Las desventuras de Madame D - Parte 2

Para la una de la mañana, aquello parecía una fiesta de mis primeros tiempos en la facu. Incluyendo lo de mi visión borrosa y la parejita que encontré haciendo ya-saben-qué en uno de los baños.

Recuerdo que Elisa se me acercó, con la camisa puesta del revés, y me dio un abrazo.

—¡Bienvenida a la familia de la roooosa rojaaa! —me gritó en el oído, por encima de la música de Beyonce, que ya venía perforándome el tímpano—. ¿Qué te parece nuestra tradición del permiso mensual? El jefecito nos deja destrozarle el apartamento, a cambio de nuestras almas el resto del mes.
—Es genial —empecé a decir, con sinceridad.
Hacía mil años que no salía, mi vida social era un desastre desde que estaba con la tesis. Y en ese momento, no tenía dinero, ni tiempo para la tesis. Mi nueva amiga siguió hablando.
—¡Claro que es genial! Vas a ver que, si logras pasar la prueba, le caerás bien a todo el mundo.

Sonreí y la sostuve para evitar que cayera sobre una mesita llena de frituras y copas a medio beber.

—Ya lo logré —le recordé—. Estoy a salvo. La primera edición está lista y no cometí errores. Santiago me felicitó por mi trabajo. ¡Lo hice!

Entonces noté que ella me miraba con lástima y fruncía la boca antes de hablarme con un tono algo condescendiente.

—Ah, pobrecita. No me refiero a esa prueba —explicó, acercándose más y como si temiera que alguien la escuchara en medio del ruido—. Esta no es la única tradición que tenemos, ¿sabes? —De pronto se detuvo, dubitativa y mirando a nuestro alrededor—. Hay algo que… Solo que no estoy segura de lo que harán esta… Ah, no tengo idea. Nos vemos mañana. —Pareció rendirse en su esfuerzo por decir algo y, cuando me saludó, volvió a aturdirme con un grito directo a mi oído—. ¡Cuídate mucho!

Acto seguido, se marchó del brazo de uno de los chicos de maquetación. Estaba muy, muy borracha, así que no tomé en serio lo que dijo. Tampoco es que hubiera podido entender demasiado, entre los balbuceos y todo el misterio innecesario. Así y todo, no pude evitar un escalofrío.

Para las dos a.m., creo que ya bailaba sola en medio de la sala, descalza y con los brazos en alto. La electrónica siempre me trajo recuerdos de mis salidas con amigas, por más que no la entienda demasiado. Con que tenga un poco de ritmo me conformo. Yo empiezo a saltar y el resto se hace por su cuenta. En eso estaba, cuando la mitad terrorífica del dúo sensual me puso una botella de vodka en la mano y proclamó a grito pelado algo así como:

—¡Por nuestra nueva pasante y futura colega! Con gente tan joven y capaz, el futuro de la profesión está a salvo. ¡Levanten esas copas! —Y señaló con su dedo acusador a uno de los reporteros freelances que estaba acurrucado en un sillón con una secretaria—. ¡Hey, Martínez, saca esa mano de ahí por un segundo para brindar! ¡No conmigo! ¡Al aire nomás, asqueroso!

No me pregunten la razón, sé que lo miré y me quebré. El pico de adrenalina me había abandonado mucho antes, entre las pizzas y el baile, entonces solo quedaban los nervios y el cansancio. Lo abracé y lloré de felicidad.

Y como en un sueño, el resto levantó las copas y brindó por mí. La sensación fue increíble. Estaban aceptándome. Las bestias de la selva me estaban haciendo un pequeño espacio entre ellas. Creo que aullé, o algo por el estilo. La música se reanudó con más fuerza, el jefecito me dio una palmada en la espalda y Sergio me miró desde la otra punta de la sala con un brillo que no entendí pero me hizo el efecto de otro subidón de euforia. Volví a saltar, esta vez en una ronda con otros compañeros, no podía parar de reírme. Estaba feliz, pensé que podría acostumbrarme a trabajar como loca si la cosa terminaba así todos los meses.
Eso es lo último que recuerdo, después todo se fue a negro.

***

Al día siguiente no tenía que trabajar, era domingo, y se nos daba un descanso además por el logro del cierre y previendo los resultados de la fiesta. Otra tradición. Desperté, sintiendo que cada centímetro de mi cabeza era atravesado por pequeñísimos alfileres. Estaba sobre la alfombra, en una habitación desconocida, el doloroso resplandor de la mañana iluminaba el lugar lleno de botellas, etiquetas de cigarrillos y restos de objetos rotos.

«Vaya descargo», pensé. «Con razón trabajan con tantas ganas después. Así cualquiera ».

Intenté moverme para ir al baño, pero al dolor de cabeza se sumó una resistencia externa. Algo atravesaba mi cintura y me anclaba al suelo alfombrado. Ahogué un grito cuando comprobé que era un brazo. Había alguien medio desnudo durmiendo a mi lado, abrazándome. Me incorporé muy despacio, con mi estómago a punto de salir por la boca.
Debía ser un malentendido, yo jamás podría haber tenido algo que ver con esa persona, ni en la peor de las borracheras. Entonces me di con aquella pierna enroscada con las mías. No había ningún secreto ahí, señoras y señores. Y yo estaba envuelta en una sábana. El horror.

A mi derecha, el jefecito dormía en ropa interior, con el brazo que yo había apartado en una posición antinatural y sin inmutarse por eso. A mi izquierda, la otra mitad del dúo sexy roncaba de una manera muy poco amable, así como Dios lo trajo al mundo y todavía con sus pies entrelazados con los míos.
No lo soporté más, corrí al baño tratando de no tropezar y vomité todo lo que había bebido.


***


Para el lunes siguiente, entré a la redacción fingiendo estar demasiado ocupada hablando por el móvil como para responder preguntas. O mirar a los ojos a alguien. Hice la ronda de cafés para todos hablando, con el teléfono apagado, de algún supuesto encargo que tenía que completar. Lo cierto fue que nadie me hizo demasiado caso. Era como si todos hubieran vuelto a sus poses erguidas y llenas de presiones laborales.

Aunque noté algunas miradas más cargadas de irritación que de costumbre, no escuché que se mencionara nada sobre mi vergonzosa salida ese sábado por la mañana del apartamento del jefecito hot. O sobre cómo corrí fuera de allí con mi ropa en la mano y envuelta en una sábana.

Les comento que huí realmente desnuda apenas salí del baño. Me vestí en el ascensor y me pegué tremendo susto cuando me tropecé en brassier con el guardia de seguridad en el hall del edificio. Para sumarle escándalo, los gemelos Ledesma me perseguían en ropa interior desde el otro elevador. Si el hombre no me detuvo por mi comportamiento sospechoso, fue de milagro. O tal vez estuviera acostumbrado a esas escenas con aquellos inquilinos. Pude escaparme, es lo que importa.

De lo que no podría escabullirme sería del encuentro de esa mañana con esos dos. Ya tenía el telegrama de renuncia, solo debía enviarlo y desaparecer de ahí para siempre. Tendría que despedirme de medio sueldo, por no avisar con antelación, pero lo de aquel fin de semana había sido demasiado como para soportar por quince días más. Seguiría buscando trabajo.

Lamentaba, de verdad, haberlo arruinado de esa manera. No era como si fueran a llover las ofertas de empleo después. La cosa estaba difícil de por sí, como para que yo fuera y me armara un trío con los propietarios de la redacción.

Yo era Madame D, con «d» de desquiciada. Desordenada. Degenerada. Desmemoriada. ¿Por qué no me acordaba de nada? —Perdonen la rima, fue sin querer—. Si cometí el error más tremendo, inimaginable aún en mis juergas alocadas de la adolescencia, ¿cómo era posible que ni lo recordara? Al menos, ciertas partes de mi anatomía deberían haberse sentido extrañas, ¿no?

Revisé mis cositas cuando llegué a mi apartamento, me bañé como tres veces, pensé en ir al médico y hacerme todos los análisis posibles. Lo peor fue que, esa noche, antes de dormirme, llegaron a mí algunas memorias perdidas de la fiesta. Entre ellas, me vi besando y toqueteando a, por lo menos, una de las mitades del dúo sexy. Era verdad. Lo había hecho. Solo pedí que mi mente no me dejara recordar la peor parte. O la mejor, según cómo lo veamos… No, no, dejémoslo en que era la peor.

A pesar de lo dicho, confieso que ese lunes no dejaba de intentar recordar algo mientras hacía todos los mandados que me llevaran lo más lejos de los gemelos. Algo en mi cabeza estaba funcionando mal, no entendía por qué no era capaz de ir directamente al correo y echar al buzón el telegrama de renuncia. En fin, cuando no pude seguir evitando ir a mi puesto en la redacción, volví al sector que compartía con Elisa. Mi compañera me recibió como si yo fuera el bus de la selección al regreso del mundial de Brasil. Les juro que hasta tenía un cartel en la mano a modo de felicitación, improvisado en papel de impresora, que decía: «Campeona del sexo, vamos por más».

—¡Por favor, baja eso! —siseé antes de abalanzarme sobre ella para quitarle la vergonzosa pancarta.
—Oh, pero si te has convertido en mi heroína —comentó la pelirroja, entusiasmada—. ¡Quién pudiera!
—Un momento. —La detuve—. Te vi marcharte de la fiesta mucho antes de que yo estuviera borracha. ¿Cómo te enteraste?

Yo la miraba horrorizada, pero para ella fue una delicia volver a hablar del asunto.

—¿Cómo no enterarme de la doble hazaña de Madame D? —susurró risueña—. Todos estaban hablando de eso hasta que llegaste. Aunque hay más de una envidiosa, déjame decirte, pero no les hagas caso. Lo que hiciste fue digno de un monumento.

Mi estómago se contrajo. Era el peor escenario.

—¡Oh, por Dios! —exhalé y tuve que sentarme—. Entonces sí me he convertido en la vergüenza de este lugar.
—Oye y, por casualidad, ¿pasó algo más luego de que me fui? —preguntó con cautela mi compañera—. Algo digno de mencionar.

«¿Algo más?»

—No. Es decir, no que yo recuerde. ¿Por qué?
—Qué extraño —murmuró pensativa la otra—. Se suponía que tenías que… Olvídalo. Debes haber roto con la racha, con lo que ocurrió. —Sé que no debí hacerle caso mientras hablaba de eso, es solo que no podía dejar de pensar que no tenía nada de hazaña para que lo mencionara de esa manera. Me levanté y alcé mis cosas, dispuesta a huir, cuando la pelirroja me detuvo—. Espera, tenemos cosas que hacer. ¿Adónde vas?
—Debo ir al correo a llevar el telegrama de renuncia, no sé porqué no lo hice antes. Si de todas maneras no tiene sentido llegar temprano justo ahora que…

Frente a mí apareció una de las columnistas de la sección de moda, con una expresión nada amigable. No estuve muy segura, pero creo que tenía cara de Tauro, pensé en preguntarle su signo justo antes de que empezara a hablarme.

—No te vas a ir a ninguna parte, querida —empezó con dureza. Sí que debía ser Tauro. O Capricornio, probablemente—. El trabajo es el trabajo, hay mucho que hacer como para que nos dejen sin ayuda justo cuando la necesitamos.
—Lo lamento —contesté, aunque sin retroceder—. Dime qué necesitas y lo haré apenas termine de enviar esto.

Ella levantó una ceja, incrédula.

—¿Y soñar que vas a cumplir un encargo por el que nadie va a pagarte? ¿Quién eres ahora, la Madre Teresa?

Iba a marcharme sin hacerle más caso, pero mi amiga pelirroja intervino en la discusión para hacerla suya también.

—Hey, basta. Se te va a caer la piel de lo verde que la tienes —ironizó—. La envidia es mala para la salud, ve a echar tu mierda a otra parte, ¿sí? Y tú, Delfina —señaló, con las manos en las caderas—, no vas a ir a ningún lado. Primero, porque necesito que me hagas unos mandados, pero más que nada porque no vamos a ser machistas en la redacción de una revista para mujeres.
—Ahora saltó la loca del consultorio amoroso —se carcajeó la otra—. Como siempre, hablando de cosas de las que no tiene ni idea.
—No vamos a poner en duda el profesionalismo de nadie antes de tiempo —volvió a enfrentarla la más bajita—. Esta chica ha hecho bien su trabajo el último mes, y a esa fiesta nosotros no fuimos precisamente a oír misa.

Otra vez estaban hablando de lo de aquel sábado.

—Exacto. Lo que ocurre en la fiesta mensual, allí se queda. No se convierte en la excusa para afectar el rendimiento de los demás huyendo sin aviso y dejándonos tapados de trabajo.
—Nadie ha dicho nada sobre huir —insistió mi defensora.
—Elisa, yo puedo sola —advertí. Ya estaba empezando a enojarme.
—Veo que no, porque no le has contestado lo que debías.
—Ya está, voy a dar un aviso y me quedaré un mes más mientras encuentran a otra persona —decidí de repente, intentando sonar conciliadora sin lograrlo—. ¿Contentas?
—No —siguió mi compañera de escritorio, elevando el tono de voz para que todos la oyeran—. Eso será una pena, ¿sabes? Porque si en vez de ser una chica la pasante, hubiera sido un hombre el que se acostó con dos de las personas más deseadas en la redacción, hoy todos estarían aplaudiendo y haciendo bromas con él. ¡Pero cuando se trata de mujeres, no hay siglo veintiuno que valga!

Mi compañera hablaba y todos se habían dado vuelta a mirarla. Los pocos que todavía no prestaban atención, lo hicieron cuando las puertas del ascensor se abrieron y los gemelos Ledesma salieron para escuchar la segunda mitad del discurso. Mi humillación ya no tenía límites.

Volví a mi asiento y me hundí en este, esperando hacerme menos visible, mientras Sergio avanzaba hacia Elisa y Santiago paseaba una miraba furiosa por todo el lugar.

—¿Qué ocurre, Mores? —preguntó el más amable de los dos. Se veía algo perturbado, llevaba la expresión de un niño al que han sorprendido en una travesura.

Imaginé que él debía estar avergonzado también por lo que —me da escalofríos incluso decirlo— habíamos hecho. Si esperaba que eso me tranquilizara, no estaba haciendo efecto. El dúo sexy empezaba a volverse aterrador para mí. Aunque no menos atractivo. En especial, esa mitad que parecía sentirse culpable del asunto. De pronto mi cerebro decidió revolver en las escasas memorias de aquella noche y sentí que la temperatura del lugar aumentaba. Por suerte, el otro hermano distrajo mi atención y la de todos.

—A nadie le importa lo que sea que ocurra —ladró el editor—. La única regla que tenemos sobre eso es que lo que ocurre en la fiesta mensual, allí se queda. Si vuelvo a notar el mínimo comentario hipócrita de cualquiera, se las tendrá que ver conmigo.
—Creo que lo está empeorando, jefecito —susurró Elisa, pero cerró la boca de inmediato.
—No voy a tomar ninguna renuncia, Delfina —continuó, aterrador como siempre, al menos no había cambiado—. Madame D ha tenido buena recepción en el público. Estás en un trending topic de twitter con lo de la rueda del zodíaco, así que estoy pensando abrir una sección de consultas aparte para ti.

Lo observé desde mi asiento, boquiabierta, antes de asimilar lo que me estaba insinuando.

—¿No puede responderlas Elisa? —fue todo lo que atiné a decir.
—Claro que no, sería demasiado parecido. Vamos a darte una página extra para eso.
—¿Y el resto de mis tareas?

Sí, ya lo sé, estaba rezongando. Me estaba dando ese lujo. Tampoco estaba ayudando a aumentar mi cantidad de simpatizantes en la redacción.

—Los de Recursos Humanos enviarán a otra pasante —explicó Santiago con rapidez—. Tú serás Madame D, la del horóscopo y la rueda del zodíaco. Estarás alerta en el twitter para seleccionar las consultas más interesantes para la nueva sección. Incluso, tal vez puedas sumar algo extra sobre compatibilidad y esas cosas que tanto le gustan a la gente que cree en eso.
—Pe…pero…
—¡Felicidades! —chilló la pelirroja, más emocionada que si le hubiera tocado a ella.

A su lado, la de la sección de moda sonrió y meneó la cabeza con indignación antes de desaparecer por uno de los pasillos.

También se marchó el dúo sensual, seguidos de los encargados de otras secciones, para tener la primera reunión de planeamiento sobre la próxima revista. Yo estaba bajo las directivas de Elisa, quien fue la única que pasó a mi lado sin darme una mirada gélida. Me di cuenta de que todos creían que sabían cómo me había ganado el extraño ascenso.

Prendí el ordenador e intenté empezar a trabajar. Lo primero que encontré en mi correo fue la notificación de los de Sistemas sobre mi nueva cuenta de twitter: @MadameD. Logré ignorar la horrible sensación que anidó en mi pecho y me sumergí en la nueva lista de cosas por hacer. No quería pensar en que todo el esfuerzo que había puesto ese mes había sido descalificado por haberme metido con los Ledesma.

O tal vez sí, porque la contraseña que le puse a la cuenta de Madame D en la red social del pajarito fue un insulto sumado al apellido de los dos y el número del apartamento de la noche del desastre. Ni siquiera tuve que anotarla, hasta el día de hoy sigue bien fresca en mi cabeza. Será que la memoria es caprichosa.

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