domingo, 28 de agosto de 2016

Última danza (Reto Tahisiano - Agosto)

AruniEstaba atrapada, atada por aquellas palabras al círculo trazado con sangre sobre la arena. El frío de la madrugada en pleno desierto la había impresionado, pero no tanto como la sed que brillaba en los ojos del hechicero y sus aprendices cuando la convocaron. La oscuridad del conjuro intentaba cegarla, la densidad del aire era asfixiante y, sin darse cuenta, ella sola ya había levantado un remolino de fuego que se perdía en las alturas. Con todo, seguía presa de quien fuese que la había llamado.

El mayor de todos, un humano rodeado de un aura tan pesada que era imposible de ignorar, le hablaba a gritos, sin cesar. Repetía palabras inconexas, una y otra vez. Y Aruni sacudió la cabeza, desesperada. Chilló en su propia lengua. Lo único que logró fue entusiasmar más a los otros humanos del círculo, que la observaban como si se la fuesen a devorar.

Ella hubiese querido avisarles que ya tenían su atención, que no necesitaban seguir molestándose con demostraciones. ¿Qué favor querían pedirle? ¿De qué falta contra la naturaleza querían hacerla cómplice? Pero no sabía nada sobre el lenguaje de los humanos. Apenas sabía comunicarse con las salamandras de los niveles superiores, que la llenaban de órdenes y de prohibiciones de acercarse a los límites de aquella dimensión. A una elemental tan joven como ella, la curiosidad la había puesto en una situación de la que no podría salir.

Entonces, se le ocurrió apostar por utilizar la energía del lugar. Kidara era un terreno tan castigado que latía con magia propia. Tal vez ni ella misma saliese intacta de aquello, pero comenzaba a sentir que aquel hechicero no estaba interesado en lograr su cooperación por las buenas. Destruir, escapar y luego enfrentar el castigo de no ascender jamás. O morir allí, para que su esencia fuese repartida entre aquellos humanos de ojos aterradores.

Al momento de hacer su elección, un sonido de afuera del círculo la interrumpió. Fue una voz poderosa que se metió en sus pensamientos y hubiera sido la causa de que su resistencia se rompiese, de no ser porque tuvo el mismo efecto sorpresa en su captor.

—¡Basta!

Era el grito de un humano, un joven que acababa de encontrarse con la escena del ritual y no parecía contento. La confusión del hechicero fue palpable, porque empezó a hablar en un tono mucho más calmado, aunque pareció tener problemas para enhebrar lo que decía. Y Aruni sintió que envidiaba aquella capacidad de comprensión entre ellos. Hubiese dado lo que fuese por saber qué acababa de decir aquel chico.

El mayor perdió su concentración, los demás hambrientos parpadearon, sin el brillo extraño en sus miradas, y las amarras invisibles que la mantenían allí se hicieron débiles. Al demonio con las palabras. Eso fue suficiente para ella.

Lo que siguió a aquello fue más que obvio: convertir en una bola de fuego al humano que osaba meterse con una salamandra de nivel ejecutor era lo menos que podía esperarse. Aunque, del resto, se encargó el otro joven. Aruni había caído en la cuenta de que iba a perder todo lo que había logrado con aquella falta. Los elementales no estaban para hacer daño a ningún ser que poblase la tierra. Aunque las reglas no estuviesen hechas para casos excepcionales como aquél.

Igual, podía ser que nadie supiese lo de aquella noche y ella ascendiese para ayudar a cambiar del todo aquellas reglas estúpidas.

Se dio cuenta, en ese instante, de que el chico era el único que quedaba con vida en semejante escenario. Aparte de ella. Y le hablaba, desesperado. Aruni lo observó, fascinada. No entendía uno solo de los sonidos que él emitía, pero sabía que lo había asaltado el mismo arrepentimiento por lo que acababa de ocurrir. Con la diferencia de que ahora venían más. Y podían elegir no seguir metiéndose en líos.

Él perdió la paciencia y dejó de hablarle, para alzar las manos y taparse el rostro, al borde del llanto. Aruni sintió que la invadía la ternura. Y se juró que algún día le agradecería el favor, como era debido. Antes de que una horda de humanos llegase hasta ellos, en medio de aquella noche que volvía a ser oscura y fría, alzó un dedo y los transportó a ambos lejos de allí.

Dejó al muchacho en las cercanías de un huerto familiar, en un pueblo al otro lado de la frontera. Ella volvió a su dimensión, dispuesta a no acercarse a los límites de nuevo.

No pudo ser. Las altas esferas saben todo lo que se necesita saber. Más cuando se trata de asuntos tan delicados que pueden perjudicar o beneficiar a ambos mundos. Y así, Aruni se vio relegada a tratar con los asuntos de los elementales que vivían en la tierra de los humanos, incluso de aquellos que osaban mezclarse con ellos al punto de engendrar híbridos.

Aprendió sobre las palabras, el poder que puede lograrse a través de ellas. Recordó la última que el mago maldito había pronunciado para eliminarla y robarle su energía. La usó para dar nombre a la ciudad refugio que levantó para que fuera su base. Y supo sobre los cazadores. Seres despreciables, que tomaban a todo el que fuese diferente, que tuviese una pizca de sobrenatural en su sangre y la exprimían con el fin de convertir ese mundo en algo plano, apagado, seco.

Se convirtió en la alcaldesa de una ciudad en la que los cazadores entraban, buscando presas para convertir en pesadas bolsas de monedas, y ya no salían. Cada vez que veía llegar a un mago de ojos inquietos, temía ver de nuevo a aquel chico. Esperaba no volver a encontrarlo, no así. Porque las palabras ya no surtían efecto en ella y, si las escuchaba, no eran más que la música bonita del preludio a los gritos y las súplicas, las maldiciones, que luego se derretían junto con la carne. Podían brillar hasta morir. Podían llenarse de gloria por un momento, si querían. Los suyos estarían a salvo mientras ella mandase allí.

Un día, uno de sus sirvientes llegó con una descripción de lo más extraña sobre un grupo de tres forasteros. Lo envió a darles la bienvenida, como siempre hacían con los caminantes desprevenidos, mientras ella se escondía como bailarina en el palacio dorado del centro. La ciudad entera los observó, como un solo ojo. Sintió que era valuada en oro y sus habitantes eran tasados como piezas a ser vendidas. Los que habían cruzado las puertas de Refulgens eran cazadores. Aruni ya había perdido la cuenta de todos los que había eliminado hasta el momento.

Cuando los extraños se sentaron a cenar en el palacio, cansados de andar y con los ojos llenos de admiración por las piedras y metales preciosos que cubrían los objetos, la música comenzó a sonar. El conjuro cubría a los silfos de la orquesta, para convertirlos en humanos ante los invitados. Las hadas que abrieron el baile no llamaron la atención más que por el movimiento de sus caderas. La comida llena de hierbas somníferas no haría efecto hasta entrada la noche. Y Aruni se divertiría, sacando información de distintos objetivos, tomando hasta la última idea sobre los planes del rey para acabar con los suyos, hasta que ya no les fuesen útiles.

O eso pensaba. Porque al ingresar al salón, vestida con su mejor traje y sus joyas, se dio con el mismo chico del desierto. Y se dio cuenta de que sí lo había estado esperando todo ese tiempo. Él estaría allí, tarde o temprano, con esos ojos amarillos como el sol y ese cabello oscuro, tan alto como lo recordaba, —en realidad más, pero manteniendo las proporciones con ella—. Habían pasado los años. Los dos habían crecido, hasta convertirse en la presa que el otro cazaba. ¿Él la habría estado buscando también? ¿Por qué no parecía reconocerla?

La percusión en los tambores le indicó que era el momento de salir a escena. Inspiró hondo, con un cosquilleo en todo el cuerpo por la anticipación. Tenía una deuda con aquel muchacho convertido en hombre. ¿Qué haría con el cazador? ¿Sería parte indivisible de su persona?

Aruni comenzó a moverse, al ritmo ondulante de las flautas, y se dejó llevar por la melodía. Sintió la atención de su nueva presa, que no le quitó la vista de encima en todo lo que duró el primer acto. Podía darse un último gusto, bailar para él una sola vez, luego decidir en qué celda lo encerraría para interrogarlo. Porque podría escucharlo hablar, por fin, y responderle.

¿Qué haría con su papel de ejecutora? ¿Era tan malo haberlo esperado, como ilusa?

Entonces pasaron las canciones, los platos llenos de comida envenenada y los jarrones de bebidas. Los acompañantes del cazador se durmieron, él debió notar que algo no estaba bien, porque se levantó e intentó marcharse con ellos a rastras. Aruni hizo una seña a sus ayudantes, las puertas del palacio se cerraron, las ventanas fueron bloqueadas.

¿Qué haría con la alegría que la había invadido de solo verlo?

Él avanzó hacia las escaleras, nervioso, y fue rodeado en silencio por los demás asistentes de la cena. Entonces, la miró. Por un momento, pareció darse cuenta de que no era la primera vez que se encontraban. Aruni sonrió, dividida entre el deseo de venganza y otro deseo, desconocido, intenso.

—Iba a mantenerlos aquí hasta mañana al mediodía, que es mi hora de mayor poder pero, en fin. Bienvenidos a Refulgens, cazadores.




+++

Relato escrito para el desafío de Edith Tahis Stone con el bloque C, de canciones.

La canción es Dernière danse de Indila. La letra y el video me recordaron a la inocencia y el poder destructivo que viven a la vez en Aruni. Ella es un personaje de Refulgens, la mini novela de fantasía y aventura que estoy re-escribiendo.

lunes, 22 de agosto de 2016

Refulgens - Once: Nuevas reglas

cap once<<<capítulo anterior
Nirali volvió al cobertizo con la bolsa de monedas, para hallar los restos de una pelea entre Deval y Sarwan. El desorden en el suelo era peor que antes, los destrozos en techo y paredes se habían multiplicado y ambos guerreros estaban en silencio, sin mirarse. Su maestro tenía un ojo hinchado. Al extranjero le sangraba el labio inferior.

—Muy bien. ¿Ya se han puesto al día? —expresó la joven, a modo de saludo. El más alto se adelantó para tomar el dinero, que ella escondió en su espalda con rapidez—. No.

Él la observó, sorprendido.

—¿Qué bicho te ha…?
—Desde ahora, las cosas se harán de otra manera —aclaró, tratando de que no se le notara el terror de quedar sola en el camino por cambiar las cosas—. No he recibido suficiente de ti como mentor para que merezcas estas monedas.

Sarwan jadeó, incrédulo. Se llevó las manos a la cabeza, se echó el cabello hacia atrás y cerró los ojos, como buscando algún resto de paciencia.
La risita de Deval, que no se molestó en fingir que no los oía, solo empeoró las dudas de Nirali.

—¿Qué vas a hacer? —la increpó su maestro, más cansado que molesto—. ¿Regresarás a tu pueblo?
—No.
—¿Aceptarás casarte con ese vejete del Consejo?

La muchacha sintió que algo se oprimía en su estómago al pensar en la gente que había quedado en Suhri.

—Si al menos hubieses escuchado algo de lo que te conté en estos meses —le reprochó, con una sensación agria en la garganta amenazando con dejarla en evidencia, como la llorona que Deval decía que era—. No pienso volver. No ha cambiado nada en nuestro trato. Solo que, esta vez, yo administraré este dinero.

Dicho esto, dio un suspiro entrecortado por los nervios y aguardó a que estallara el lugar. Por algunos segundos, él había quedado boquiabierto. Lo había pillado desprevenido, eso seguro. Así y todo, pareció asimilarlo con rapidez.
Nirali tampoco se lo esperaba. Lo había hecho. Había cambiado las condiciones del acuerdo que tenían y él no había reaccionado indignado. Ni siquiera parecía enojado. Ella sabía que era un mal perdedor. Incluso el extranjero había dejado de burlarse, para concentrar su atención en la posible respuesta de Sarwan.

«Vamos. Di algo. Estoy lista para renegociar, ceder la mitad de las monedas, o regalarte todo y correr para buscar a Lamms y su carreta».

Sin embargo, los ojos del hechicero volvieron a estar fijos en ella y no estaban echando chispas de furia, como cuando perdía con las cartas. Tampoco tenían aquel aspecto arrogante y siniestro del que sabe que puede contra un rival, que él había dedicado a cada uno de los competidores que habían intentado robarle una presa. Eran diferentes.

«No me hagas esto. No me mires así».

La joven volvió a sentir aquel hormigueo desconocido en sus entrañas cuando se dio cuenta de que lo que había en esa expresión era el brillo del desafío. Sarwan le estaba sonriendo de una forma extraña, como si hubiera descubierto que ella tenía una buena mano, pero el juego todavía estuviese por la mitad. Un calor agradable la invadió. Por primera vez, se sentía de igual a igual con él. Envalentonada, abrió la bolsa y sacó una parte del contenido para entregárselo, a modo de adelanto.

—Toma esto, para empezar. Tú eliges el almuerzo de hoy.

El ambiente enrarecido se disipó, con un carraspeo del tercer ocupante del cobertizo. Al momento, su maestro desvió la mirada y Nirali sintió que regresaba a la realidad.

—Mis conocimientos ya no te servirán —admitió el hechicero, como si el peso del metal en sus manos hubiese hecho mella en su conciencia—. Al menos no como medio de vida, Nirali. Será mejor que regreses.

Aquellas palabras fueron el final de la paciencia de la aprendiz.

—¿Por qué? —preguntó, en un tono que presagiaba que el momento de los reclamos había llegado—. Tú fuiste quien me ilusionó, quien me dijo que era buena en esto. ¡Ahora sé que fue una mentira, que lo único que deseabas era poner tus manos en estas monedas!

Vio que él retrocedía, como si aquella sospecha fuese algo que no esperaba y no se hubiese dado cuenta de todos los meses que ella la había llevado consigo.

—¿Una mentira? —resopló, indignado—. ¿Crees que te mentí con eso, Nirali?
—Eso ya no importa. Estoy consciente de que acepté cualquier cosa con tal de huir de mi destino y que mis padres cumplieron mis caprichos por ser la hija menor. Pero nadie me quita el derecho a seguir este camino.

Deval, que no había perdido una palabra de lo que decían, se interpuso entre los dos.

—¿Cómo pudiste? —murmuró, atónito—. Has acabado con el honor de una muchacha solo por obtener dinero de su familia, ¡eres despreciable!
—Yo lo quise así —intervino Nirali—. Mis padres tampoco querían entregarme a mi prometido, fue beneficioso para todos en ese entonces. Sin embargo, ahora las cosas cambiaron. He leído tantos libros, he visto tanto del mundo, no quiero conformarme. Quiero aprender contigo, de verdad. Todo lo que sea posible.

«No me rechaces, por favor. No me abandones.»

Nunca había dicho tanto, nunca había sido tan sincera. Y a pesar de la dureza de las palabras que estaba diciendo, un enorme peso la abandonó en el proceso. No quería dejar a Sarwan. No podía imaginarse sin él en el futuro y saber eso la asustó. Era consciente de que los lazos que la unían a su maestro estaban volviéndose más fuertes, sin embargo no imaginaba que fuese para tanto. La impresión la hizo perder el hilo de la discusión.

«¿Y ahora qué me está ocurriendo?»

—Supongamos que yo te mentí sobre tu aptitud natural para manejar el fuego —siguió Sarwan, llamando su atención—. ¿Por qué la salamandra te aceptaría?
—Eh… —titubeó, nerviosa—. Me hiciste cuidar la llama durante…
—Eso no es suficiente, niña —insistió él, enojado y sin saber lo mucho que hería a su alumna que la llamase así—. ¿Piensas que cualquiera que pueda mantener una llama encendida obtendrá los poderes de un elemental? ¿Por qué crees que mi maestro organizaba esos rituales espantosos en el desierto para los soldados comunes? Si hubiera sido tan simple, esto ni siquiera hubiera sucedido.
—¿Entonces de verdad puedo hacerlo? —preguntó ella, emocionada.

«¿Eso quiere decir que sí viste algo especial en mí?»

Con eso, tocó el límite del entusiasmo. Entonces notó que él comenzaba a dudar. Y no era para menos. Antes de caer en la decepción, la muchacha trató de recordar que las palabras de la salamandra habían sido muy serias, no valía la pena.

—Sí, pero ya no tiene caso —contestó él, cauto—. Lo mejor es que olvides todo lo que hemos vivido y te dediques a tener una vida normal, Ni. Todavía puedes hacerlo.
—¡No quiero! —exclamó la joven—. ¡Eres mi maestro, tienes que enseñarme! ¿Qué haré con esto en mi interior?

Incluso fue testigo de cómo el otro hechicero parecía ponerse de su lado.

—No puedes dejarla con eso, va a achicharrarse a la primera oportunidad —fue todo lo que Deval dijo en su favor.

«Oh, cuidado. No vayas a agotar tu reserva de amabilidad teniendo un poco más de confianza en mí» pensó Nirali, con sorna, y trató de ignorarlo.

—Sarwan, sé que ahora me veo como una niña ansiosa pidiendo permiso para salir a jugar —concedió—. Pero admite que tú también quieres divertirte un poco más. Solo será un poco.

Él se quedó pensativo por un par de minutos que le resultaron eternos a la muchacha. Entonces, el gruñido del estómago del avergonzado Deval le quitó tensión al ambiente. Sarwan palpó las monedas que ya había guardado en la faltriquera de su cintura, serio, antes de dirigirse a ella.

—Tomemos nuestras cosas. Comamos algo primero. Luego hablaremos.

◊ ‡ ◊

Luego de atiborrarse de las especialidades locales en uno de los puestos de la feria y de que Deval no permitiese que nadie pagase por lo que él había comido, los tres se dedicaron a caminar sin rumbo por las calles de Darshan. Para ese momento, ninguno de los tres estaba allí en la primera versión de aquel día. Se habían encontrado en el camino, cuando el sol dejaba de dar directo sobre sus cabezas para proyectar sombras pequeñas sobre la tierra apisonada.

—¿De verdad que el viejo Lamms no recordó nada sobre haberme visto el día de ayer?
—No, Sarwan. Y ya viste que la carta seguía entre mis cosas, como si nunca te la hubiera dado para que se la entregaras la primera vez. Tampoco le extrañó tener la bolsa de monedas, ni dijo nada sobre las que te dio antes.

Bordearon la plaza principal, evitando el sector del mercado en el que se mostraban hileras de jaulas donde aguardaban algunos seres sobrenaturales a ser transportados por los carruajes de la guardia del rey. La mayoría eran gnomos pequeños o muy ancianos, sacados de un bosque que quedaba al oeste, cerca de las montañas. Los cazadores que los habían atrapado custodiaban a sus presas, atentos al momento de cobrar por ellas.
Ninguno de los tres mencionó el asunto.

—Eso explica por qué ya no las tengo —refunfuñó Sarwan, volviendo al tema de las monedas—. Es lo que me temía. Aquella loca ha hecho lo mismo de la otra vez, aunque no entiendo cómo se las ha arreglado para retroceder un día entero.
—¿Crees que las de su nivel sean tan poderosas como para controlar al sol? —intervino Deval.
—¿No sería un poco excesivo?
—Entre eso, y pensar que es capaz de borrar la memoria de toda esta gente…
—Lo de borrar memorias ya lo ha hecho antes. No me extrañaría que ahora pudiese hacerlo mejor. La expresión «grabado a fuego en la mente» podría ser más literal de lo que imaginamos.
—Lo que yo temo es que esté reservándonos alguna tortura extra —murmuró el extranjero—. No creo que sea la última vez que la veamos.
—En realidad, parecía interesada en ti, Sarwan —añadió Nirali, angustiada.
—Ni te atrevas a insinuarlo —respondió el hechicero, con una ligera vacilación en el tono de su voz.

El día transcurrió con más tensión, más incertidumbre. Era cierto eso de que habían vuelto a cero. Los habitantes del pueblo no los reconocían como los respetados cazadores de fenómenos que habían sido. Las mujeres que se le habían ofrecido en bandeja al mayor la vez anterior, ahora pasaban a su lado sin mirarlo.

Esa noche, los tres devoraron un puerco asado en una posada pequeña de las afueras. Mientras terminaban de comer, bebieron lo que quedaba de sus jarras de taj.

—¿Saben? Aquí hay algo extraño —confesó Deval, rompiendo el silencio con el que habían arrasado sus platos—. Yo no debí haber aparecido con ustedes en el establo.
—¿Recién ahora te das cuenta? —ironizó Sarwan, con la boca llena.
—A ustedes los devolvió intactos, pero a mí debería haberme dejado aquí —continuó el rubio, ignorándolo—. Los estuve siguiendo los días anteriores, y la última mañana tuve un inconveniente con la dueña de esta posada. Sin embargo, la anciana no da muestras de saber quién soy. Y debería recordarme. Me echó de muy mal modo.

La muchacha enarcó las cejas, sorprendida. El otro hechicero se levantó y golpeó con sus palmas la superficie de la mesa.

—¿Nos estuviste siguiendo, idiota?
—¿Nos espiaste mientras viajábamos? —inquirió ella, enfurecida—. ¿Incluso cuando nos turnábamos para bañarnos en el río?

El bochorno que asaltó al joven lo hizo enrojecer hasta las orejas.

—¡Claro que no! —se defendió ante ella, señalando al tercer ocupante de la mesa—. ¡Tengo principios, no soy como él!
—¡Yo no voy por ahí espiando a nadie!

El ruidoso ambiente del lugar había cambiado, para darles el protagonismo a la posibilidad de un enfrentamiento y a las ganas de intervenir de algunos desconocidos. La anciana detrás de la barra continuó impasible, secando una jarra de latón con un trapo de dudosa higiene.

—Bueno, ya basta —los interrumpió Nirali, tironeando del brazo de su maestro para que volviese a sentarse—. ¿Qué ocurre con la ancianita?
—Mírenla. Está allí y no hace más que ignorarnos.
—¿Nos has traído para ver si la vieja se acordaba de ti?
—Y no se acuerda.

La joven se dio cuenta de que el gesto de confusión en el antiguo compañero de aventuras de su mentor se debía a que no sabía si alegrarse o sentirse ofendido. Reprimió una carcajada, sin mucho éxito, y levantó su bebida.

—Brindo por eso. Por los nuevos comienzos —lo alentó—. Ya quisiera tener uno de estos cada tanto. Me pediría uno para eliminar a los viejos del Consejo, aunque no sé si debería remontarme a los inicios de este mundo.

Entrechocaron sus jarras y bebieron, con lo que los otros clientes del local perdieron el interés en ellos y regresaron las múltiples conversaciones, el griterío, las canciones y los murmullos.

—Es como si los premios y los problemas hubiesen sido borrados —continuó reflexionando él—. ¿Y si nos da la oportunidad de volver a vivir esos días, sin equivocarnos?
—No deberías confiar tanto —advirtió Sarwan.
—Pero es cierto. Ella dijo que se sentía en deuda contigo. No sabemos si nos está haciendo un favor, en lugar de darnos un castigo.
—Tampoco estamos seguros de si nos observa para juzgarnos después.

El pesimismo del mayor del grupo parecía teñido de amargura y rencor. Y a su alumna le dolió darse cuenta de que llevaba a aquella extraña mujer enterrada en algún rincón de su mente desde hacía tiempo.

«Basta, Nirali. No tienes tiempo de ponerte a pensar tonterías» se regañó, en silencio, mientras los otros dos seguían la conversación. Lo bueno fue que no tuvieron más energías para seguir peleando entre ellos. Habían hecho una pequeña tregua, hasta que él decidiera si continuaría siendo su maestro.

—Sea lo que sea, debemos tener mucho cuidado con Aruni de ahora en más. Por lo que recuerdo…
—¿Y qué es lo que vamos a hacer? —preguntó la muchacha, desesperada por cambiar de tema.
—No sé ustedes, pero yo voy a quedarme —murmuró Deval—. Haré el mismo recorrido de la primera vez. Si llego a recordar la ubicación del portal invisible hacia Refulgens, lo reportaré al palacio real.

Nadie se opuso a la idea, más que nada porque estaban seguros de que jamás volverían a tener al alcance algún dato relacionado a la ciudad refugio.

—¿Y si no lo encuentras?
—Ni idea. Ni siquiera sé qué rumbo tomar desde aquí —reconoció, con expresión de verdadero agotamiento—. No soy solo un cazador. Soy un maestro de cazadores en la capital. Si esa tal Aruni se entera de lo que hago, mis alumnos pueden caer conmigo.

Al escucharlo, Sarwan soltó sin querer su cuchillo y Nirali se atragantó con el taj que estaba bebiendo.

«Qué extraño» se dijo, admirada. «No tenía pinta de maestro. Al menos no soy la única que debe tomar una decisión por temor a perjudicar a otros con esto».

—Pues enséñales a ser amigos de los elementales —sugirió el guerrero a su lado, volviendo a los restos en su plato.
—¿Y caer preso con los soldados del rey?
—¿Qué es peor, el rey o esa loca?
—Brindemos por las elecciones difíciles.

Más tarde, cuando ya quedaba muy poco para gastar del dinero de Sarwan, los tres pasaron por la Calle de las Luces. Los bares y burdeles seguían allí, iguales a como los habían visto la última vez.

—Oh, allí fue donde nos arrojaron esos matones cuando perdiste el juego esa noche —se quejó Nirali al pasar por el frente del último bar.

No terminó de decirlo y ya se había arrepentido, al ver la chispa que se había encendido en los ojos claros de su mentor.

—Sé que fue anterior, pero se me acaba de ocurrir —susurró, tan cerca de ella que la dejó aturdida y con el corazón a mil—. ¿Se acordarán de nosotros?
—No sé ellos, pero a mí todavía me duele la espalda de solo pensarlo —contestó la chica, tratando de disimular que se había sonrojado.
—Esos malditos, me quitaron mi dinero con trampas —recordó él, entre dientes—. Y el cantinero estaba metido en eso, te lo aseguro.

Deval, que ya se había pasado con el alcohol, soltó una risotada que se llevó la atención del hechicero más alto y liberó a la muchacha de las mariposas que habían asaltado su estómago.

—¿Te dejaste apalear por simples pueblerinos? Has perdido tu toque.
—¡Claro que no! Aunque parezcan aficionados, no lo son. De solo saber que están ahí adentro, jugando la misma partida fraudulenta, me hierven las pelo…

La joven tuvo que interrumpir la conversación entre los dos borrachos, antes de que siguieran con las palabrotas y comenzaran a competir por ver quién era el más grosero, o el que hacía más estupideces.

—Sí, sí. Alguien más tendrá que entrar a buscar al que pierda. Al menos sé que no volveré a pasar por eso —comentó, aliviada, antes de darse cuenta de que la habían dejado sola—. ¿Oigan? ¿Chicos? ¿Dónde se metieron? —Tuvo que reprimir un grito cuando vio que los dos habían entrado, aprovechando el desconocimiento del tabernero—. Ah, no. ¡Me niego a participar de esto otra vez!
—Puedes esperar aquí, si lo deseas —ofreció el rubio, con un guiño—. Nosotros vamos a salir bien cargados. Cuando nos veas venir, más te vale que corras porque no vamos a detenernos.

Y se marchó, sin esperar respuesta. Ella seguía sin entender qué había pasado allí. Esos dos parecían muy habituados a esas cosas, a pesar de que no se habían visto en años.

—Son tan desconsiderados. Hace frío —murmuró, con cuidado de que nadie la oyera, y se subió la capucha negra para confundirse entre los bebedores—. Bueno, un trago más no me vendrá mal para calentarme los huesos.

Así fue como entró, esperando revivir la escena decadente de la otra noche. Solo que, en esta oportunidad, al salir despedidos del local los perdedores los persiguieron a gritos y sin poder alcanzarlos.
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sábado, 20 de agosto de 2016

Aniversario (Concurso Primera Naturaleza)

portadaIba a pedírselo. Iba a arrodillarse y a darle el anillo a Rita en una copa de champagne, cuando terminasen con el flan de chocolate y nueces. Si podía recitar el discurso, entonces sería un éxito. Algo trillado, pero sabía cuándo ir a lo seguro. Esperó a que ella terminase y fingió que la escuchaba contar algo sobre un compañero del trabajo.

Lucas había hablado con el camarero, cada detalle estaba cuidado. Y podía imaginar lo bien que ella se sentiría. Estaba tan entusiasmado, que se encontró asintiendo a todo lo que ella decía.

—¿Pasa algo? ¿Tengo chocolate en la mejilla? —preguntó ella, algo incómoda.

—No, amor —aclaró, apenas pudo reaccionar—. Estaba pensando en lo hermosa que estás hoy.

Rita titubeó, como si la hubiese descolocado. Él le dedicó su sonrisa más inocente. Cuando ella continuó, Lucas paseó la mirada por el reflejo de un par de piernas espectaculares que iban de camino al baño, sobre unos tacones altísimos y un vestido rojo de infarto.

«La ubicación del espejo en ese pasillo es perfecta. Tengo que acordarme de pedir esta misma mesa la próxima vez».

—Por eso necesitaba esta salida, Lucas. Te agradezco la cena. Ahora, necesitamos hablar…

—Sí, mi vida —asintió él, con la fantasía de dar respuesta al signo de interrogación que acababa de formarse en sus pantalones.

—Porque estamos…

«Volvé a tierra, Lucas. Es la noche del anillo. Después averiguamos el teléfono de la de las piernas a través del camarero».

Concentró su atención en Rita. Estaba encantado. Casi podía verla llorar de emoción, mientras le daba el sí frente a los aplausos del resto del restaurante. A lo mejor hasta lo grababan y lo ponían en youtube.

Notó que Rita carraspeaba y hacía una seña a los empleados. El postre se había terminado.

«Ahora».

Localizó a su aliado del champagne y levantó el índice, con la mayor sutileza. En segundos, el carrito con la botella y las copas estaban de camino. Lucas sintió que iba a ganar puntos para algún pedido sexual estrafalario aquella noche.

Pero otro pedido llegó antes a la mesa.

Desde el extremo opuesto del salón, habían traído una bandeja con fotografías surtidas. Diversos Lucas, en otras noches, con otras piernas, algún escote y un arcoíris de vestidos y zapatos aterrizaron sobre el mantel blanco. La frialdad en los ojos de Rita dio el toque final al regalo.

—Feliz aniversario —dijo, con sarcasmo—. Y el juego que hacen los espejos de este local es muy bueno. Uno puede ver casi todo.

—Yo… Rita, no… —balbuceó él, con la sangre a punto de ebullición y las miradas del resto de los comensales clavadas en la nuca.

El primer camarero no atinaba a retirar el carrito con la bebida, cosa que ella aprovechó.

—No vuelvas a llamarme. —Fueron sus últimas palabras, una vez que dejó la copa vacía sobre una de las fotos, con un golpe—. Y me llevo el anillo. Muchas gracias.

En youtube, el video batió récords.


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Cantidad de palabras según word: 497

Relato original, inédito y de mi autoría. Escrito para el concurso de Denise L: Primera naturaleza.

jueves, 18 de agosto de 2016

Encierro (Reto Cinco líneas - Agosto)

El eco de aquellos pasos por el corredor convertía su corazón en una orquesta. Lo hacían debatirse entre mil impulsos distintos, indicios de que estaba muriendo de amor en aquella celda. Las canciones, que los demás reclusos descomponían en versos de desprecio, eran la banda sonora de sus sueños. Las salidas al patio, las peleas que se armaban en los comedores, eran su oportunidad de tenerlo cerca. Para el próximo motín se lo confesaría.

Las palabras del reto de este mes: Ecos, canciones y muriendo.


Tenía ganas de escribir algo de romance LGBT, creo que es lo único que me faltaba por intentar. Es muy light, lo sé, pero a lo mejor más adelante me salga algo más intenso. Por ahora, me doy por satisfecha.

lunes, 15 de agosto de 2016

Diez años: Oscuridad #RetoDiez - Tercer relato

diez años«No hay error. Esto ha sido inmolación» se dijo el oficial Emiliano Dely, una vez que hizo el primer análisis de la escena que acababa de encontrar. E intentó contener las náuseas.

El sistema con el que aquel hombre se había asegurado de cortar todo vínculo con el mundo de los vivos revelaba una eficacia macabra. El cuerpo todavía seguía tibio, los miembros habían cesado sus espasmos de sorpresa y la cabeza, lejos de todo, conservaba la expresión neutra con la que su dueño había afrontado el sacrificio final. Porque todo indicaba que aquella mente retorcida había cometido el último de sus crímenes. Y Emiliano había llegado tarde.

Diez años detrás de aquel asesino. Diez años de estudiar cada indicio, cada pista olvidada, intentando adelantarse y salvar a la siguiente víctima. Diez años de ser la burla de sus compañeros en la comisaría y de pelear por su derecho a seguir encabezando la investigación. Y, al final, la identidad del «Verdugo del otoño» siempre había sido la del primer sospechoso. Mientras daba vueltas al lugar, tratando de descubrir la ruta de escape de algún colaborador o la mínima posibilidad de que alguien se escondiese allí, creyó ver la burla en aquellos ojos inertes.

«Todavía me sugestiono, como si fuera la primera vez» se dijo, con amargura, mientras intentaba iluminar con su móvil el camino que menos afectara a la escena para los forenses que estaban en camino.

En la penumbra de aquel sótano, el olor de la sangre se mezclaba con el de los inciensos. El lago rojizo se expandía por el contrapiso de hormigón, cubriendo los dibujos pintados en círculo, alrededor del cadáver —o de lo que había quedado de éste—. El colchón de hojas secas sobre el que descansaba la cabeza del muerto se había desordenado un poco, pero era igual a los anteriores.

Dely no necesitó acercarse a los inciensos encendidos para reconocer los componentes de aquel aroma dulzón, repetidos en cada escena. Localizó la mayor parte de los símbolos de aquella superstición estúpida, que habían ido sumándose con cada víctima, hasta aparecer todos juntos en aquella carnicería final.

Y todo encajó en la hipótesis de aquel ritual antiguo, malinterpretado, de la inmortalidad. El «Verdugo del otoño» había creído que con la sangre de sus víctimas y la propia iba a poder volverse invencible. Y ellos dando vueltas, en interrogatorios inútiles a sospechosos extraños, a simuladores o a fanáticos religiosos. Había estado allí siempre.

«Si hubiese confiado antes en mi intuición…»

Se dijo que el verdugo del otoño le había ganado, de forma definitiva. Ahora nunca podría atraparlo. Es decir, por fin lo tenía, aunque no como había deseado. Entonces una risa, mezcla de resignación y furia, se le escapó cuando llegaba a la única puerta del lugar. Y la furia lo hizo volverse hasta el círculo. Quería patear aquel cráneo abandonado, pisotear los símbolos en tiza, hasta borrarlos, descargar su frustración a gritos hasta quedar sin voz.

Y algo se movió, mientras él se detenía en la oscuridad, desorientado.

No tenía sentido, no había forma de que fuese real. Pero la luna se coló por el tragaluz de aquella cueva de espanto y le demostró que todos los días se descubrían cosas nuevas. Porque, si antes había dudado, ahora estaba seguro: la cabeza del muerto lo estaba mirando. La intensidad con la que aquellos ojos se enfocaron en él le quitó cualquier rastro de energía que hubiese tenido antes.

Hubiera pensado en la cercanía de sus compañeros, en los de Medicina forense que estarían a punto de llegar, en la misma prensa que siempre revoloteaba cuando no la llamaban. Sin embargo, nadie llegaría a tiempo. Lo sabía. El ritual había dado resultado y el mundo jamás lo sabría.

Desde otros rincones de la habitación, los miembros comenzaron a ponerse de acuerdo con el torso y a volver a sus lugares. Dely dio un salto, cuando su cerebro volvió a funcionar para exigirle la retirada, y se dio la vuelta para correr.

En un instante, obra de una ráfaga de viento salida de ninguna parte, la puerta terminó de cerrarse sola.

***

Requisitos en mi reto:
○ Número diez como elemento de importancia en la historia: cumplido.
○ Suceso paranormal: cumplido.