los días, las semanas, los meses y él había dejado de esperar. Génesis había cumplido su deseo, nunca le había dicho que tuviera uno siquiera, no debía sorprenderse de que no hubiera vuelto a él al verse libre. Al menos le quedaba el consuelo de saber que nadie volvería a pedir deseos a su bella genio. Le agradaba ser el último.
Una noche de diciembre, cuando llevaba a sus tres perritas de paseo, eligió atravesar el parque donde había formulado la última petición. A sus perros les encantaba hacer sus necesidades en los árboles de ese lugar. Y a él le traía recuerdos agradables. Todos eran felices.
Lo extraño era que, a esas horas, todavía hubiera gente por allí. Una muchacha parecía estar leyendo, sentada en un columpio. No iba a acercarse y asustarla, así que soltó a sus mascotas y las dejó correr libres para observarlas desde el extremo del lugar. Se las veía contentas, como si saludaran a cada rincón con sus pequeñas narices, en busca de algún indicio conocido. Ya hubiera querido él hacer lo mismo.
Caminó con lentitud, rodeando la zona del pasto, entonces vio que la chica levantaba la cabeza y se giraba para mirarlo. Listo, ya había enloquecido del todo. Génesis estaba allí. Pero no era la misma. Seguía siendo la misma chica exuberante de piel clara, nariz respingada y ojos color café. Su cabello rizado caía abundante sobre sus hombros y tenía la misma expresión de picardía de siempre. Pero tenía pies. Y sus curvas no estaban a medio cubrir por el exótico traje colorado. No tenía ese halo de misterio de los seres eternos que se desvanecen cuando quieren. Tampoco flotaba a medio metro del suelo.
—Por los dioses…
—Anda, ya estás diciendo herejías —se burló ella, acercándose—. ¿Te has metido a algún culto extraño en este tiempo de no verme?
Ya no se veía como una muchacha, lo era. Ya no volaba hacia él, ahora caminaba como cualquiera. Y el encanto se había multiplicado para Noah. No podía terminar de creerlo.
—¡Eres tú! —exclamó atónito.
Ella volvió a sentarse y tomó de un bolso que llevaba un libro bastante grande. Lo puso en su regazo y lo abrió a la altura del marcapáginas que llevaba en su interior. El título del volumen era Las mil y una noches.
—Ya no tengo una vida infinita, así que si quieres horrorizarte, te daré tu tiempo. Seguiré con mi libro, está interesante. Cuando hayas aceptado la realidad, me avisas.
—¡No, no! Ya está, lo entiendo —casi gritó el chico, arrodillado frente a ella—. Deseabas esa vida intensa de menos de un siglo, ¿no es así?
—Digamos que sí —admitió la joven—. Aunque no es la única razón.
No obstante, algo de desconfianza oscurecía la alegría de Noah. Uno de los canes llegó junto a ellos, moviendo su cola. El otro estaba entretenido escarbando en el arenero.
—¿Por qué has regresado recién ahora?
—Voy a resumirlo en que la noción de tiempo no es algo que maneje muy bien todavía. Todo lo que tuve que hacer allá arriba me llevó bastante —explicó la antigua genio devenida en humana—. No diré más, no se me permite. Lo importante es que te debo medio deseo y quiero devolvértelo. Tiene que ser algo razonable —advirtió—, recuerda que ya no podrás darme órdenes. Hago esto por voluntad propia.
Noah se levantó del suelo, dio un paso atrás y apretó la piedra roja de su llavero con fuerza antes de responderle.
—Me alegra mucho verte, Génesis. Pero ya no estoy interesado.
Ella tragó saliva y forzó una sonrisa.
—No esperaba esto… En fin…
Era el momento perfecto para que ella se retirara con dignidad. ¿Por qué estaba decepcionada? Él observó su reacción desorientada y supo que sí, era el momento perfecto para él también.
—Igual sigues en deuda conmigo, según tú —continuó, un poco más animado—. Podría aceptarlo si me permites hacer raciones de deseos.
El viejo intercambio acababa de reanudarse. Ella había hecho una broma, él había tardado en contestar a una proposición. Ahora volvía con una de sus trampas. Y su recién estrenado corazón humano se aceleró por la excitación del desafío. Aquello sería interesante.
—Muy bien. ¿Vas a pedir algo ahora, o…?
—Tendré que pensarlo. Por cierto, ¿qué tienes pensado hacer para Nochebuena?
Era seguro. Aquellos próximos años serían interesantes.

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