Las desventuras de Madame D - Parte 1

Madame D cap1El carnero de Aries me perseguía enloquecido, con una furia asesina en sus ojos y una velocidad increíble. Estuve obligada a levantarme de mi asiento en el puesto de la redacción para salir corriendo. 

Tuve que patear del camino a la balanza de Libra y golpear a la chica de Virgo con mi bolso, para que me dejaran seguir. 

Distraje a la cabra de Capricornio arrojándole el jarrón de Acuario, antes de que los rugidos de Leo se sintieran con más fuerza desde la oficina de Marketing.

Cuando iba llegando al final del pasillo, un escorpión gigante me impidió seguir hasta los ascensores. Lo mejor fue que cambiara de dirección antes de que me hiciera su presa.

La flecha de Sagitario me dio en plena nalga izquierda cuando me subí a la silla vacía de un escritorio y salté hacia el otro lado, para caer encima de una de mis compañeras y pisotearle sus carpetas con mis tacones de veinte centímetros. De alguna forma, estuve segura de que medían menos de la mitad cuando me los puse antes de salir. Estaban creciendo. Y cada vez más.

Me moví con dificultad hasta la vía libre, entonces vi al gigantesco Tauro, todo terquedad y decisión. No iba a dejarme salir de allí. Al darme la vuelta para escapar hacia el lado opuesto, mis tacos, que ya medían medio metro, resbalaron con los dos pececitos de Piscis.

Caí despatarrada sobre la alfombra, mientras los hermanos Géminis se reían a carcajadas de mi mala suerte. Para colmo, desde el techo bajó un megáfono gigante, con una voz mecánica que comenzó a hablarme.

—Los astros le dicen: Cuide la salud, está trabajando demasiado últimamente. El amor viene un poco flojo, no sea terca y acepte la invitación del chico del otro día. Una buena, el dinero va en ascenso, solo consiga en qué gastarlo. Y la frase de la suerte para esta semana es: Mejor pájaro en mano, que cien volando…
Cien volando… volando… volando…



—Deja de volar, Delfina —me llamó otra voz masculina, pero más humana—. ¡Hey!
—Yo creo que colapsó —dijo alguien.
—Debe estar muerta ya —dictaminó otro, en tono autoritario—. Apártala del escritorio, busca alguien que la reemplace. Cuando lleguemos al cierre de edición, llamamos a la familia y que le hagan el entierro.

Entonces abrí los ojos y levanté la cabeza de la dura superficie del escritorio.

—¿Entierro? —balbuceé—. ¿Qué?

Recién en ese momento pude enfocar la vista y darles una identidad a las voces intrusas. La primera, la única que sonó con algo parecido a la preocupación, fue la de Sergio Ledesma. Él era el director de arte de la revista y siempre estaba en la oficina que quedaba frente a mi puesto de trabajo.

La segunda voz era la de mi compañera de escritorio, Elisa Mores. Ella era la pelirroja acomplejada por su metro sesenta, que compensaba el asunto con sus escotes y personalidad arrolladora. Estaba encargada de las secciones: consejos para satisfacer a tu hombre, la búsqueda del modelo masculino del mes y el consultorio amoroso. Es increíble cómo logra responder toda clase de dudas con su amplia sabiduría sexópata. Es decir, siempre les recomienda a sus lectoras que vayan por el chico, sin importar la situación-estado civil-diagnóstico psiquiátrico del candidato.

El último, el de la voz de mando, era Santiago Ledesma, nuestro editor en jefe, el pie cuya pisada todos teníamos marcada en nuestras espaldas hasta el cierre de edición. El jefecito calenturiento, en todos los sentidos. Porque así como te desnuda con la mirada, te deja knock out con mil tareas imposibles a un plazo más imposible de cumplir. El jefecito hot. Ah, si se fijaron bien, tiene el mismo apellido de Sergio.

Es que son hermanos. Gemelos. Los dos igual de sexys, con sus metro ochenta y tantos, sus espaldas anchas, sus duras cabezas rubias y sus ojos verdes. Los dos igual de viperinos cuando quieren pedir algo, pero Sergio sí tiene un mínimo de educación para hablarnos.

—Ah, respiras todavía —dijo Santiago y me echó un vistazo general antes de dar media vuelta—. Más te vale tener listas las secciones para esta tarde, o saldrás del edificio con los piecitos para adelante. —Al retirarse, alzó las manos y batió palmas al aire con el fin de alejar al resto de los curiosos que se habían amontonado alrededor de nosotros—. ¡Vamos, vamos gente! Aquí no pasó nada, a trabajar.

Todos se marcharon, algunos lamentando en voz alta la falta de sangre derramada por el hecho de que «la nueva» se hubiera dormido en su escritorio en pleno horario de trabajo. Elisa prometió traerme un poco de su súper energizante con guaraná y cafeína, a lo que Sergio agregó una simple inclinación de cabeza.

Ah, porque no les dije. «La nueva» era yo. No llevaba un mes trabajando en este lugar y ya sentía el cansancio pesándome horrores. Mis curvas habían desaparecido por la falta de comida decente, mi orgullosa melena castaña se había convertido en una maraña de frizz que tenía que ocultar con gorros y mis ojos se habían vuelto dos pozos oscuros, sostenidos por sendas ojeras.

No era que mantener mi apariencia pudiese compararse con el orgullo de pertenecer al staff temporario de Red Rose, la revista femenina más importante del país. Era que se acercaba mi primer cierre de edición y no tenía idea de lo que estaba haciendo.

Ya lo sé, suena irresponsable. Y poco profesional. Y espantoso. Pero es la verdad.

En pocos meses, esperaba convertirme en Licenciada en Comunicación Social, con un buen promedio y a la preciosa edad de veintidós años, pero necesitaba dinero. Estaba a punto de recibir mi título, pero la situación económica familiar no me permitiría seguir viviendo en la gran ciudad sin hacer algo para mantenerme. Así fue como caí en el consultorio de Madame D. Entiéndase por consultorio, esta porción pequeñita en la sala de redacción. Y por Madame D, esta servidora.

Cuando asistí a las oficinas de Red Rose por el aviso en el que pedían pasantes femeninas creativas y desprejuiciadas, con flexibilidad y disposición para el aprendizaje, lo hice con todas mis esperanzas. La entrevista individual, la última en el proceso de selección, la tuve con Santiago.

Con toda la desesperación de mi economía en rojo, me vestí como se supone que lo hace la típica lectora de Red Rose: moderna y con un ligero toque provocativo. Ensayé una serie de ideas para nuevas secciones a proponer, preparé todo un discurso de mujer dinámica y segura de sí misma para convencerlo de tenerme en sus filas.

Apenas me notificó que lo de «flexibilidad y disposición para el aprendizaje» era un eufemismo para nombrar a la chica multitareas de la oficina, el estómago se me hizo un nudo. Me encargaría de las funciones más básicas (es decir, las que nadie quería hacer): la organización del correo de lectores, la búsqueda de recetas para la sección de cocina a través de la web, las novedades del cine y la tv, la provisión permanente de café, comida y tabaco para todos… y la redacción de la sección del horóscopo. 

Yo ya estaba pensando en mis cuentas al día, mis amigas a las que les había contado sobre la entrevista, mis padres creyendo que su hijita sería parte del pequeñísimo porcentaje que consigue ejercer la profesión que estudia, y no pude reaccionar del todo. La cuestión es que, cuando me di cuenta, ya había dicho que sí.

Por suerte, no me tocaba responder las cartas, eso era tarea de Elisa. Leer a esas mujeres afligidas y tratar de contenerlas cuando yo misma era un desastre, no hubiera sido nada fácil. Porque la convivencia con los locos de aquella redacción contaba como mi única experiencia con el sexo opuesto en el último año. Sequía de dinero y búsqueda desesperada de la realización profesional. No había mucho lugar en la ecuación para ningún hombre. En serio. Lo juro.

Así que allí estaba, a pocas horas del cierre de edición, temblando como una hoja por miedo a que alguien me demandara por charlatanería. Me las arreglé para organizar la información sobre los signos, conseguida en libros e internet, en una sección que llamé «La rueda del zodíaco de Madame D». Con eso, podía decir cosas generales sin hablar de pronósticos y, a la vez, lograr que quedara bonito con ayuda de uno de los chicos de diseño. En el proceso, me quedé dormida sobre mi escritorio y tuve ese horrible sueño.

Bebí el cóctel explosivo de mi compañera y me puse a repasar lo que tenía escrito, hasta el momento, de los consejos de Madame D. Salud, listo. Dinero, terminado. Amor, más que finalizado. Me faltaban las frases de la suerte de algunos signos, pero no podía decidirme todavía. Por si a alguien le interesa, soy Acuario. Elisa es Géminis. Y el dúo de tipos sexys que dirigen esta revista con mano de hierro son Escorpio. La madre de ambos es la directora general de la revista, una temible Aries con cara de Cruella de Vil, pero ella casi no tiene contacto con nadie que no sean sus retoños.

Mis finanzas en rojo esperaban el primer sueldo. Así que, para Acuario: Mejor pájaro en mano, que cien volando.

Ahora bien, no crean que esto se trata de mis quejas sobre el trabajo. «Delfina, al menos tienes algo», dirán ustedes. Y sí, es verdad. Porque lo que voy a contarles no se trata de mi puesto como falsa astróloga temporal en Red Rose, sino de lo que ocurrió la noche del festejo por el cierre de edición.

Verán, cuando era adolescente me encantaban estas cosas del zodíaco, el I-Ching y la lectura de cartas. Cuando entré a Red Rose, no tuve tantos problemas para manejarme como Madame D. Lo que yo no tenía idea era que existía una verdadera rueda de entidades dignas de mitología ahí mismo, esperando para arrollarme.


***


—¡Por el trabajo cumplido! —exclamó Santiago cuando levantó su copa de espumante esa misma noche frente a todos nosotros.

Apenas quedó lista la revista del mes, el staff terminó con un brindis en el apartamento gigantesco del jefecito calenturiento. Yo no había comido, por los nervios, y tampoco había podido dormir casi nada en los últimos días. El shock que tenía por haber pasado la fecha límite con éxito me había dejado a tope.
Había pensado que colapsaría apenas todo terminara, pero pasadas las once de la noche yo seguía eufórica, así que seguí a la horda de mis compañeros y terminé bebiendo con Elisa. Ella me explicó que era tradición el festejo, que luego de la cantidad de stress y de las incontables horas de trabajo, ya todos se consideraban en Red Rose como una gran familia. Yo no podía creerlo pero, apenas pasaron los primeros tragos, la mayoría se desató.
El aire se llenó de risas, chistes pasados de tono, comentarios exagerados sobre política, religión y chismes sobre cada uno de los miembros que no habían ido esa noche. Pude ver una cara muy distinta a la que mostraban todos en la redacción. Y deseé pertenecer al grupo. Era mi primer trabajo, uno bastante extraño pero a la vez divertido. La gente había resultado muy graciosa. Quise quedarme allí.
Déjenme repetirles un detalle importante: hacía días que no dormía ni comía bien, estaba nerviosa e insegura, era una chica sin experiencia que quería encajar. Sí, se lo imaginan, ¿verdad? No podía terminar bien.
—¿Y qué tal el primer mes? —preguntó de repente Sergio, la mitad amable del dúo sexy de la revista—. ¿No han abusado de tu disposición todavía?
—¡Oh, claro que no! Es decir, no sabía que podía hacer algo útil con mis libros sobre el horóscopo hasta ahora, ni tenía idea de que había tantas clases de café para llevar —balbuceé, sintiendo por primera vez en la velada los efectos del alcohol en mi lengua pastosa, para rematar con una risita—. Todo se aprende. Todo sirve.
—Me alegra mucho, la última pasante que duró más de un mes terminó poniendo una demanda por daños psicológicos —comentó, como si no fuese nada más que un chiste—. Conozco los bueyes con los que aro, a veces la redacción se convierte en una selva. Avísanos a Santiago o a mí si hay algo con lo que no te sientas cómoda, ¿está bien?
—Por supuesto —asentí, pensando que la principal causa de malestares en ese mes había sido el par de gemelos Ledesma—. Yo les avisaré.
Y lo vi marcharse al otro lado de la sala repleta de gente, con su paso tranquilo y seguro, a pesar de que llevaba unos cuantos whiskys encima. Lo sabía, porque lo había estado mirando toda la noche como una degenerada. En ese momento se veía bien escorpiano, con ese encanto siniestro que no mostraba en la oficina porque él era la mitad más amable e interesante del dúo sexy. Con eso me refiero a que no me estrangulaba el terror cada vez que lo veía dirigirse a mí, a diferencia de lo que me ocurría con su hermano. Bueno, eso pronto cambiaría.

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