Adiós y hasta pronto (Relato para el concurso del Club Vidas de tinta y papel)


Si pudiera dar un largo suspiro, lo haría. Los abetos no tenemos esa capacidad. Pero sí podemos extrañar, amar y tenemos nuestras preferencias, nuestros gustos. A mí, por ejemplo, me encanta el aire fresco, el frío que todo lo cura con su manto de sopor, el momento en que la vida se da un tiempo de descanso para retomar fuerzas cuando llegue la primavera. Todos adoran a la ruidosa y colorida estación de las flores, pero yo no. Yo amo al invierno. Y el invierno acaba de irse, me abandona como lo ha hecho cada año.

¿Y saben qué es lo más difícil de esta ausencia? Que mis ramas perderán la preciosa cobertura blanca de la nieve. Oh, preciosa y helada blancura que me acunó en su abrazo, durante los cortos días y las larguísimas noches en el bosque oscuro y denso. Esto es el amor, por más que algunos crean que los abetos no tenemos sentimientos, que no podemos opinar.

Las manadas de lobos que vagan por la espesura de estas tierras me comprenden, aunque

no haya posibilidad de comunicarnos. Tenemos la misma pasión por el frío y sus ventajas. A ellos les gusta el adormecimiento que domina a sus presas, la dulce sensación de hundir sus patas en la mullida nieve mientras caminan, conozco esa sensación a pesar de que no me mueva. Sé lo que es que la base de mi ser se hunda en la preciosa blancura. ¿Cómo no amarla con toda mi alma de árbol?
Ahora alguien va a decir que los árboles no tenemos alma. Sí que la tenemos, y más si se trata de un ser tan antiguo y sabio como yo. No necesito la humildad si puedo contener entre mis fibras el secreto de siglos en la silenciosa naturaleza de los bosques del norte. Vuelvo a decirlo, esto es amor, del más puro y sincero.

Pero ahora mi adorada nieve se derrite, se convierte en líquido y se me escurre entre las raíces, vuelve a formar parte de mí y me da su vida para que cuando volvamos a encontrarnos, en un próximo invierno, yo pueda amarla todavía más. Los rayos de ese sol impertinente comienzan a colarse entre las ramas de mis compañeros, y yo no quiero que llegue hasta las mías. Me gustaría conservar a tan preciosa compañera un poco más.

Pero llega el momento, al final, y sé que cuando el hielo del lago cercano se convierta en agua otra vez, llegarán los visitantes oportunistas, en sus canoas, con sus cañas de pescar y sus risas, sus ropas coloridas, a pisotear los restos de mi adorada nieve. Si pudiera soltar un sonoro suspiro lo haría.

Pero como soy un alma antigua, sé que esta primavera que llega, como todas, pasará. El ciclo se renueva una y otra vez, no debo preocuparme por eso. Porque sé lo que es el amor, y éste siempre espera. Mi paciencia es inagotable, y lo será hasta el fin de los días.

Por eso te saludo, mi amado invierno.

Adiós y hasta pronto.

Comentarios

  1. La vida es un ciclo y todo se va y vuelve. Bonito texto.
    Besos.

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  2. Hola ;) me gusto tu texto, y el hielo la nieve me inspiran ,me gustan los libros de katzenbach los he leidos todos

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    Respuestas
    1. Me alegra mucho que te haya gustado :D
      ¡Besos!

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  3. Hermoso texto, como siempre Jaz escribiendo bellísimo y así como vive ese Abeto es todo. Un abrazo grande y a disfrutar de este invierno :)

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