Las desventuras de Madame D - Parte 3

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Pasaron los días, sin que nadie en la redacción me hablara más de lo estrictamente necesario. Bueno, Elisa fue la excepción. Ella fue al otro extremo y comenzó a considerarme una especie de diosa guerrera, o algo por el estilo. Mentiría si dijera que no me aproveché de eso para aferrarme a mi única posible compañía confiable en ese lugar.
No podía cruzar palabra con los gemelos sin sentirme de lo peor. Y cuando miraba al más amable, me estremecían las escenas borrosas que aparecían en mi mente. Ellos habían puesto distancia conmigo, con el notorio fin de no empeorar el asunto.
Solo un par de veces sorprendí a Sergio observándome, con lo que yo supuse que eran ojos de cachorro herido, en cambio Santiago me trataba como si tuviera la peste. Y así íbamos bien.
Hasta que, una de aquellas noches, me volví desde el lobby hacia la oficina a buscar un libro que podía llevarme para adelantar lo de la rueda zodiacal. Vi que había luz en la de Sergio y traté de bordearla para que no me viera pasar. No pude evitar oír que discutía con alguien en un volumen demasiado alto, cosa rara en él.
—¡Tenemos que decirle —gritó—, no es correcto seguir así!
—Con el caos que se armó cuando la vieron huir con la sábana, ¿crees que hay explicación válida? Esto solo va a empeorar las cosas, ya hablamos de esto —contestó alguien—. Deja de insistir, ella está bien ahora, se está adaptando.
No debía escuchar, pero voy a excusarme diciendo que las dos voces eran muy claras. Se trataba de los dos hermanos Ledesma. Y estaban hablando de mí.
—No, no está bien —se desesperó la mitad amable de aquel dúo de locos—. Y yo tampoco me siento bien con esto.
—¿Ah, no? —Casi rió el otro—. ¿De quién fue la culpa de todo, en primer lugar?
Allí hubo una pausa algo extraña. En un momento me di cuenta de que yo estaba conteniendo la respiración, con tal de sentir cualquier pequeño ruido que indicara lo que estaba ocurriendo del otro lado de esa fina pared.
—¿De qué mierda me culpas? —habló por fin el director de arte de la revista—. Se suponía que tú ni siquiera…
—Que yo nada —interrumpió el editor—. Era una fiesta, por una vez podías olvidarte de tus costumbres.
—¡Te había contado lo que haría!
—¿Y con eso qué? Debiste marcharte cuando…
—¡Estaba muy oscuro y había bebido, carajo! ¡No tenía idea de que tú…!
Ambos se quedaron mudos cuando notaron que yo los miraba desde el umbral de la puerta. Mi expresión debió haber sido espantosa, porque ellos entraron en modalidad control de daños, casi de inmediato.
—Delfina, mira, no sé lo que pienses que has oído —empezó Sergio, con gesto de cansancio—. Ven y siéntate con nosotros.
—No voy a sentarme. No quiero —murmuré, mirándolos con toda la fuerza de la palabrita en la contraseña de Madame D en mi cabeza.
Estaban hablando de esa noche. Y no me había gustado nada el tono que habían usado. Era como si compartieran el secreto de un cadáver escondido, en lugar de una simple noche de sexo.
El dueño de la pequeña oficina que estaba enfrente de mi sector hizo caso omiso del ceño fruncido del jefecito, se levantó y se me acercó. Tuve el presentimiento de que algo no iba bien.
—Ya basta de secretos —expresó, casi aliviado—. Voy a contártelo todo.
Retrocedí al pasillo.
—No me interesa lo que haya pasado, o cómo haya pasado —dije con brusquedad—. No me acuerdo ni quiero acordarme. Lo que ocurre en la fiesta mensual, allí se queda. ¿No era ésa la única regla?
—Sí, pero no quiero que sea así —concedió él, apoyándose en el umbral de su puerta y con los brazos cruzados. Creí ver en su rostro un destello que había olvidado de esa noche horrible. ¿Era picardía?—. Ya ni siquiera puedo acercarme a ti.
—Como si fuera a dejarte —contesté, sin poder creer lo que estaba escuchando—. Dijiste que podía avisarle a cualquiera de los dos si alguien abusaba de mi buena disposición, eso es lo que voy a hacer ahora.
—¿Qué carajo le dijiste, Sergio? —reaccionó Santiago, acercándose a la puerta.
—Tú, dime la verdad —exigí, concentrando mi atención en el jefe—. ¿Me has dado la sección de Madame D solo por lo que pasó? ¿Crees que es la manera de indemnizarme y evitar repercusiones? ¿O es por la culpa? —La voz se me quebró, estaba a punto de llorar como una niñita, todo estaba volviéndose más confuso—. Porque, si es alguna de esas cosas, no lo quiero. ¡Prefiero seguir llevándoles el café y los cigarrillos a todos, antes que escribir una columna solo porque me acosté con los dueños!
Sergio abrió la boca para protestar, pero Santiago me tomó del brazo y me metió a la oficina con tanta rapidez que sentí que podía llegar a haber un verdadero cadáver esa noche en la redacción.
—¿Te crees que voy a poner en peligro la revista poniendo a alguien sin ningún mérito al mando de una nueva sección? —murmuró frenético, al parecer temiendo que alguien nos hubiese escuchado, y a pesar de que estábamos solos los tres en ese piso del edificio—. ¿Por un polvo de borracho? ¿Cómo piensas que llegué tan joven a este puesto, chupándome el dedo?
Oh, sí. Había metido la pata. Igual no me importaba, esa indignación terrible me estaba dejando más tranquila sobre su sinceridad y mis méritos como Madame D.
—Lo siento, no estaba pretendiendo insultarte —me disculpé—. De verdad quise saber si había alguna posibilidad de aclarar esto.
El aire de ese pequeño recinto se había puesto denso, como si no bastara para nosotros tres. De pronto, Santiago se desinfló en un suspiro y se frotó las sienes con sus dedos, pidiendo paciencia en voz baja. Lo increíble de aquella escena no era la mitad más bruta del combo Ledesma, señores. No. Era que la otra mitad, la que se suponía gentil, estaba teniendo problemas en contener las carcajadas. Yo no le veía la gracia. Empezaba a asustarme.
—Ya, me rindo —dijo mi jefe, resignado, con la mirada puesta en su hermano—. Nada de esto hubiera pasado si no te ensañaras con la gente de esa forma. Ahora tendrás que explicarle. Si llega a renunciar y a hacernos un juicio, lo pagarás de tu bolsillo.
—No te preocupes —respondió el otro.
¿Ensañarse con la gente? ¿De qué estaba hablando? Miré a Sergio, la mitad amable del dúo sexy-aterrador, y de pronto todo empezó a tener sentido. Elisa me había dicho que la fiesta no era la única tradición, que había una prueba que debía pasar todavía. No podía ser, no había manera de que algo de lo que había ocurrido tuviera que ver con eso. Y luego, mi jefa de sección se había extrañado de que yo no tuviera nada más que contarle.
De repente recordé las miradas que me había echado Sergio la noche de la fiesta. Si existía tal cosa como el gemelo malvado, yo me había equivocado al identificarlo. Santiago había sido duro y brutalmente directo todo ese tiempo, pero sincero. Sergio era la mitad aterradora, el lobo disfrazado de oveja.
No me miraba con ojos de cachorrito herido, sino con verdadera culpa.
—¿Me hiciste creer que habíamos hecho algo esa noche? —quise confirmar, en un hilo de voz.
Él se rascó la nuca, como buscando las palabras adecuadas.
—Te estuve vigilando —empezó, todo serio—, esperando a que te emborracharas. Y como me mirabas mucho también, se me hizo difícil acercarme. En teoría iba a ser algo más tétrico, como hacerte creer que me habías asesinado.
—¿Qué?
—Había preparado un cuchillo de utilería y sangre falsa, tenía todo listo —continuó explicando, para mi espanto, con demasiada naturalidad—. Pero luego te perdí de vista y cuando fui a buscarte te encontré en el suelo de una habitación, envuelta en una sábana y al lado de alguien que dormía. No sabía que era mi hermano.
—Oh, por Dios —rezongó el susodicho, detrás de mí. Yo no podía articular palabra.
—Simplemente me quité la ropa y me acosté para cambiar el plan. Estaba borracho —intentó justificarse—, y me molestó tanto llegar tarde. Creo que quise arruinarte el romance. Si hubiera visto que era Santiago, hubiera sabido que no habría romance en absoluto.
Algo se me estaba escapando en esa confesión, yo solo noté la parte más urgente de lo que estaba revelándome. La más obvia. Si no había estado con Sergio, quedaba una sola opción.
—Pensé que lo sabrías —habló Santiago—. Luego vimos que no negabas lo del trío y temimos empeorar las cosas. Te has ganado una especie de lugar. Están comenzando a respetarte, no sería bueno ponerte en el centro de los chismes otra vez.
—¿De verdad solo estuve contigo? —pregunté, incómoda.
—Sí.
—Mierda.
—¿No vas a ponerte pesada por eso, o sí? —se espantó el jefecito. Nunca lo había visto así de asustado—. Porque si debemos tener esa conversación, que sea rápido.
—¡Oh, no! No —aclaré con rapidez—. Créeme que no voy a mirarte con otros ojos, ni nada por el estilo.
—Ah. Muy bien —asintió, al parecer satisfecho.
Aunque ya no había secretos, ninguno atinó a moverse de su lugar por un rato, con lo que se instaló un silencio incómodo. Les di una segunda mirada al gemelo aterrador en apariencia, y al que era realmente de temer. Los recuerdos tomaron otro sentido. Me sentí una tonta por estar decepcionada de que no hubiese sido Sergio. Él no me miraba como yo a él.
¿Por qué me sorprendía? Nadie se enamora por despertarse al lado de otra persona una mañana, luego de una borrachera. Eso solo ocurre en las películas, y ni siquiera en las buenas películas. ¿A quién se le puede ocurrir semejante disparate?
Por supuesto, se preguntarán qué fue lo que hice. Usé mi mejor cara de póquer y fui hacia la salida.
—Si te sientes incómoda y quieres presentar cargos —dijo el de la broma, apenado—, voy a entenderlo.
—¿Cómo voy a hacer eso? —respondí entre risas, de camino a la puerta—. Fue divertido, ¿no? ¡Lo que ocurre en la fiesta mensual, allí se queda!
—¿Estás segura?
—Por supuesto. Feliz fin de semana, chicos —gorjeé. Sí, estoy segura de que gorjeé como un pajarito de película de Disney antes de cerrar la puerta.
Luego, una vez que estuve a salvo de cualquier mirada, en el ascensor, me permití llorar. Fui un mar de lágrimas ese fin de semana. Cuando volví el lunes siguiente, había superado el asunto y no pensaba volver a mencionarlo. A nadie.

***

—¡No puedo creerlo! —exclamó Elisa, quince días después—. ¡Sabía que Sergio se tenía algo entre manos contigo!
—Habla más despacio —imploré, avergonzada de no haber podido aguantar más con el secreto.
Pero esa noche había sido el cierre de edición y se cumplía un mes del desastre. Entre mis recuerdos y la insistencia de la pelirroja para que fuésemos juntas al festejo, no pude callarme.
—Siempre tiene algo listo para los nuevos, debí advertirte —se lamentó mi amiga—. Lo siento mucho.
—No es para tanto. Es mejor, mi dignidad y otras partes de mi persona siguen intactas —declaré con orgullo, mientras la oficina iba quedándose vacía—. Es una buena noticia, ¿no?
—Te he visto mirándolo, Delfi. Estabas ilusionada —murmuró ella, mientras guardábamos nuestras cosas—. Y él no ha dejado de poner esa cara de tristeza, debe haber quedado traumado.
—Ya lo voy a olvidar, él también —aseguré, tratando de ignorar el nudo en mi garganta—. La nueva pasante será su víctima esta noche, para cuando volvamos el lunes que viene ya habrá nuevos chismes y lo mío se habrá cerrado del todo. Seré solo Madame D, la chica del horóscopo.
—¿Por eso no quieres venir, tonta? —preguntó mi compañera, cuando ya íbamos en el ascensor.
—Me iré a beber sola al bar que fuimos el otro día —la tranquilicé—. No te preocupes, que no pienso aburrirme. Voy a dormir como un bebé esta noche.
Ya estábamos en la calle, en el punto en que nuestros caminos se dividían.
—Como quieras. Si te arrepientes, voy a esperarte —prometió Elisa a modo de saludo—. Mientras me dure lo sobria, así que no tardes tanto, ¿eh?
—No, ve y diviértete. ¡Hasta el lunes! —me despedí también, toda sonriente, y la vi marcharse en un taxi antes de irme por mi lado.
Al darme vuelta para dirigirme a la otra esquina, casi choco con alguien que estaba de pie allí, esperando. De brazos cruzados y sin esconder en absoluto la expresión de picardía. Esos ojos sí que daban miedo, había una malicia que no se encontraba en otros, por más parecidos que fueran.
—¿Así que va a ser más fácil de lo que pensé? —fingió sorprenderse Sergio—. Si hubiera sabido, no me hubiera puesto tan ansioso estas últimas semanas.
—¿Qué estás haciendo? —Me sobresalté y quise alejarme, por alguna razón no pude hacerlo—. Vi a tu futura víctima irse a la fiesta hace más de una hora. Vas a llegar tarde, otra vez.
Él me observó con fijeza por unos segundos, antes de responderme.
—No estoy interesado, gracias —dijo con desparpajo—. Encontré una fuente mejor de diversión. Y promete ser permanente, no puedo resistirme más.
La alegría de tenerlo allí compitió con la indignación de verlo tan pedante. ¿Así era realmente?
—¿Quieres que te golpee aquí mismo, o llamo a la policía?
—Yo pensaba empezar con un poco de conversación, pero si vamos a ir al grano, traeré el auto. No te haré esperar mucho.
Intenté contestar a eso, mas no pude. Entonces tragué saliva y me froté las sienes, cansada.
—¿Qué ocurrió con el Sergio de los ojos de cachorrito? —pregunté, molesta.
—¿Cuál, éste? —borró la sonrisa y allí estaba—. Sigue ignorándome, y comenzaré a ladrar.
—No, basta. Desaparece, o voy a demandarte por acoso. Tengo testigos.
—Lo siento, ¿sí?. Podemos ir juntos a tomar algo y a hablar como personas civilizadas, o puedes irte sola y yo te acecharé como he hecho hasta ahora —explicó, yendo a mi lado como si lo hubiera invitado—. Tengo un problema con mi conducta. De niño, solía molestar tanto al pobre Santiago que terminó así de gruñón. Y yo no me había dado cuenta de lo grosero que era con mis empleados hasta ahora. Lo lamento, de verdad. Sí venía observándote desde antes de la fiesta, me gustas.
Me detuve en la acera y lo miré de frente. Se veía sincero.
—Podrías haberlo dicho como la gente común lo hace.
—Aun así, te vi más molesta de saber que no habíamos estado juntos, que de conocer mi verdadera cara, Delfina.
—Y tú no pareces muy molesto de que haya pasado algo con Santiago.
—Oh, en realidad estoy furioso —admitió—, pero lo arruiné tanto que no puedo decir más nada. Lo único que me queda es preguntarte si podemos empezar de cero. Así como pusiste en el horóscopo, que Acuario debía darse nuevas oportunidades. —No pude creer que había estado leyendo lo que iba a entregar a la sección del mes—. ¿Sabes que si no me aceptas, estarías contradiciendo tus propias predicciones?
—¿Y tú sabes que eres una máquina de decir tonterías? —estallé, en plena calle.
—De nuevo, diré que no pareces tan molesta por eso.
Esa sonrisa era mucho mejor que la expresión de cachorrito. Dios mío.
—Maldito escorpión traicionero —murmuré, reanudando la caminata.
—Bien, bien, vamos entrando en calor con la conversación —se alegró él—. ¿Podemos continuar esto en el bar del que le hablaste a Elisa?
—¡Estabas escuchándonos! —Me detuve otra vez, molesta—. ¿De verdad ibas a seguirme hasta allá?
—Si era necesario, sí —contestó sin inmutarse—. No iba a quedarme sin intentarlo, soy escorpiano, deberías saberlo mejor que yo. ¿Y bien? ¿Vamos?
Me rendí con un suspiro de cansancio.
—Está bien. Empezaremos de cero. Pero antes, dime: en la fiesta mencionaste que la última pasante había hecho un juicio por daños psicológicos. Fue por ti, ¿verdad? ¿Qué le hiciste?
—Te contaré en el camino. Eso me salió caro después, pero valió la pena.
No podía creerlo, estaba riéndome. Aquella noche pude aclarar varios de los misterios que habían preocupado a Madame D en esa oficina y, por si a alguien le interesa, me di la oportunidad de empezar algo con el gemelo malvado de los Ledesma. Pude terminar mi tesis ese año, amplié mi experiencia como columnista y me di el lujo de convertirme en la única víctima de las bromas de la mitad terrible del dúo sexy.
Al final, si lo pienso, lo que todo el mundo creía que yo había hecho se terminó cumpliendo. Igual no volvió a mencionarse el malentendido. Lo que ocurre en la fiesta mensual de Red Rose, allí se queda.

*** FIN ***

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