El señor de los océanos

señor de los océanosEn mis tiempos, los sabios solían decir que el mundo era una enorme llanura, una única porción de
tierra lisa rodeada por agua. Con el correr de los años, los viajes y las aventuras, supe que había más que eso. Montañas, valles, porciones dominadas por la más vasta vegetación, otras convertidas en áridos desiertos. Sin embargo, mi amor siempre fue el mar.
Me gustaba mirarlo desde las alturas, observar sus diversos colores, sus estados de ánimo cambiantes según la luna. Desde muy temprano me fijé un objetivo, cuando era un simple niño fugitivo, el miembro de una casta de nobles caídos en desgracia. Me puse de pie sobre una pila de cajas en el puerto y les juré a las olas que, un día, yo sería el señor de todos los océanos. El príncipe universal. El Gran Khan.
Y lo logré. La suerte me acompañó, dándome grandes aliados en los momentos adecuados. Mi sentido de la oportunidad siempre estuvo muy afilado. Tal vez me ayudó la pobreza en la que caí junto a mi madre y a mis hermanos, apenas mi padre sufrió la traición que lo envió al Otro Mundo. Lo que fue un verdadero regalo de los dioses fue mi firmeza. Tengo fama de ser bastante terco y no muy fácil de conmover. Los senderos que tracé con sangre tardaron mucho en ser borrados, mis ejércitos forjaron una ferocidad invencible y le di a mi antiguo clan un nuevo significado. La palabra poder adquirió un renovado sentido a partir de mis avances. Impuse toda una forma de vida en mi pueblo. Y los vecinos. Y los vecinos de éstos.
Fue entonces cuando subí a la montaña más alta que encontré y establecí mi siguiente objetivo. Aunque no podía ver el mar, me mentalicé en la lejana línea que dividía la tierra del cielo. Me dije que haría mío todo el suelo que pudiera pisar con los caballos de mis soldados. Buscaría la costa, conquistaría cada rincón de esta tierra hasta unir a todos los pueblos bajo mi mando. Y el océano sería el límite.
Para eso, aumenté la cantidad de guerreros, me informé sobre las culturas de los diversos pueblos, tomé a los mejores, los más fuertes de cada región, y les di lo que querían: un baño de sangre y el derecho al botín. El oro es una maldición, les aseguro, una enfermedad virulenta que nos deja sedientos sin remedio. Y yo expuse a mis hombres a eso, con el resultado de que nunca estuvieran satisfechos. Necesitaban más, sus músculos se enfriaban y sus manos quedaban vacías cada vez con mayor rapidez. Entonces ideé nuevas formas de mantenerlos ocupados. Arrasar con todo, despojar, devorar, utilizar hasta no dejar nada en el camino. Cuando los cuerpos del enemigo todavía no estaban fríos, el deseo volvía a alzarse con más fuerza.
Llegué a tener más esposas de las que podía reconocer al despertarme por las mañanas. Y mis amantes se contaban como otro ejército. Sin embargo, nada era más placentero que el dorado brillo de las monedas, la promesa de mi encuentro con las aguas que enmarcarían mis dominios.
Entonces logré pisar la costa, luego de traicionar a uno de mis antiguos aliados en nombre de la necesidad. Lavé el carmesí de mis dedos con la preciosa agua salada. Aspiré con fuerza el aire enrarecido por la batalla y me dije que la mitad de mi objetivo estaba completa. Faltaba la otra, la más difícil. Los consejeros dijeron que la porción de tierra al occidente era mucho más amplia y que debíamos atravesar territorios gobernados por emperadores casi tan inconmovibles como yo. Supe que no habría problema con eso. Mi alma estaba decidida a adueñarse de todo el azul de este mundo. Mis tesoros iban acumulándose, mis enemigos caían derrotados y sus tierras pasaban a mis dominios, yo solo quería tener a mi alcance el mar otra vez.
Así que me alejé de la orilla de ese reino que acababa de anexar al mío, sintiendo que parte de mi alma quedaba para siempre allí. Subí a mi caballo y ordené a mis hombres reagruparse para salir a la mañana siguiente. Ellos necesitaban reponerse, disfrutar de los despojos, revolcarse en la inmundicia. Yo llevaba el mar en mis pupilas, el oro en mis alforjas y la tierra que pisaba.
Mi avance hacia el otro extremo fue algo más lento, cosa que aproveché para estudiar a mis adversarios. El miedo fue un arma que aprendí a usar con destreza, se convirtió en la segunda plaga que manejé en contra de mis enemigos. Algunos soberanos, en pos de conservar sus poderíos, se volvieron peores que yo, intentaron utilizar métodos que igualaran a los de mi ejército. El resultado fue que, al derrocarlos, sus pueblos me daban la bienvenida como a un salvador. No por eso se libraban de entregármelo todo. Mi sed y la de los míos nunca se acababa.
Terminé por dejar varias de mis pertenencias en diversos escondites, no podía arriesgarme a perderlo todo en las campañas por el continente. Llevaba mapas con la ubicación de cada uno de mis tesoros, no permitía que nadie tuviera acceso a ellos, ya fuera por egoísmo o por cautela.
Al final, esa misma sed que utilicé a mi favor se convirtió en la sombra que me acechaba a cada momento. Les he comentado sobre el poder del dinero: convierte a amigos en enemigos, a pobres campesinos en tiranos, a mujeres inocentes en meretrices. Y yo estaba rodeado de gente sedienta.
Así fue como, cuando faltaba poco para cumplir con mi meta y volverme el soberano de aquel mundo seco y hostil, guardé mis últimos botines en un escondite secreto. Solo que, esa misma noche, tuve la mala suerte de ser traicionado por dos de mis esposas y uno de mis generales. El maldito oro me quitó la oportunidad de llegar a besar la arena de aquellas playas desconocidas. Mi desaparición hizo que el enorme imperio quedara dividido por una lucha feroz entre mis sucesores. Porque ellos no estaban sedientos como yo, sino que tenían verdadera hambre. Querían más, sin embargo terminaron enemistados y llegaron otros más inteligentes. Mi sangre, mis métodos, todo se perdió en el olvido. Incluso la ubicación de mi cadáver.
Por eso es que mi espíritu vaga por las profundidades de estas cavernas. Con mi muerte prematura, no solo dejé una meta inconclusa, también una maldición. Todo aquel que supo sobre el lugar de mi entierro, jamás pudo volver a buscar mis tesoros. Al principio, mis asesinos conspiraron entre sí, se eliminaron por la espalda, cortaron las lenguas de sus sirvientes para que jamás revelasen la ubicación, pero luego ya no fue necesario. No quedó nadie con ese conocimiento.
Eso hubiera servido de consuelo, excepto por el hecho de que mi propia maldición me encadenó a una eternidad de tormento en la tierra. Mi alma permaneció en esta estúpida isla. Mi mundo se redujo a una porción de tierra insulsa rodeada por el mar. No sé qué lugar es, los que me trasladaron lo hicieron en el más supersticioso silencio. Aunque, con los siglos, otros vinieron.
Seres de otras etnias que jamás había visto, con extraños peinados y vestimentas, hablando toda clase de idiomas. A todos los atacó la idea de llevarse lo mío, ninguno llegó a salir con vida de la isla. Es que la eternidad de ocio me ha convertido en colaborador activo de la maldición del tesoro. Mis capacidades para armar estratagemas en contra de otros siguen mejorando, aún después de muerto. Mis límites ya no existen, no hay un cuerpo que me contenga, y mi sed sigue creciendo, en proporciones monstruosas. 
Mi oro está a salvo, mi pequeña porción de suelo está rodeada por el mar. Es una lástima que ya no pueda detenerme. He comenzado a atraer a nuevas víctimas por la leyenda de mis tesoros escondidos. Un grupo de extranjeros ha montado un conjunto de estrafalarias casuchas en mi suelo. Atraen a más ingenuos con el cuento del “Señor de todos los océanos”. Es un buen nombre. Hubiera sido mi título si llegaba a pisar las costas de aquel continente maldito. Ahora estoy muy lejos, a medio camino entre mis antiguos dominios.
Igual, puedo volver a comenzar, solo necesito aprender nuevas estrategias. Tengo el mar en mi esencia, el oro de mi parte y la tierra a mi favor.
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Comentarios

  1. Me ha gustado mucho leerte. Te encontré por casualidad, pero siempre es grato coincidir con lecturas así.
    Buen día.

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    1. Qué bueno que te haya gustado. Gracias por tu comentario :D

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